miércoles, 29 de abril de 2009

Influenza



Mariano se siente como el eternauta, refugiado en su departamento, temeroso de salir a la calle donde las bacterias y los virus son el pasaporte seguro hacia la muerte.
La tv encendida muestra la misma noticia en todos los canales: la gripe porcina se difunde por el planeta, ya no bastan los cierres de aeropuertos, los barbijos, los guantes de látex.
¿Qué tengo para comer? Es lo que más le preocupa. Ha hecho un inventario de su heladera y su alacena y apenas, racionándolo, podría alcanzar para diez días. ¿Y después?
Esto parece un cuento de ciencia ficción, una mala película tremendista, no puede estar sucediendo, es una pesadilla... Pero por más que se esfuerce en negarlo, la realidad es contundente. Sin abrir los vidrios, observa la calle. Apenas pasa alguna que otra persona toda encapuchada, algún vehículo con las ventanillas cerradas.
Su madre está lejos, en el sur. Ella lo ha llamado ya tres veces hoy, desesperada. No, mami, estoy bien, ni siquiera tengo fiebre ni resfrío. No, mamá, no puedo irme. No puedo arriesgarme a salir y contagiarme. No, mamá, no vengas, están cerrados todos los accesos. Sí, mamá, yo también te quiero. Entiendo, sí, lo mejor sería estar juntos pero es imposible. Está bien, mandame una encomienda con comida pero no sé si la traerán a domicilio, tal vez sí.
La novia. Cada uno encerrado en su cubículo. Cada cual defendiendo su porción de sobrevivencia. Aferrándose a la esperanza. Al menos aún hay internet, y teléfono. La ha visto a Jessica por la web cam, los ojos llorosos, angustiada. Sus padres le han prohibido salir, intentó huir y la atraparon. Está bajo llave en su habitación. Es por tu bien, Jéssica. Ellos te quieren proteger. Amor, es mejor así, vos en tu casa y yo en la mía, esto va a pasar y nos reencontraremos. Sí, amor, lo sé, sería hermoso estar juntos pero no, no a esperar la muerte, no digas tonterías.
Pedro y Esteban están locos, piensa. Mirá que juntarse en el bar a emborracharse hasta que llegue la fiebre y los vaya haciendo caer uno tras otro, como chanchos de matadero. Sí, claro, van a estar tan borrachos que ni se van a enterar. Dicen que Lucas se desnudó y salió corriendo del bar hacia la calle y no lo vieron más. Era un buen pibe ese Lucas, un poco ingenuo nomás, qué estupidez dejarse morir así. Yo no, yo no me voy a morir.
Mariano se prepara para resistir, feliz de haber hecho hace unos años el curso de buceo, sabe que posee un tesoro en el placard. El traje de buzo le queda chico, pero en una semana va a bajar esos kilos de exceso y le calzará perfecto. Si debe salir a la calle, lo hará protegido.
¿Y los vecinos? Ojalá tengan provisiones, si alguno viene a pedirle algo le dirá que no. Tampoco les va a pedir nada. Se asegura que las trabas estén puestas, las cerraduras bien cerradas.
Un grito. Alguien ha caído en la vereda de enfrente, lo puede ver, perfectamente oculto atrás de la cortina. Es una mujer del vecindario, lleva una bolsa con mercadería, seguramente fue a buscar comida para sus hijos, tiene varios, si mal no recuerda. Nadie se acerca a ayudarla. ¿Vendrá alguna ambulancia? El no va a salir, no. Para nada. ¿Qué puede hacer? Llama a emergencias pero nadie contesta, las líneas están saturadas.
Ezeiza cerrado, Aeroparque cerrado, Retiro cerrado, las autopistas bloqueadas. No son los piqueteros, son esos malditos virus o bacterias o lo que sean, infestando el aire, los besos, los apretones de mano...
El aire... piensa. ¿Y el aire que pasa por las hendijas, el aire acondicionado...?
Mariano llora, llora quedadito y se hace un ovillo en un rincón.
Mamá, abrazame, mamá, abrazame...
El primer estornudo lo sorprende dormido, cansado de llorar.

Dedicado a Carmen Carrillo
Nanim Rekacz, 29 de abril de 2009

5 comentarios:

Florieclipse dijo...

Gracias por la dedicatoria, Nanim. La verdad es que espero que no lleguemos a un punto así. Mi marido es más tremendista y el lunes me pidió que fuéramos a hacer compras de emergencia. Yo no quería, porque es como invitar a la tragedia, pero no está de más. Compré lo meramente esencial. Si los antiguos mexicanos pudieron vivir a base de maíz y frijol, ¿nosotros por qué no? a eso le añadí algunos kilos de arroz, cereal para los niños y leche en tetrapack. Por fortuna en Monterrey los casos detectados se aislaron a tiempo y no ha habido más muertes. Lo que me asusta más es la actitud que están asumiendo algunas personas, utilizando esto políticamente, creando caos y desconfianza, ahora que necesitamos más que nunca cooperar y unirnos. En fin... así es esto de ser humano. Me buscaré el eternauta, que no lo conozco.
Besos.

Danilo Gatti dijo...

la vida en tiempos de colera
de paranoias, enfermedades fantasmas, donde respirar puede matarnos y besarnos tambien
ojala todo sea un cuento
y con final feliz

Hapi dijo...

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