domingo, 3 de abril de 2011

CEREMONIA DE RESTAURACIÓN - Nanim Rekacz

Apat Ia recorría la trama de las calles de la ciudad vieja, con los pasos medidos y rápidos, un, dos, un dos, derecho, izquierdo, las cuadras, las esquinas, doblar, seguir, detenerse, sin pensar. Sin pensar en por qué ni para qué. Reiteración de rutinas necesarias, obligaciones impuestas y autoimpuestas, cada jornada una mole en las espaldas forzando despertares y empujándolo cada vez más abajo, más adentro.
Apat Ia mira el semáforo que indica verde, que puede cruzar, y un árbol no le deja ver el bosque. El árbol pare un fruto rojo y redondo y se detiene. Está triste justo en la boca del estómago, el ácido le fluye por la sangre y lo anestesia, es ese otro que se llama con su nombre y habita su cuerpo sin haberle siquiera pedido permiso. Lo consume, le extrae las fibras, le contrae los tendones, lo encorva.
La energía se dispersa en mil quehaceres, se le escapa por la punta de los dedos, lo enraíza a un plan de vuelo que jamás despega. Alguna vez –recuerda– hizo otros trazos en el mapa de su vida, puede ver los puntos y lanzar los hilos de esa trama alterna y tan deseada. La sola memoria no alcanza a trastocar la astenia en impulso.
Apat Ia no puede escapar. No hay puertas. No hay ventanas. No hay subterráneos ocultos ni chimeneas. Ha aprendido a no poder. A montarse en el frenético ritmo de las obligaciones anulando las hipótesis de cambios, elaborando una compleja red de argumentos para justificar la prisión de la que él –aunque trata de olvidarlo– tiene la llave. La única y perfecta llave que encaja en la única cerradura cuyo sitio se amnesia. Pero existe, y esa sapiencia mínima es la que permite continuar.
Sin embargo Apat Ia parece tan activo, una tromba humana de múltiples facetas y agenda completa de compromisos, capaz de cumplir absolutamente con todos aún a costa de su cordura. Y sin embargo Apat Ia parece tan cuerdo, ejemplo de virtuosismo responsable y lógica sin mella. Y sin embargo Apat Ia se agrieta desde adentro, se deshidrata y atrofia, apretado su ser por esa superestructura creada para sobrevivir y contener a los otros, a todos esos todos que dependen de él, lo necesitan, lo requieren, lo absorben, lo desnutren.
Apat Ia está triste y se asusta de su tristeza, se asusta de su saber que debe cambiar pero no poder hacerlo hoy, mañana, quizás mañana… Hoy no puede. Hoy la impotencia se convierte en orgánica, lo invade físicamente, lo vuelve fláccido y sin deseos. Ha embotado los impulsos más primitivos, los instintos alfas, la mística del genio encerrado dentro de la lámpara.

Me acerco subrepticiamente, apoyo la lámpara en mi oído y escucho latidos, gritos, susurros. La abrazo, la froto contra mis senos…
¡Apat Ia! ¡Apat Ia! Lo llamo, lo convoco, lo deseo…



Publicado el 13 de noviembre de 2009 en facebook
y se me había quedado perdido ahí,
entre las notas, tal vez, había sido absorbido por la maldita lámpara.

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