sábado, 28 de febrero de 2009

Apalabramar




Estaban desnudos en la cama, una vez más.
Sábanas de seda borravino erizaban el vello a cada movimiento, produciendo estática.
Ella era nívea y su cabello formaba un bosque umbrío. El, en cambio, era un aceitunado macho de pelo cual trigal pronto para la cosecha.
Estaban desnudos en la cama, una vez más.
Y una vez más, como otras veces, él deslizaba las yemas de sus dedos por la piel virgen, delineando vocablos amorosos, relatando viajes fabulosos, describiendo paralelos y bifurcados universos. La recorría milimétricamente sin omitir un lunar, se suspendía una eternidad en los gemelos promontorios de su pecho generando tumultuosas erupciones, despertaba temblores subcutáneos e imprimía sellos bilabiales en las comisuras ocultas.
Estaban desnudos en la cama, una vez más.
Las frases enigmáticas se acomodaban en las hendeduras, las reveladas verdades hallaban su lugar en medio de la frente y el rostro ¡ay, el rostro! se iluminaba de estrellas visitadas en aciagos días de desencuentros.
Pero ya estaban ahí, una vez más.
Ella, nevada y pura, hoja en blanco para sus trazos más audaces, sus secretos vergonzosos, se dejaba y rodaba sobre sí misma, ofreciendo la curva de su espalda y la grieta fantasmal de sus nalgas impecables.
La nuca le brindó una página virtuosa y la planta de los pies, le hizo describir caminos turbulentos y misteriosas sendas de espejos quebrados. Halló música en la espiral de sus oídos, y le contó de Brahms y de Solari y de sueños robados, de escarchas, de escaramuzas y bicéfalos.
Una vez más, estaban desnudos en la cama, y ella se dejaba. Y él la recorría incansable, con las yemas vocales, con las uñas marcaba las palabras en un mapa intrincado, exuberante, un tatuaje infinito de ficciones.
Ella siempre había estado ahí, pensaba. Había sido la habitante escurridiza de su imaginación, que se le bosquejaba en múltiples personajes sin llegar a atraparlos del todo. Nunca había podido nombrarla, hasta ahora.
Y al nombrarla, se había extendido en el lecho borravino, ofreciéndose impoluta a su verborragia sin límites.
Una vez más, satisfacieron el rito; él sublimaba al entretejer sus tramas y ella gemía al percibir los sustratos, los significantes, los significados, los referentes cruzados y otras aliteraciones en su piel ahora cubierta, cada vez más envuelta en signos.
Cuando no quedó más espacio donde hilvanar códigos ni hueco sin profanar con símbolos ni debajo de las uñas, ni en el sutil origen de la lengua ni en la minúscula península del clítoris, receptor de extraordinarias trasgresiones, se detuvo.
Observó su obra maestra.
La dama nívea estaba oculta bajo el tejido infinito de las infinitas posibilidades de su discurso silencioso.
Entonces ella lo tumbó de espaldas. Observó la epidermis de aceituna, el trigal de su pelo, el rostro de quien ha ido y vuelto muchas veces y las yemas de sus dedos, que olían a sudor y a sangre y a jugos interiores.
Estaban ahí, una vez más.
Pero distinta.
Quieto él, mudos sus índices y sus medios y sus anulares y sus meñiques y sus pulgares. Mudo y desnudo y de espaldas en el lecho.
Entonces ella, se sentó en su bajo vientre, y fundiendo mirada con mirada y sin mediar palabra alguna, dibujó, sobre el pecho latiente, un infinito.

Autor Nanim Rekacz

Publicado en: http://brevesnotanbreves.blogspot.com/2009/02/apalabramar-nanim-rekacz.html

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