lunes, 23 de febrero de 2009

La donante


—¿Leíste el diario?
—Si, estoy conmocionada —contestó Virginia mientras llenaba el mate hasta que asomaron burbujitas. Marucha chupó, pensativamente.
—Se nos va…
—No se puede hacer nada, sólo orar. —La afirmación de Virginia era contundente y propia de su religiosidad dominguera.
Marucha no pudo evitar contradecirla, pero apoyándose en la afirmación de Virginia. Siempre lo hacía: le seguía la corriente y se la desviaba. Le devolvió el mate.
—Orar que alguien muera, que sea compatible, obvio.
—Todos los días muere gente, pero de ahí a que sean aptos y además hayan resuelto donar sus órganos… —Virginia estaba horrorizada. Tanto que hasta revolvió la bombilla.
—¿Y vos?—preguntó Marucha, contraatacando.
—Yo, ¿qué?
—¿Sos donante?
—Sí. Pero soy chiquita y él grandote; yo soy mujer y él hombre. Además no sé cantar… No fumo ni bebo ¡Dios no lo permita! Pero Marucha, ¡yo estoy viva!
—De frente, contestame: ¿no darías la vida por él?
Silencio, apenas interrumpido por las chupaditas de Virginia en el mate arruinado.
Virginia midió las palabras porque sabía que la arpía las iba a dar vuelta. Pensó en su mamá, enferma e insoportable, pensó en su hijo, que ni la había llamado para el cumpleaños.
—Me gustaría elegir a quien van mis órganos —dejó caer Virginia, casi un desliz del que se arrepintió enseguida. Marucha plegó el diario—. Pueden ir para cualquier hijo de puta —agregó.
—No se evalúan condiciones éticas ni morales.
—Con los niños es diferente —dijo Virginia. Se levantó, fue a la cocina y tiró la yerba. Ese gesto le dio tiempo para reflexionar sobre sus creencias; el tema era espinoso y tenía que ser clara.
—Por supuesto, los niños son niños… angelitos —Marucha uso esa palabra a propósito. Que Virginia viera la paja en el ojo ajeno.
—Algunos niños llegan a ser hijos de puta, con el tiempo; uno quizás le salva la vida a un dictador. Los caminos de Dios son misteriosos.
—Podría resultar un santo. —Virginia interpretó que no había nada que responder; si Dios resolvía que vivieran los dictadores y asesinos… no dependía de su voluntad. ¿O sí? Marucha insistió—. Ojalá que se muera alguien y lo salven. Y que me perdonen los que creen que pensar así está mal. Él no vale lo mismo que cualquiera. Él es él.
—Alguien sanito, que no haya fumado tanto.
—Tiene que ser una muerte accidental; que no arruine el corazón ni los pulmones.
Otra vez el silencio corrió una cortina entre las mujeres. Miraban el cielo azul, el perfil de los edificios. Virginia tenía el mate nuevo listo y le acercó uno a Marucha, después de tomarse el primero.
—Che, no le contemos esta charla a nadie —rogó Marucha, los ojos fijos en las burbujas amargas.
—¿Por?
—Porque queda mal hablar así. La gente es muy susceptible.
—Tenés razón… es demasiado doloroso.
—Si, así es la vida y así es la muerte —sentenció Marucha, apoyando el mate sobre la mesa. Virginia estiró la mano y Marucha se lo alcanzó.
—Los humanos somos contradictorios.
—Él no pidió tratamiento especial. —Marucha había regresado a la nota del diario; señaló el artículo con el dedo.
—La esposa sí —dijo Virginia, secándose un lagrimón.
—La esposa es la esposa. Si a tu hijo le pasara algo andarías a los gritos por las calles reclamando donantes. Si vos necesitaras una córnea, un riñón, ¿no desearías que alguien te lo pasara? ¿No querrías que toda tu familia, yo misma, hiciéramos campaña: "Un riñón para Virginia".
—Tal vez. —No quería que se notara que dudaba del amor de su hijo—. Me daría miedo tener puesto algo de otro. Prefiero pensar en algo de mí dentro de alguien valioso.
—Basta; no hablemos más. —Marucha se puso de pie y dio vuelta el diario. —Terminá ese mate y pasame otro. ¿Querés que vayamos a caminar un rato? Prometo no empujarte bajo un auto —bromeó.
Virginia se rió aunque no era gracioso; se tragó las palabras junto con el agua caliente.
Y mientras chupaba el último mate, Marucha pensó que era una suerte que no le hubiera preguntado si era donante. ¡Ni loca! No tiraba las bolsas del supermercado, no regalaba la ropa usada porque la moda siempre vuelve y jamás le daría la receta de los alfajores de chocolate, ¡jamás! Se iría a la tumba con ella.
Salieron a la calle. Era una hermosa tarde. Los autos circulaban a gran velocidad. Virginia cerró los ojos, pensó en él, y cruzó.

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