domingo, 4 de mayo de 2008

La trama invisible


Había una vez un hombre que leía y leía, miles de libros, cientos de autores, renombrados y desconocidos. Leía y rescribía. Las ideas, argumentos y estilos se le introducían cual serpientes famélicas por los ojos afiebrados y se le escabullían por los dedos, mudando sus pellejos. Era conciente del proceso de ósmosis y transposición constante, inevitable, de que su mente resultaba incapaz de formular un pensamiento original, de parir un primogénito literario.

Todas sus frases constituían reflejos distorsionados de luces ajenas, metamórficas recreaciones de frases de otros ya perecidos o contemporáneos. Pero él, sosteniéndose en la ignorancia de los lectores, en los humanos olvidos, nunca decía la verdad: jamás reconocía los orígenes impropios ni agradecía las fuentes.

Hemos de atestiguar que tenía la especial capacidad de lograr que el producto pareciera inédito: conseguía tal efecto de admiración y respeto que en todo el planeta se multiplicaban sus alieres (además de acrecentarse sus ingresos). Había, por supuesto, quienes se percataban de las sincronías y paralelismos, más sus voces eran acalladas por intereses comerciales. La inopia es generadora de cómodos complicidades.

El seudo escritor, además de contar con halagüeñas reediciones y de recibir premios y reconocimientos en vida, perduró un generoso tiempo en la memoria histórica (tan frágil) después de su desaparición física. Los legatarios de sus derechos de autor, durante algunos años, gozaron de las prebendas.

Había una vez un hombre que nunca había leído libro alguno, ni siquiera había terminado de escolarizarse. Sin embargo tenía sueños en los que él era un observador privilegiado; también despierto, mientras realizaba sus trabajos manuales, se le presentaban escenas y diálogos que no había protagonizado ni presenciado, complejos engranajes, personajes habitantes de mundos que le eran totalmente extraños, paisajes de ningún modo visualizados, desconocidas pasiones.

Un impulso incontrolable lo obligaba, cada atardecer, a transcribir esas historias que lo invadían y poseían en cuadernos que iba acumulando y guardando, con meticuloso cuidado, en paralelos anaqueles. Se convirtió en la única forma de excluirlas de su mente, si bien la misma volvía a poblarse constantemente de fantasmas que debían ser regurgitados invariablemente.

Relatos que habían sido relatados, leyendas ya apalabradas hace siglos, novelas y fábulas idénticas a las de remotos autores, poemas... Él ignoraba totalmente tanto la naturaleza inherente a los contenidos como el vínculo invisible entre las mentalidades ajenas y la propia. El que no sabe no sabe que no sabe. Ni siquiera había comentado a alguien esa extraña afición, más parecida a la de un quiromántico que a la de un sabio (de acuerdo a sus limitados parámetros).

Cuando falleció sus legatarios creyeron, erróneamente, que era un copista. Habiendo consultado a algunas personas con cierto conocimiento literario las mismas evaluaron que se trataba de meras clonaciones de libros ya escritos, aunque hubiera omitido mencionar los autores. Constatada esto en una pequeña muestra al azar, considerando la inutilidad de lo heredado y la necesidad de vender la propiedad libre de pertenencias del muerto, se realizó una gran fogata.

No logró un reconocimiento que no buscó y sus atributos únicos se hicieron cenizas. A lo sumo, alguna parentela y vecinos se preguntaron qué locura lo habría impulsado a dedicarse a esos vanos ejercicios de caligrafía.

Había una vez una pregunta que no tendrá respuesta: ¿Había entre esos cuadernos alguno análogo a una obra del falso creador?

http://www.novacolombia.info/nota.asp?n=2008_5_4&id=44442&id_tiponota=6


Publicado en:http://brevesnotanbreves.blogspot.com/2009/01/la-trama-invisible-nanim-rekacz.html


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