lunes, 19 de junio de 2017

KINI

Yo ví cuando se apagaron sus ojos.
Luego que el auto lo atropellara corrió hacia mí, y se desplomó a mis pies.

Por qué te escapaste, Kini?
Por qué no me dejaste alcanzarte antes de atravesarte bajo las ruedas?

Nada en su exterior indicaba las lesiones internas.
Lo tomé en mis brazos y el automovilista, desesperado, pidiéndome perdón, nos llevó a la veterinaria.
Pero durante el trayecto vi sus ojos perder su brillo y ni todas mis lágrimas lograron devolverle su acuosidad castaña.
No hay nada que podamos hacer, dijo Luis.
El muchacho sólo repetía perdón, no lo ví.
Es cierto, no pudo ni hubiera podido hacer nada, porque Kini se metió corriendo debajo del auto que pasaba, no por delante.
Era bajito y podía. Más de una vez había regresado de sus escapes con el lomo embarrado de grasa.
Pero esta vez, no pudo.
Esta vez no estaba solo, estaba yo ahí, detrás de él, llamándolo, pensando en la factibilidad de los sucesos que acaecieron, como presintiéndolos.
Kini corrió hacia mí y se desplomó a mis pies y me miraba. Con una mirada de hacé algo, con una mirada de mami perdoname, con una mirada de qué me está pasando, con una mirada de no me dejes, con una mirada de despedida.
Dicen que los animales no tienen conciencia de vida y muerte.
Mentira.
Él y yo, en esos últimos instantes, nos comunicamos con intensidad y sabiduría.

No fue tu culpa, Kini. Eras un perro de la calle y amabas la calle y a tus amigos de la calle. Eras un líder de perros y perras del área, visitabas a los vecinos y hasta habías entablado amistad con el barrendero.
Yo me debatía entre ser tu protectora o presidiaria, sufría por privarte de esa libertad que ansiabas y buscabas cada vez que abría la puerta.
Luis ya me había advertido cuando te llevé una tarde cuando regresaste de una huida con el lomo sucio y medio cojo: Es muy atrevido e imprudente, los autos son bestias asesinas, un día te lo van a pisar, no lo dejes salir sin correa o preparate para lo peor.
Y salíamos todos los días unidos por la correa. Dábamos largos paseos visitando a tu manada y permitiendo al vecindario llamarte con tus muchos nombres, acariciarte, darte un bocadillo.
Y esa mañana cuando te escurriste entre mis piernas hacia la calle yo ví lo que sucedió antes de que ocurriera. Pero seguirte, llamarte, no fue suficiente. Eras más rápido que yo.

Gracias, hijito peludo, por elegirnos como tus rescatistas cuando fuiste vos quien nos siguió haciéndonos fiestas allá por centro, todo mechudo, sucio, con garrapatas, flaco. Te acostaste debajo de la silla del bar donde nos sentamos con Leslie a tomar algo. Decidimos aceptarte, llevarte a casa. Una amiga generosa y solidaria nos transportó hasta el vecindario.
Nos enseñaste a amar de una manera diferente.
Eras pura fiesta.
Eras un montoncito de ternura y energía.
Pero eras tan, tan, tan libre...
Te imagino ahora en un cielo de veredas y canes sueltos y vecinos bondadosos, sin autos.
Corriendo como loco, feliz pomponcito blanco y canela.
Perdón por no haber hecho más.

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