viernes, 15 de enero de 2016

NO ME GUSTAN LOS HOMBRES


NO ME GUSTAN LOS HOMBRES



No me refiero a la especie humana, no.

Pero cuando uno dice "Me gustan los hombres", como diciendo "No me gustan las mujeres", está exagerando. O, acaso, ¿a alguna mujer le gustan todos, toditos los hombres? (Vale el paradigma para cualquier combinación de sexos).
Es necesario evaluar bien la cuestión con ojo crítico y sensible.

Les voy a contar un experimento hecho una áspera tarde de verano de sol refulgente y nada de viento (ubiquémonos, Neuquén en verano alcanza temperaturas de 40º Celsius, unos 104º Fahrenheit, y sensación térmica de 50º C/122º F).

Son las quince horas, subo al colectivo que se dirige a los balnearios sobre el Río Limay. El chofer no me resulta atractivo, aunque parece un buen hombre con cara de cansado. Digo “Buen día” y apenas gesticula.
El bus está atestado de hombres, calculo a ojo unos treinta, treinta y cinco entre sentados y de pie. Hombres de todos tamaños y edades, vestidos o casi desvestidos. Exhiben sus brazos flacos o regordetes o musculosos, sus cráneos con y sin cabello, sus pantorrillas peludas debajo de los pantalones a la rodilla, sus sobacos. Sudan, todos sudan. Hieden. Los primeros que identifico son un grupo de muchachitos adolescentes de remeritas sueltas y pantalones aún más sueltos que muestran el nacimiento de la raya de sus traseros. Usan ojotas. Gritan. Hablan estupideces.
No me atraen.

Ninguno de los hombres sentados cede el asiento a nadie, sea mujer anciana, embarazada o con niñito a upa o un viejito. Varias de ellas ya estaban de pie cuando subí y las que ascienden tienen la misma mala suerte. La caballerosidad, el mero sentido común o el humanismo básico son materias en las cuales han resultado aplazados en la escuela de la vida. Voy hacia el fondo, con la esperanza de que haya menos amontonamiento de cuerpos transpirados, a pesar de escuchar gritos y música (cumbia villera, no la llamaría música pero me tildarían de prejuiciosa). Me deslizo como dentro de lata de sardinas al aceite. Un señor robusto habla fuerte y los de su grupo también. Ninguno es atrayente. Todos hacen gala de un vocabulario escueto de frases brevísimas; su jerga incluye, eso sí, un amplio repertorio de improperios. Infaltables el "Che, loco" y el "Boludo" en todas las oraciones.
A mitad de camino, el conductor detiene el colectivo, se pone de pie y dice en alta voz: "Los cuatro que subieron sin pagar el boleto, paguen, porque ahora hay cambio de chofer y no pueden seguir sin pagar". Se desata el caos, hay griterío, el grandote y sus acompañantes insultan, prepotean, se hacen los machitos. "No es mi culpa que no vendás pasajes arriba del colectivo, loco", "Mirá, boludo, llamá a tu jefe porque no nos bajamos", "Tenemos la plata, vendenos los pasajes vos". Yo pienso todo lo que podría decir pero no hablo (supongo muchos pasajeros les sucede igual, hay cierto clima de temor ante la patota enardecida). Podría, amablemente, explicarles “En virtud de los numerosos asaltos producidos, hace años se implementó el sistema de tarjeta magnética, esas tarjetas se cargan hace años en los kioskos y si no, pueden adquirir monoviajes, también en los kioskos; los choferes hace años no venden pasajes y si uno va a usar el colectivo, tiene que cargar la tarjeta o comprar la monoviaje antes de subirse. En todo caso la culpa de la imprevisión es de ustedes, no del chofer”. Me pregunto si sabrán el significado de prevenir. Pienso en que si tenían la plata (por algo le dicen al chofer que les venda), hubieran hecho como hacen todos los que por algún motivo (o sin motivo) no cargaron la tarjeta antes de subir: pedir amablemente al resto de los pasajeros si alguien les facilita un pasaje y abonárselo a ese pasajero.
Finalmente después de diez minutos detenidos, con todos sudando acalorados en ese encierro forzoso, los murmullos subiendo de volumen y algunos niños llorando, acceden a pagar los pasajes a dos pasajeros, quienes les facilitan sus tarjetas y las deslizan por el lector. La gente aplaude y el chofer retoma el recorrido.
Definitivamente, no me gustan esos hombres. Y tampoco ninguno de los hombres otros masculinos del colectivo.
Un mención aparte merecen los del grupo de la cumbia villera que a todo volumen acompañó el viaje de cuarenta y cinco minutos hasta el río, cuyas no-poéticas letras eran soeces, violentas, sexistas y ellos las tarareaban entusiasmadísimos sin importarles la presencia de mujeres mayores, jovencitas y niñas. O tal vez lo hacían a propósito. O era algo dentro de su normalidad. Insoportables (aunque debimos soportarlos). Esos me agradaron menos que menos.
Una vez en el balneario, me dediqué a observar y escuchar a toda la subespecie varonil. Había hombres con niños, hombres con mujeres, hombres con hombres, hombres en malla y en remera y sin remera, con chancletas y con zapatillas, con gorras, sin gorras, pelados y pelambrudos. Los jovencitos eran en general flacuchentos y desgarbados y reían de vaya a saber qué y contaban sus anécdotas de veladas alcohólicas y de minitas cogidas. Los muchachos más grandes, careteaban, deambulaban y miraban culos y tetas sin disimulo. Los señores mayores, de contundentes vientres cerveceros, actuaban de maridos o de padres con escaso ánimo e iniciativa, salvo alguna honrosa excepción. Uno que otro seudo-fisicoculturista de egolatría apreciable a distancia. Distinguí hombres de pechos velludos leyendo el diario apoltronados en sus reposeras, hombres tomando mate hablando de fútbol, hombres regañando a sus hijos, hombres nadando en el mismo lugar contracorriente, hombres jugando a la pelota, hombres subiéndose a cubiertas infladas y arrojándose al agua en medio de risotadas, hombres asoléandose con bronceador, hombres sombreándose con pantalla solar, hombres sacando fotos familiares... Y definitivamente, ninguno de ellos me gustó, ninguno me atrajo ni un poquito, no me arrancó un suspiro ni me resultó interesante.

Como resultado de este experimento de la jornada llegué a la conclusión del título: No me gustan los hombres. Los hombres como totalidad, como género.

Corresponde, pues, hablar con precisión: el 99.99999999999999…9 % de los hombres no me gusta.
Me atrae, a veces, algún hombre. 
Y yo, a veces, muy a veces, le atraigo a alguno.
Y aún más ocasionalmente, un hombre que me atrae es uno de los poquísimos a los que yo le resulto atractiva.
En ocasiones ¡todavía más esporádicas!, a esa atracción mutua se adiciona afecto recíproco.
Y entonces, es la gloria.





COPIADO (y reescrito) DE UN POSTEO DE FACEBOOK DEL 22 DE ENERO DE 2010


1 comentario:

alberto mansilla dijo...

entraste en menopausia parece,ojo nosotros también tenemos lo nuestro, se llama andropausia o divorcio, cualquiera de los 2, te aleja de las mujeres