viernes, 30 de enero de 2009

El duelo

-Mi gata vieja se está muriendo…- pensó.
Amanda, sobre la alfombra, gruñía. Al acariciarla, vibró en un ronroneo y sus patas se sacudieron sin control.
-¿Qué te pasa, pequeña? -le preguntó.
¿Cuántos eran? ¿Diez años? Sí, pero ya era grande al llegar a la casa desde la calle, con su panza llena de gatitos. Los parió, se quedó, y fue dueña y señora y compañía. Tenía su carácter, ¡vaya que era protestota!
-Amandita, Amandita…-los ojos celestes de Amanda se volvían transparentes.
Primero fue una lágrima. Asomó, se hizo gruesa, rodó por la mejilla. Luego fue el llanto a borbotones. Los recuerdos de una década de vida compartida atravesaron su corazón como destellos, como cuchillitos filosos, agujas punzantes…
-¿Estás enfermita, Amanda? ¿Te vas a morir?
Un ronroneo intenso, una contracción muscular.
-Lo que debo hacer para que puedas permitirte llorar- pensaba Amanda.

Nanim Rekacz, 30 de enero de 2009
Neuquén

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