domingo, 7 de octubre de 2012

Evanescencia - Nanim Rekacz

No hay destino, se dijo. Hablarse a sí mismo suele ser una costumbre masturbatoria. Acariciarse las neuronas, acomodar en casilleros previamente etiquetados desde la infancia cada concepto y opción. Un mecanismo de autosatisfacción. Que todo encaje, que se pueda planificar cada detalle y cumplir los objetivos. Pero no hay destino, volvió a repetirse. Por más que se esfuerce en hallar el vínculo lógico automático entre a y z, entre 5 y 10, no lo logra. Entonces sucede la lluvia no pronosticada, se estrella un avión sobre una casa, muere la última tortuga gigante en las Galápagos. Y se enamora. Enamorarse no figuraba en el índice, se dice. Ella no estaba preconfigurada en el cosmos, no había sido anunciada por el horóscopo. Nadie le había advertido sobre la posibilidad de hallarla a ella así, cruzando las miradas en un bar al paso por San Telmo. ¿Cómo llegué a ese lugar? ¿Cuáles fueron los precisos pasos, los segundos que moldearon el tránsito, la decisión supuestamente aleatoria de abrir esa puerta y sentarme en esta mesa al rayito del sol? No, uno busca y encuentra, no, se repite, si uno no busca no debe aparecer. Uno se propone salir y volver, llegar y partir, hay pautas, hay metas, hay límites. Ella es un retorcijón del alma. No hay destino, se vuelve a decir. Llegué aquí por azar y el azar forma parte de la estadística. Hay un cálculo de probabilidades pero mis probabilidades no incluían enamorarme. No aquí. No ahora. No de ella. Ella es mi opuesto, se dice. Ella es inconveniente. Impresentable. Cabellera enrulada, roja, ojos enormes, curvas asomando del escote, y esas piernas desnudas largas, largas, largas, asomando debajo de la mesa. Ella es demasiado joven, demasiado hippie, demasiado hermosa, demasiado ¿fosforescente? ¿inquietante? ¿desestructurada? Se mira los puños blancos asomando de las mangas del traje, se toca la corbata de seda, se huele el perfume de hombre ejecutivo financiero gobernante poderoso y la entrepierna es un dolor. Debo volver a la oficina, se dice. Debo regresar a los papeles, se dice. Tengo que tomar decisiones importantes, se repite. Se ordena a sí mismo proseguir los hábitos, ejercer el orden, cumplir los planes. Los planes que no incluyen pelirrojas de faldas cortas y mirada soñadora. Esas mujeres son para enamorarse y dejar todo, yo no puedo dejar todo. Yo no puedo, no debo, no quiero… si, quiero; no debo, no puedo… sí, puedo. No debo, no debo, no debo… El destino no existe. Llama al mozo, pide la cuenta. La cabellera encendida quema, los ojos azules sostienen su mirada. Paga. Deja propina. Se levanta y sabe que tendrá que pasar a su lado para salir por la puerta y el corazón es un escándalo y la calle es la liberación, el no destino, la decisión correcta. Presiente los ojos en la nuca. Logra escapar, logra pisar la vereda, llegar a la esquina, el semáforo rojo, la cabellera roja, la frenada, la oscuridad, el dolor, la sangre. El destino no existe, dice.


Cuadro de Miguel Ruibal

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