lunes, 29 de mayo de 2017








Hace dos años me iba de Argentina dejando a mis dos hijas, Leslie Rosales y Grisel Rekacz y a la pequeña Xanthé de apenas un mes. Mucho ha sucedido allá y aquí, en Puerto Rico, durante esas dos vueltas del la tierra al sol. Dos niñas más han llegado: Ámbar el 25 de diciembre del año pasado y Esmeralda el 2 de abril de éste. A la más chiquita aún no la conozco. Hay días que la emoción me desborda, que la necesidad de abrazar a mis hijas y conversar con ellas, de jugar y mimar a mis nietas, se hace difícil de controlar. Sobre todo cuando hay una limitación legal para viajar. Xanthé ya cumplió 2 años, Ambar ya tiene 5 meses y Esmeralda cumplirá 2 meses en unos días. Disfruto y me siento en casa en esta CasaIsla, estoy rodeada de paisajes increíbles, un clima perfecto y profundizando amistad con gente espiritualmente superior, talentosa, generosa. 
Dificultades? Obvio, no existe perfección ni acá ni allá. Pero a dos años se fuerza el balance y la conclusión es sencilla: los afectos, la familia, algunas amistades, eso eslo que se extraña. Lo que hace falta. Ni la llamada patria, ni la bandera. ni el dulce de leche, ni el asado, ni el Fernet con Coca Cola, ni la pizza o las empanadas, menos aún el clima extremo, los vientos densos de polvo y las erupciones de volcanes. Se extraña ese contacto con los hijos, la mamá, las hermanas y hermanos, y algunos amigos entrañables, familia elegida, esos compartires con ellos espontáneos, las juntadas a tomar mate, las visitas tucasaolamía, la complicidad del recuerdo compartido, de la historia transitada juntos. Ni todo el amor del mundo sería capaz de compensar esa ausencia. 
Entonces pienso en mis abuelos que dejaron su tierra y sus familias más allá del Océano para jamás volver, ni siquiera pudieron enviarse cartas o acudir a una llamada telefónica y menos aún un videochat, que nunca nunca pudieron sacar un pasaje o mandar pasajes, en mi papá que careció de abuelos. 
Y entonces me digo eso pasó en 1924 y sucede ahora, familias enteras devastadas por guerras, migraciones, pobreza extrema. Familias rotas, que se parten y saben que reunirse otra vez será imposible o casi. Niños que vagan huérfanos, padres que despiden a sus hijos en barcazas, abuelos que ni siquiera saben si tienen o no nietos, nietos que nunca conocerán a sus ancestros y cuyas historias se perderan en la desmemoria. 
Entonces dejo de condolerme tanto, de flagelarme como si lo mío fuera tanta tragedia, me ubico en tiempoespacio y me digo, gracias, vida. Gracias por la distancia transitable, por el tiempo asequible, por los medios a los que puedo acceder para comunicarme, gracias por poder transportarme en algún momento de ida y de regreso, por Internet y computadora y teléfonos celulares, por las tarjetas de crédito y los puntos de Latam, gracias por el videochat y las transferencias bancarias, gracias por saber que sí, que puedo, que voy a poder, pronto, tomarme un vuelo en Copa o en Avianca de San Juan a Buenos Aires y luego uno de Lan de Buenos Aires a Neuquén y como 24 horas después de la partida reencontrarme con esos amores. 
Sólo necesito algo mientras tanto, algo que no se compra ni se vende ni te regalan ni se encuentra, algo que debe crecer desde adentro y extenderse por cada célula de mi organismo: paciencia. Y entonces, ocurrirá la magia.


No hay comentarios: