viernes, 31 de marzo de 2017

MEMORIAS SABROSAS



Rosa es libre, hija de Rosa libre, hija de Rosa fugitiva, hija de Rosa esclava, hija de alguien que no se llamaba Rosa sino Ayaná o Nayica o Dolai o... 
Todas ellas la habitan de amores, resistencias y nostalgias, alimenticias y matriarcas.

De pie frente al caldero hirviente, revuelve un poco el asopao, llena hasta el borde la cuchara de madera con el jugo, la acerca a las fosas nasales henchidas con los vapores aromados de verduras, hierbas y especias; sopla tres veces, cierra los ojos y saborea.

Está en el punto justo, afirma.

En minutos llegarán las hijas de la escuela. Son ellas una paleta de tonos de piel, como la corteza de un eucaliptus arcoiris, con cabelleras de todos los colores y texturas. Observan el mundo con miradas de noche obscura, tierra, arena, cielos claros y bosque, pero ven todas el mismo mundo desde su propia perspectiva y han mamado de los mismos senos volcánicos de leche.

Ellas son como la sopa, son mi mejor sopa, se dice Rosa, porque para hacer una buena sopa hacen falta papas, zanahorias, calabaza, recao, ajo, cebolla, pimiento, cilantro, aceite, gandules... memoria y amor.

Oye de lejos el bullicio de las niñas; entran a la casa con sus risas y sus gritos como un huracán arrastrando los polvos del Sahara, lavan sus manos y se sientan, hambrientas, a la mesa. La Mai Rosa percibe a todas las ancestras guiando la mano que sostiene la cuchara que sirve el asopao en cada cuenco. Y Ayaná o Nayica o Dolai y todas las Rosa son flores repartiendo la sopa calentita y nutritiva a las familias. 

El aire, en esta cocina borinqueña, siempre huele a África, piensa Rosa, mientras se sirve a sí misma el último tazón.

#NRenPR

Nanim Rekacz

Para la Cátedra Libre Mujeres Negras Ancestrales


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