domingo, 8 de mayo de 2016

EXTRAÑEZA



Ha mutado la casa, los muebles se movieron.
Julieta ya no es cachorra, está más gruesa que Romeo
cuyas canas se han multiplicado.
Al fondo del patio ha crecido un muro.
El frío es diferente a los recuerdos del frío y la lluvia
hace descender el termómetro
y me encierra, aterida.
De pie, voy girando frente al calefactor encendido.
En la televisión, voces argentinas y noticias argentinas
y chusmerios argentinos y publicidades argentinísimas.
Deambulo por los cuartos, observo perspectivas,
añoro la que era antes de irme,
antes de partirme en dos y transplantarme.
Extrañaba este acá
y extraño ese allá.
Mi cuerpo no se aclimata al invierno,
le hacen falta las caminatas al sol,
la arena,
las ensaladas gigantes compartidas.
Me siento en esta gran mesa de madera
frente a la ventana con vidrio y rejas, miro
el cielo gris, mi patio de suburbio,
tan neuquino,
y contrasta con mi pequeño escritorio blanco
frente al ventanal sin vidrios del departamento
que rectangula el azul y abajo
los árboles trinan en el pulmón verde del condominio,
tan puertoriqueño.
Supongo que ella (yo) está allá.
Supongo que yo (ella) estoy aquí.
Comprendo, de a poco, la multidimensión,
el nomadismo,
la aceptación gozosa de lo transitorio.
Y reconozco la belleza
del viaje, del fluir sin enraizarse en ningún sitio.
Ser aire,
ser agua,
ser polvo en el viento,
chispa.

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