sábado, 25 de marzo de 2017

AQUIAHORA


Amanezco con el cielo esponjado
y el rumor del océano
penetrante
rugiente
incesante
atraviesa las ventanas,
me vibra en la espalda
reclamando me eleve sobre mis pies.

Es salobre el aire
pero es
un sabor sutil
casi de estrellas invisibles.

Me asomo desde esta veintiuniedad vertical
que flota en las alturas,
huelo,
abro lo más posible la mirada
hasta grabar los contornos:
el horizonte llano del mar
las formas perfiladas de El Yunque
la espuma en la arena dorada
yendo y viniendo
yendo y viniendo.

Oigo
los versos deshilachados de una salsa
-parece tango triste-
en las voces gangosas
de un coro trasnochado,
se trenzan suaves con las olas y la brisa.

Luego
cortan la armonía
los gritos agudos de quienes asumen
ser voceros de dios,
amenazando con infiernos
hablando de pecados
reclamando amenes y aleluyas
a través de altoparlantes.

Lo celeste y lo terrenal se funden
en este balcón,
plataforma
al universo
un sitial privilegiado para observar
y conocerse
tan pequeño uno,
tan único,
tan todo.

Millones de pasos y de sueños,
de elecciones minúsculas y drásticas,
de aconteceres ajenos a mi arbitrio
me depositaron aquí
esta mañana.

Y puedo
celebrar no haber muerto hace seis años
y reírme de esa mujer acongojada, en crisis,
que en una camilla helada de hospital
intentaba mover los dedos de sus pies y de sus manos
y se consolaba:
"si me duele, estoy viva".

Ella desconocía que esta yo
con su mismo nombre y rostro y cuerpo
despertaría ahora
aquí
en el Caribe
tan lejos
de aquella Patagonia.

Debo guardar este momento
cual tesoro
para futuras angustias
y quebrantos.

#NRenPR


1 comentario:

Elena Rekacz dijo...

Suena áspero y gris el recuerdo patagonico,el barro y el charco, cero glamour. Digamos que el golpe te depositó el la orilla del Caribe, el agua sería azul y la sala de espera, la del piso 21.