sábado, 20 de mayo de 2017

PESCADORES DE MAYAGUEZ


Caminando por la playa me encontré con varios hombres aferrando la soga que, allá lejos, iba a hundirse en el mar. Uno de ellos contaba 1, 2, 3 y entonces, todos tiraban con fuerza. Seguí adelante hasta toparme con otro grupo de muchachos haciendo lo mismo, bajo las órdenes del más viejo de ellos. Entonces intuí la red, imaginé los peces. El sudor no representaba actividad deportiva, ni un juego, esos músculos constituían la herramienta de trabajo proveedora del salario (nunca mejor llamado así) y el alimento. La seriedad de todos los rostros denotaba el esfuerzo.
Me acerqué y saludé pero solo me respondió quien daba las instrucciones. Pregunté si había buena pesca, y qué salía. Me dijo que sí, que atrapaban róbalos, macacos, morrajas y manchegos, meros. "Venga en media hora y podrá verlos".
Al regresar de mi caminata observé que ya habían terminado y se alejaban. Lamenté no poder testimoniar el momento culminante de la pesca y a la vez agradecí no tener que presenciar el espectáculo de la muerte. En la arena quedaban algunos montoncitos de algas, una estrella de mar rota, una cabeza de pez; en el cielo, revoloteaban unas gaviotas. Había, sin embargo, un hombre allí, de piel oscura y cabellera larga, ensortijada y canosa. No pude precisar en mi memoria si era alguno de los que tiraban de la soga, pero me pareció que no. Fui a su encuentro y conversamos, confirmó que había sido una buena pesca, de peces grandes. No sabía los nombres de los pescados de pequeño porte (ya no eran peces) que, a sus pies, ya estaban laxos. Eran unos quince y los enhebraba uno por uno con un cordel pasándolo por una branquia y sacándolo por la boca. Algunos eran para comer, me dijo,"Son ricos a la sartén, fritos con aceite" y los demás los vendería. Sonreía. Presumí que habría sido esa su paga, o los demás pescadores le habrían dejado los pequeños, inservibles para la venta de mostrador. Quizás un gesto solidario con el amigo humilde... No me atreví a indagar al respecto. En unos bancos, más lejos, el grupo de pescadores estaba sentado, descansando de la ardua labor. Tampoco me animé a ir, no sé, supongo que porque sentí que podía interpretarse como una curiosidad invasiva de turista. 
Proseguí mi paseo. Arriba, las gaviotas hacían círculos, aguardando, pacientes, a que el último de los hombres se alejara de los restos.

#NRenPR

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