viernes, 5 de mayo de 2017

ENTREVISTANDO A UN DELINCUENTE



El periodista le pregunta al delincuente por unas zapatillas hermosas, de marca, que lleva puestas.
-No son robadas, me las compré, me salieron 300 -responde el muchacho, oculto tras un pañuelo que le cubre el rostro y una capucha que oculta su cabello.
-¿De donde sacaste la plata? -pregunta el periodista.
-La robé -contesta.
-¿Se la robaste a alguien que se la ganó trabajando? -continúa interrogando.
-Sí -dice el pibe- pero yo me la gané robando, es igual.
Mientras tanto sonríe y manipula el revólver que le afanó a un policía federal. Antes, ha contado que lo había disparado ya varias veces. Se siente orgulloso y satisfecho por sus acciones y no demuestra ninguna clase de culpa o cargo de conciencia por los daños y perjuicios cometidos contra sus presas.


O sea, ¿robar es un trabajo? Es muy interesante analizar el proceso lógico mental de sus argumentos. Robar se ha convertido en un trabajo digno y respetable, es el ejemplo que recibe la sociedad de sus líderes (políticos, empresarios, sindicalistas y similares). En la cumbre de nuestra sociedad está el éxito material y convengamos que ese éxito suele provenir de la explotación (que es un robo), las guerras (asesinatos legales), el narcotráfico (fábrica de muerte), la corrupción (otro afano legalizado). Esa gente en el poder luce y brilla. Los admiramos y los imitamos. Se llama ideología dominante. 

Pero resulta que ser pobre no te hace ladrón, ser marginal no te hace asesino, achacar a la pobreza el delito es cerrar los ojos, no querer ver la realidad del conjunto. Se puede ser pobre y no robar ni asesinar, eso es lo que hace la gran mayoría de los pobres. Hablo por experiencia personal; por razones laborales y de mis actividades he conocido cientos de personas humildes a las cuales jamás se les ocurrió ni se les ocurriría agarrar un arma, robar, asesinar. He trabajado con los sectores más marginales y estudiado al respecto durante gran parte de mi vida.

Volvamos al tema de la violencia y el robo, del delito ejercido por un individuo en contra de otro, cara a cara, a mano armada, puño. A ese que hurta, roba, mata para obtener sin trabajar lo que otro consiguió laborando. Juzgamos a ese individuo, lo despreciamos, deseamos que pague el daño, que se pudra en la cárcel. Nos asquea su desparpajo, nos atemoriza su falta de empatía con las víctimas. No le importa si es un niño, una joven, una embarazada, un viejito. Quiere lo que el otro tiene y lo toma. Nos parece que eso está mal, que esa persona está equivocada, que es un incivilizado, un inadaptado social.

De acuerdo. Pero entonces, ¿por qué medimos con una vara tan blanda a los delincuentes que gobiernan, a los que por medio de sus intermediarios, sus resoluciones, decretos, leyes, sentencias, actos, omisiones, tramoyas, coimas, etcéteras, etcéteras hacen exactamente los mismo con el conjunto de la sociedad o sectores de ella? Alguien estampa una firma que reduce las pensiones y condena al hambre y a la pena a cientos o miles de ancianos; alguien elimina medicamentos de las listas de suministros gratuitos y decenas mueren anticipadamente por no poder adquirirlos; alguien pide préstamos como funcionario del estado y lo utiliza en beneficio propio y de sus amistades y familiares sin invertirlo en el pueblo, el pueblo carece de los servicios para los que se pidieron los préstamos con sus obvias consecuencias y luego, lo obligan a pagar esos préstamos más intereses, cercenando sus posibilidades de presente y futuro. Alguien reduce la planta de trabajadores alegando pérdidas, se va de viaje y los desocupados quedan rolando, sus familias a la intemperie. Alguien decide que es apropiado bombardear cierta área y mueren miles pero el que manda no es apresado ni enjuiciado, sino premiado. Alguien obtiene un permiso para experimentar vacunas, o pesticidas, y cientos padecen consecuencias irreversibles y el experimentador obtiene sendas ganancias. Alguien hace una tramoya financiera que lo enriquece exponencialmente, pone en crisis el sistema bancario e inmobiliario y muchos quedan sin vivienda y hasta matan a su familia y se suicidan. Alguien lleva un país a la quiebra y la quiebra tiene efecto cascada, pero él no pierde ni su puesto ni su casa, como sí les sucede a miles de personas. Y así puedo continuar la lista de individuos que, enmascarados en sus cargos, con los antifaces de sus permisos para reprimir, matar, financiar, controlar, comerciar, prohibir, regular, etc. cometen a diario delitos que son considerados legales, eficientes, justos, necesarios, lógicos y no violentos ni juzgables por quienes resultan sus víctimas directas, que son, vaya contradicción, quienes los pusieron en sus cargos, o colocaron en esos cargos a quienes designaron y facilitaron el delito de terceros.

Pero esa violencia se nos vuelve invisible. Y hasta la aprobamos. 
Levantamos entonces nuestras voces indignadas contra el que tira una piedra. Pero callamos frente al que bombardea nuestros proyectos de vida. Defendemos la propiedad privada de los otros cuando nosotros mismos carecemos de ella. Nos irrita el que hace un graffiti en la pared de una institución gubernamental, pero hacemos la vista gorda al que escribe sentencias de muerte, de desnutrición, de reducción de medicinas, educación, vivienda, oportunidades laborales.

¿Qué nos pasa?
¿Acaso es el único camino imitar a los ladrones de guante blanco, y ser ladrones de guante rojo?
¿Acaso es correcto considerar que el sistema está autorizado, puede y debe hacer lo que un individuo no debe?
¿Quiénes son delincuentes? ¿Es más delincuente el que roba a mano armada que el que manda a robar con una firma? ¿Uno merece la pena de muerte y el otro será reelegido por otros cuatro años?
Si no justificamos a uno no podemos hacer como que no vemos al otro, y menos aún sostenerlo y elevarlo por encima del conjunto ni premiarlo con nuestro apoyo y devoción. 

¿Sería muy diferente la entrevista del periodista a alguno de esos líderes que nos gobiernan (controlan)?

El periodista le pregunta al funcionario por unos zapatos de diseño que lleva puestos.
-No son robados, me los compré, me salieron 3000 -bromea el hombre, protegido detrás de su escritorio, corbata al cuello y prolijo corte de cabello.
-¿De donde sacó el dinero? -pregunta el periodista, cuyo salario mensual consiste en la mitad de esa suma.
-Lo gané -contesta.
-¿Trabajando?
-Este es mi trabajo, administrar. Hay gente que trabaja para mí. Les pago un salario y retengo el margen de ganancia, lo reinvierto. También recibo comisiones por facilitar negocios, esa es mi función. Ayudo a la gente y muchas personas aportan para mis campañas y confían en mí. Me aman -dice.

Mientras tanto, el político/empresario sonríe y manipula la lapicera obsequiada por una multinacional. Está tranquilo: la policía custodia su banco, sus propiedades, a él y a su familia. Si alguien ha tenido que ser eliminado en el camino, de esas tareas sucias se ha encargado otro y es preferible ni siquiera conocer los detalles. Saber dar órdenes requiere de conocimientos, sabiduría y autoestima.


Usted,  ¿qué piensa?

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