jueves, 17 de enero de 2013

La flama - Nanim Rekacz

No hay destino, se dijo. Hablarse a sí mismo suele ser una costumbre masturbatoria. Acariciarse las neuronas, acomodar en casilleros previamente etiquetados desde la infancia cada concepto y opción. Un mecanismo de auto-satisfacción. Que todo encaje, que se pueda planificar cada detalle y cumplir los objetivos. Pero no hay destino, volvió a repetirse. Por más que se esfuerce en hallar el vínculo lógico automático entre a y z, entre 5 y 10, no lo logra. Entonces sucede la lluvia no pronosticada, se estrella un avión sobre una casa, muere la última tortuga gigante en las Galápagos. Y uno se enamora. Enamorarse no consta en el índice, se dice. Ella no estaba pre-configurada en el cosmos, no había sido anunciada por el horóscopo. Nadie le había advertido sobre la posibilidad de hallarla así, cruzando las miradas en un bar de San Telmo, donde se detuvo a calmar la sed al regresar de un encuentro con un socio extranjero que está de tránsito por la ciudad. Continúa interrogándose, mientras bebe la cerveza helada. ¿Cómo llegué a ese lugar? ¿Cuáles fueron los precisos pasos, los segundos que moldearon el tránsito, la decisión supuestamente aleatoria de abrir la puerta de este bar y sentarme en esta mesa al rayito del sol? No, uno busca y encuentra, se repite, si uno no busca no debe aparecer. Uno se propone salir y volver, llegar y partir, hay pautas, hay metas, hay límites. Ella es un retorcijón del alma. No hay destino, repite. Llegué aquí por azar y el azar forma parte intrínseca de la estadística. Hay un cálculo de probabilidades pero mis perspectivas no incluían enamorarme. No aquí. No ahora. Y no de ella. Esa mujer es mi opuesto, se dice. Ella es inconveniente. Impresentable. Cabellera enrulada, roja, ojos enormes y azules, el escote tirante mostrando la curva de sus senos, y esas piernas desnudas largas, largas, largas, asomando debajo de la mesa. El tatuaje de un dragón trepa por su brazo izquierdo y un piercing le atraviesa la nariz. Ella es demasiado joven, demasiado hippie, demasiado hermosa, demasiado ¿fosforescente? ¿inquietante? ¿desestructurada? No es aceptable pensar en alguien así como compañera de vida y sin embargo la imagina. Se mira los puños blancos asomando de las mangas del traje, se toca la corbata de seda, se huele el perfume de hombre ejecutivo financiero poderoso, siente la presión en el pecho de la billetera. La entrepierna es un dolor caliente. Debo volver a la oficina, se dice. Debo regresar a firmar los documentos, se insiste. Tengo que tomar decisiones importantes, se repite. Se ordena a sí mismo proseguir los hábitos, ejercer el orden, cumplir los planes. Los planes que no incluyen pelirrojas de faldas cortas y mirada soñadora. Esas mujeres son para enamorarse y dejar todo, yo no puedo dejar todo. Yo no puedo, no debo, no quiero… si, quiero; no debo, no puedo… sí, puedo. No debo, no debo, no debo… El destino no existe. Llama al mozo y pide la cuenta. La cabellera encendida quema, los ojos azules sostienen su mirada. Paga y deja propina. Se pone de pie y las piernas le tiemblan y sabe que tendrá que pasar al lado de la mujer para salir por la puerta y el corazón es un escándalo y la calle es la liberación, el no destino, la decisión correcta. Presiente los ojos en la nuca. Rápido, con la respiración agitada, logra escapar, consigue pisar la vereda. Necesita hacer mucha fuerza para alejarse del bar, sudado, llega a la esquina, el semáforo rojo, la cabellera roja, la frenada, la oscuridad, el dolor, la sangre. El destino no existe, piensa, y después ya no piensa más.

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