jueves, 31 de marzo de 2011

Tiberio Coruncanio Rekacz – 1996/2009

Piel y huesos, la muerte puede olerse antes de que la vida se escurra con el último aliento. Mis narices la perciben, mortaja vieja y sucia, ropaje ignominioso.
Tiberio está echado de lado, tal como quedó al caer por última vez, cuando sus pies ya no pudieron sostenerlo. Rígido ya, sin fuerzas para doblar una rodilla, estirar un codo.
Babea.
La muerte es tenaz, pero él parece no renunciar, no dejarse ir. Las costilla se separan y el aire entra, y vuelve a expulsarlo, en bocanadas cortas y espaciadas.
Ojos de agua, dos lagos celestes con una capa de aceite que los enturbia.
¿Verá algo a través de sus pupilas, o será como los niños, que apenas perciben a centímetros, los suficientes para localizar el pezón alimenticio?
Ha soñado anoche con un amanecer en la montaña desconocida, un cataclismo de aromas y sonidos desconocidos, allá en su lejana infancia. Tal vez el día más feliz. Yo se lo dí, yo lo llevé al mundo fuera de los muros, lo expuse al cielo atiborrado de estrellas, a la arena metiéndose entre los dedos, el agua helada. Sé que soñaba eso anoche porque yo también lo soñé.
Su amiga no se ha alejado ni un minuto, Nieve es pequeña pero lo calienta con su cuerpecito, queriendo infundirle su rítmico latido, su tibieza mínima.
Muerte, muerte... pesadez inmunda, opresión, lo inevitable, lo que no tiene regreso. Apenas despedida.
Me despido pero me duele, me duelen los recuerdos de su llegada providencial que saturó de amor y entrega dos agujeros infantiles, compañía de horas interminables de estudio, cuando se estiraba arriba de mis libros reclamándome cariños.
Una máquina de dar amor. Pequeño ser desvalido y dependiente, que me enseñó a ser necesaria y hasta imprescindible.
Tiberio suspira y yo lo lloro, lo lloro como si fuera un hijo más o casi. Apoyo la palma de mi mano en su pecho y siento apenitas su corazoncito. Está tan frío... aunque lo he arropado para no ver su flacura y para que el hielo de la maldita muerte no lo alcance.
Pero llega, lo sé, la huelo.
Es lo que más me molesta, que me quite ese perfumito que sabía tener, esa suavidad redondeada, esa elasticidad propia de felino. Y esa mirada celeste, siempre sostenida, dos cuencos acuosos ahora, porque él llora, yo sé que llora.
Puta muerte.
Puta vejez.
Salimos al patio. La mañana es fresca y soleada, el cielo un trapo celeste. ¿Ves el cielo, Tiberio? ¿Te irás a alguna estrella imperceptible, a corretear erguido y sinuoso entre cometas, a dormitar eternas siestas en soles más calientes que mis brazos?
¿Habrá urnas perfumadas y mullidas, como almohadones de lavandas y de azahares? ¿Un lago de leche?
¿Qué haré con tu cuerpo duro, con tu piel y huesos y ojos huecos, con ese olor horrendo que me impregna el alma? ¿Qué haré con el espacio vacío de tus pasos diminutos?
No habrá pozo lo suficientemente cómodo, ni refugio propicio para tu descanso. Quisiera, Tiberio, poder dejarte en un prado verde más que verde, con escuetas margaritas y algunas mariposas, cubrirte con mortaja de hierbas aromáticas, que te cante un jilguero.
No quiero moscas ni gusanos, no quiero garras que excaven y te tronchen.
Tal vez una hoguera fuera el mejor obsequio que ahora podría hacerte, ahora que el frío te hace estatua entre mi abrazo inútil.

Nanim Rekacz, 31 de marzo de 2009

A las 13.15 del día de hoy Tiberio Coruncanio, mi primer gato siamés llegado a mi casa, donde murió su mamá dejándolo pequeñito y solo, falleció.Portó ese nombre porque estaba estudiando Derecho Romano, y ese era el nombre del primer cónsul plebeyo.
Llegó en el año 1997, allá por marzo o abril. Y doce años después, se va.
Digo lo mismo que esta mañana te dije, a upa en mis piernas, acariciándote, bajo el cielo azul: GRACIAS.
Por querernos y por dejarnos quererte, por tu compañía, y por enseñarme a tener paciencia con la enfermedad y la vejez.
Hasta siempre, Tiberio.

Nanim, Leslie y Grisel


2011
Estas palabras las imprimí y las enterré con él, junto con unas fotos nuestras, una rosa, unos mechones de cabello...
al leerlas ahora, como entonces, vuelvo a llorarte, Tiberio...

1 comentario:

Mariela Torres dijo...

Nunca tuve un gato siamés y quisiera tener uno alguna vez.
Dichosa vos, que lo tuviste doce años y te dejó, me imagino, muchos más recuerdos que éste.
Lamento, igualmente, tu pérdida.

Saludos.