miércoles, 28 de enero de 2009

La sentencia

La sentencia

Detrás del sólido escritorio, de rutilante superficie vidriada, estaba él. El Jefe.

Detrás de El Jefe, un ventanal formidable lo iluminaba de espaldas, generando un aura y dejando su figura casi a oscuras. Así él podía vernos y nosotros, deslumbrados, estábamos impedidos de saber si sonreía burlón o fruncía el entrecejo.

Permanecí sentada en la baja butaca mientras leía mi informe.

-Así que los requerimientos de Arriba son diez milochocientosveinticuatro.

-Sí, señor.

Pronunció “Arriba” con negligencia, minimizando la connotación del término. Y “milochocientosveinticuatro” así todo junto, sin respirar, sin tragar saliva, remarcando cada sílaba.

-Y nos faltan treinta y cinco para cumplir la cuota.

-Sí, señor.

-Usted sabe, señorita, no es fácil tomar esta clase de decisiones. Así como usted me ve acá, es una responsabilidad muy dolorosa. Una carga.

-Entiendo señor. Todos somos parte del engranaje y hay que cumplir órdenes. El sistema lo requiere.

-Bien… bien…

Ambos nos habíamos ayudado a lavar nuestras conciencias. Al menos la mía, quizás él lo decía sólo para justificarse y en realidad le daba placer tener ese poder.

-Esos son los expedientes de los candidatos, Señor. Elegimos los de familia numerosa, de clase media emergente, que hayan adquirido bienes inmuebles y muebles y se encuentren convenientemente endeudados. Con diez de éstos es altamente probable que alcancemos el cupo de… Arriba.

-Los de Arriba saben lo que hacen.

-Sí, señor. Eso es indiscutible. Así se refuerza la contracción al trabajo, se disminuyen los reclamos de aumento de salario, la movilidad social evacua lugares para que los ocupen otros y hagan la experiencia.

-Sabias palabras, Señorita. Y el mercado inmobiliario aprovecha ofertas y los bienes cambian de manos.

-No olvide lo más importante, Señor.

-Sí, sí, por supuesto. El control de la población. ¡Ya somos muchos! Así no hay plan social que aguante, gobierne quien gobierne. Y el Ministerio ha previsto suficientemente la ampliación de los cementerios.

El Jefe observaba los legajos con cierta vacilación. El paisaje de edificios contra el cielo brumoso parecía suspenderlo como un fantasma oscuro. La lapicera brilló en su mano derecha, como una hoz.

Firmó.

Respiré profundo.

Me entregó las carpetas pero las retuvo entre sus dedos, sin soltarlas.

-Téngame al tanto. A medida que se vayan suicidando, digo. Y si en una semana no satisfacemos el cupo de Arriba habrá que decidir nuevos despidos.

-Sí, señor.

No soltaba los legajos y empezaba a ponerme nerviosa.

-Usted, ¿tiene hijos, señorita?

-Dos, señor.

-¿Estudian?

-Sí, señor, están becados.

-Y ¿ha tomado préstamos hipotecarios?

-No señor, mi casa la heredé de mis padres, ya fallecidos.

-Bien, bien… Vaya tranquila entonces, seguramente no estará en el próximo listado.

Soltó la carpeta. Hice una pequeña reverencia con mi cabeza, saludé y me retiré.

Yo sabía que él tenía dos ex mujeres, una esposa y seis hijos. Que recientemente había adquirido una mansión en Boca Ratón y un Lamborguini. Me pregunté si concretaría el crucero privado por el Mediterráneo cuya reserva para dos (él y su amante, claro) me había ordenado pagar unos días atrás. Me pregunté si estaría temiendo ser incluído en una lista por los de Arriba.

Entregué los legajos sin culpa ni remordimiento.

En la calle, los rostros de la gente, iluminados de neón, me parecieron tristes máscaras. Casi cadáveres que aspiraron a ser y a tener, que creyeron que los de Arriba cuidarían de ellos y que los sueños pueden hacerse realidad.

A costa de las pesadillas de otros, claro. Y nunca ser uno de los otros.

Pero en eso nadie quiere pensar. Yo tampoco.


Nanim Rekacz, 28 de enero de 2009


Publicado en:

http://brevesnotanbreves.blogspot.com/2009/01/la-sentencia-nanim-rekacz.html

Inspirado en un artículo provocado por una realidad:

http://www.perfil.com/contenidos/2009/01/28/noticia_0002.html



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