sábado, 21 de febrero de 2009

Umami



—Acá te traje una manzana.
—¿Verde?
—Si, Granny Smith. Parece ácida pero el juguito te deja una sensación dulce en la lengua.
—¿Y por qué me la das?
—Porque no puedo besarte.
Hincó sus dientes despacio, se podía escuchar el crujido de la piel de la fruta al incrustarse sus incisivos y colmillos. Un gorgoteo de moléculas pomáceas estremeció sus labios. Hubo una conjunción de pectina con bicarbonato, chisporroteó el azúcar en la lisozima y la vitamina C se disolvió entre las papilas.
—Hay siete mil quinientas variedades de manzana —dije.
—Huelo butanoato de metilo y etanal —respondiste, sin oírme.
—Hay siete mil quinientas variedades de besos —agregué, sin cambiar mi tono de voz.
Seguiste mordiendo y saboreando y con el dorso de la mano recogiste unas gotas que chorreaban de la comisura de tu boca. Apenas dejaste el cabito y las semillas.
—Quiero probar otra —afirmaste y yo supe que ya eras mío.
Metí mi mano en mi boca y saqué otra manzana, al azar. Era una Red Delicius.
Demasiado pecado, pensé.
Pero igual te la di.

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Foto: Leslie Colsplay por Nanim

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