jueves, 2 de abril de 2009

El padecimiento de Diana


Calcas ha hablado en mi nombre, me ha usado para satisfacer sus intereses más obscuros. Se arrogó el poder de invocarme, de ser portador de mi voluntad, de interpretar mis supuestos signos.

Ha dicho que Ifigenia debe ser sacrificada para ganar mi beneplácito, para que yo envíe vientos propicios y de esa manera el ejército de Agamenón logre hacerse a la mar y llegar a Troya.

Calcas es un adivino mentiroso, pero los hombres temerosos de mis poderes le han creído. ¿Por qué, para qué querría yo que inmolen en mi altar a una virgen, a una jovencita tan hermosa e inocente como Ifigenia? ¿Qué utilidad tendría su sangre adolescente, cómo afectaría eso a las brisas y a las velas, al triunfo de los griegos sobre los bárbaros? ¿Cómo podría ser yo capaz de pedir que Agamenón mate a su propia hija para ayudar a su hermano Menelao?

La verdad es que Menelao está furioso por el desplante de Helena, su esposa raptada por el amor de Paris, a toda costa quiere recuperarla y satisfacer su venganza. Ha reclamado el cumplimiento de viejos pactos, armó un ejército y es capaz de sacrificar a miles de hijos de estas tierras por una mujer, por despecho. Lo llaman honor, justicia, razón.

Ha decidido sacrificar a la hija de su hermano para convencer a éste de hacerse a la mar. La seguridad da fuerza, la fuerza de esperanza, la esperanza impulsa a los hombres a obras y destrucciones. Calcas es su instrumento, ha conseguido que el adivino adivinara lo que él quería que fuera adivinado. Siempre se pueden justificar los fallos atribuyéndolos a los caprichos de los dioses…

Ahí traen a Ifigenia a este infecto y pútrido altar que me construyeron. Ella se entrega, exhibe su cuello a Calcas, ese blanco cuello que ya quisiera él poder besar. Calcas sabe que jamás poseerá una doncella noble y generosa como esa y ese conocimiento intrínseco guía la hoja filosa.

Clitemnestra, la madre, llora su segundo hijo asesinado. Agamenón vuelve a herirla en el vientre ya parido. Tanto crimen… en nombre del poder, el pueblo, el terruño, el linaje…

Yo soy sólo una Diosa más, no tengo injerencia alguna en cosas de hombres. Ninguno de nosotros la tiene. Los hombres manipulan a los hombres actuando bajo nuestro supuesto designio, atribuyéndonos deseos, necesidades y considerándonos distribuidores de premios y castigos.

Ojalá pudiera arrancar esa cuchilla de las garras de Calcas, hundir las criminales naves de Agamenón, detener la cadena de muertes sin sentido.

Pero sólo soy Diana, una diosa.

Los hombres han ensuciado mi nombre y nada podré hacer para lavar la sangre de mi memoria, por los siglos de los siglos se perpetuará este filicidio y se me imputará su orden.

¿Habrá algún poeta que me reivindique?

¿Alguna vez alguien sobre la tierra aliviará mi tristeza, consolará mi dolor?



Foto: Por Nanim Rekacz, Vela encendida y Vicky

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