domingo, 13 de abril de 2008

La voz del mar

-Dale, Marta, por última vez te lo pido, vení...

Estoy en el vano de la puerta, mi rostro continúa sintiendo el frescor del aire acondicionado y Marta me observa de reojo con los brazos cruzados, imperturbable, recostada en el mullido sillón. Es sólo un instante el que nuestros ojos se cruzan, atravesando la habitación. Luego vuelve la vista al televisor mientras me dice no con la cabeza.

¡Qué contraste!, suda mi espalda al sol y el pecho, helado. Es una mañana espléndida de verano, apenas una brisa mueve los álamos y las hojitas susurran. Los gorriones canturrean desenfrenados. Recorro la imagen: la penumbra del living, la figura de Marta, quieta cual estatua, destellando su contorno con los colores de la imagen de la pantalla. No tengo nada más que hacer aquí, me digo. Cierro la puerta detrás de mí y me sumerjo entero en la calidez. Sin embargo, un escalofrío me recorre la columna vertebral.

Subo a la camioneta, enciendo un cigarrillo y arranco. ¡Qué delicia el run run del motor y el sonido de las ruedas en el pedregullo!. Es una bella mañana, ciertamente. Transito con cuidado las calles del barrio porque los niños suelen estar correteando o andando en bicicleta. Llego a la circunvalación y de ahí... ¡la ruta!.

Antes no era asi. Cuando conocí a Marta yo tenía un velero, el Ondina, ¡qué lindos recuerdos! Ella se mostró interesada en navegar aunque jamás lo había hecho. Me sorprendieron sus gestos seguros, sus ganas de aprender los nombres específicos del lenguaje náutico, la facilidad con que interpretaba la dirección del viento y ¡cómo adrizaba el barco!, se movía contrarrestando la escora como si hubiera nacido sobre un velero. Su hermosa cabellera rubia siempre estaba suelta, tan larga que cuando se debía tirar fuera de la borda dejaba caer el cuello hacia atrás y se le mojaba. Sonreía. Yo estaba convencido de ser el hombre más feliz del planeta.

Pongo un compact. Necesito relajarme y cargarme a la vez de energía positiva, ya que ha sido una semana excesivamente intensa de cuantioso trabajo: mi secretaria se enfermó, la agenda estaba completa, el teléfono sonaba constantemente, debía terminar la ponencia para la conferencia del martes. No lograba concentrarme para darle el cierre adecuado, tal como a mí me gusta, con un mensaje reflexivo. Mis pensamientos permanecían bloqueados. En las noches, cuando al fin se iban todos –tengo la oficina en un ala de la casa-, me sentaba en la computadora y lo único que hacía era escribir y borrar, escribir y borrar de nuevo. Marta llegaba de su trabajo en el centro, también cansada. Apenas se acercaba a darme un beso, se llevaba algo para comer al dormitorio y cenaba acostada mirando la televisión.

Antes no era así, me repito. Solía darme un beso en la boca, unos masajes en la espalda con gesto travieso. Daba vuelta el sillón y se sentaba a horcajadas, yo protestaba un poco pero era un juego, un juego de seducción. Luego, ella se iba a preparar algo de cenar para los dos. Yo seguía escribiendo, siempre me resultaba estimulante ese encuentro de nuestros cuerpos y de alguna manera extraña, se me ordenaban las ideas y las frases surgían fáciles sobre el teclado. Quería terminar pronto lo que estaba haciendo para poder estar juntos, abrir un vino y terminar lo que habíamos empezado. Usábamos mantel, copas de vidrio... Música, nunca televisión.

Llevo la ventana entreabierta y ya se huele el mar. Llego al club. No estoy comunicativo hoy, por suerte ninguno de mis amigos está, todos se fueron a correr el Norpatagónico. Sólo permanecen algunos de los que únicamente vienen a tomar cerveza y bañarse, lucir sus cuerpos bronceados y hacer sociales. Un par me ayuda a botar el velero e intercambiamos pronósticos del tiempo y los comentarios habituales sobre el clima y la marea. Alaban mi nuevo barco cabinado. Me preguntan sobre el vendedor, el precio, las velas, el motor. No, no lo sacaré hoy, saldré en mi viejo snipe, el Gaviota. No, no navegaré solo, iré con mi primo. Lo paso a buscar por el club vecino. Ah, estás con la competencia, bromean. Después dejaré el velero ahí, les aviso. Registro mi partida. Todos me conocen, así que a nadie le extraña. Suelo salir solo...

¡Al fin! Hincho mis pulmones con el aire salado, lleno mis pupilas con los azules del cielo y del mar. Izo las velas, apenas hay una corriente de aire y el océano parece un lago de aceite. Me hubiera gustado que viniera Marta, a pesar de todo. Compré ese cabinado, se llamaba “Mar” y lo rebauticé “Marta”, a pesar de las críticas de los demás timoneles. Fue acondicionado hasta el mínimo detalle para que ella pudiera estar cómoda. Tiene heladera, cocina, camarote, ventilador. ¡Tenía tantas ganas de compartir la primer salida con ella!, me imaginé una especie de reencuentro, hacer las paces, hacer el amor. Pero no, para ella fue un gasto excesivo, dijo que ya estaba viejo para estas cosas. ¿Viejo para navegar? ¿Cómo alguien puede ponerse viejo para navegar? ¿Hay una edad acaso para deleitarse con el mar, el sol, el verano? ¿A cierta edad es más importante la novela que la vida? Dijo que se iba a aburrir. Llevate un libro, le dije. Hablemos. Disfrutemos que estamos vivos, Marta. Que estamos sanos. Que tenemos una buena vida.

Pero no, ahí quedó ella, en el sillón con los ojos fijos en la pantalla, con el aire acondicionado, en penumbras; y yo acá, en la luminosidad espumosa, me atiborro de oxigeno. Hago firme la escota del foque y mirando hacia proa, más allá de la proa, mantengo mi mano derecha en la prolongación del timón y la escota de la mayor en mi mano izquierda. Una perfecta ceñida me lleva rumbo hacia el noroeste para alejarme de la costa. La cabellera rubia de Marta ya no existe, si ella estuviera aquí no rozaría el agua. Se cortó el pelo cortito, a lo varón, asegurando que era más práctico. No le queda mal, pero no puedo evitar añorarla, o tal vez lo que extraño son esos tiempos. ¿Qué nos pasó? ¿Yo cambié? ¿Ella cambió? ¿Ambos cambiamos? Es más fácil percibir las modificaciones de las conductas del otro que las propias, la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. Los catavientos se agitan, filo un poco la escota de la mayor y mantengo el rumbo.

Me ha dado sed, bebo un trago de la botella de agua congelada. ¿Acaso hay algo más maravilloso que este momento? Aspiro y expiro a fondo, una, dos, tres veces... La conferencia del martes. Debería decir algo al respecto de esos instantes mágicos que nos hacen sentir plenos y vivos y orgánicos. La vida es una larga sucesión de minutos, su contenido depende de nosotros, de nuestra voluntad. Me inclino hacia proa y filo un poco el foque y vuelvo a afirmarlo. Los minutos se hacen horas, las horas se hacen días, los días, años; así transcurre nuestra transitoria existencia. Hay quienes sólo pueden recordar lo negativo, lo angustiante, lo trágico; son resentidos, están más cerca de la muerte que de la vida. Y están los que tienen la capacidad de retener esos relámpagos milagrosos, más cerca de la vida que de la muerte. ¡Qué bella forma esa nube sobre el horizonte, blanca y redondeada, como un helado de mouse de limón!

¿Para qué pensar en la conferencia ahora? Seguramente ninguno de mis oyentes del martes me tiene en este momento en su mente. Cumplen un trámite, asisten, reciben un certificado, yo cobro. Comemos canapés, bebemos vino, conversamos temas serios. Tonterías. Todas tonterías. ¡Qué vida estúpida la mía!, puro bla bla bla bla. Es mejor este silencio, de vez en cuando interrumpido por un chillido de gaviota. No, no es silencio, las olas tienen un rumor irregular, el timón y el casco cortan la superficie y dejan una estela burbujeante cuyo sonido percibo. Me preparo para virar, haré una pierna para no alejarme tanto de la costa. Suelto la escota del foque, alejo el timón, pasa la botavara sobre mi cabeza, me cambio de banda y en cuanto oriento las velas con el viento, vuelvo a afirmar el foque y sigo. Hay otras fabulosas nubes de este lado del paisaje, veo a lo lejos los médanos piramidales, las abruptas barrancas, la extensa playa desierta.

¿Soy feliz? No, simplemente estoy feliz. Podría desaparecer el universo ahora, seguir estando feliz, y entonces, tal vez, sería feliz. Bla bla bla. Me tomaría una cerveza.

Sigo en este rumbo, filo un poco más las velas.

Una pierna, otra virada, voy mar adentro. Otra pierna, otra virada, me acerco a la costa. Pienso que tendré que mejorar la maniobra del foque, reenviarla a la bañera.

Las olas elevan una y otra vez el casco, tengo la sensación de planear, de volar. ¿Qué era lo que iba a decir en la conferencia? Hace un rato tenía algo en mente, se me había ocurrido una idea pero ahora no consigo articularla. Ya ha pasado la hora del mediodía, seguramente va a cambiar el viento, aparecerá el térmico. Si hubiera salido con Marta en el otro barco estaría tomándome una cerveza. Pero no, estoy solo. Marta no quiso venir. El fin de semana pasado me quedé en la casa, para intentar compartir algún buen instante, ¡eso era, los instantes! Los instantes mágicos, vitales. Pero ella sólo quiso dormir y mirar televisión y comer en la cama. ¿Para qué iba a repetir la misma escena este fin de semana? Ella podría haberme acompañado, una vez cada uno ceder al otro. ¿Qué estaríamos haciendo ahora si ella hubiera venido? ¿Estaríamos en silencio? ¿O conversando? ¿O haciendo el amor? ¡Qué iluso! ¿Cuándo fue la última vez que hicimos el amor? En realidad esa vez no hicimos el amor, lo reconozco: ella se dejó, ella me dejó hacérselo. ¡Qué asco de matrimonio!

Está deliciosamente helada el agua. Miro las velas, están portando bien, combadas como alas de gaviotas, el barco escora, me encanta estar así, enganchado en los pies, el cuerpo afuera, mojándome. Tal vez debería virar. Hay algunas ráfagas ahora, cierto, el pronóstico decía eso, Además, a la tarde siempre cambia el viento por acá, y aumenta. Marta se ha de haber dormido en el sillón. ¿Y si sigo? ¿Y si no vuelvo al club? ¿Y si me alejo y me alejo mar adentro? O podría arribar en una playa cualquiera, donde no haya nadie. La costa del Atlántico es increíblemente extensa. Si no aparezco el lunes, ¿se preocuparía Marta? ¡Mi primo! Les dije a los del club que saldría con él, pensarían que se perdió conmigo. Marta estaría satisfecha, diría que tenía razón, que yo ya estaba viejo para navegar. ¿Avisarían para que suspendan la conferencia? No está mi secretaria, no podría llamarlos. Y las citas de la semana... irían a la casa. Los amigos que se fueron a correr la regata tampoco lo sabrían hasta que regresen. Tengo sed. La vida es una sucesión de instantes y uno decide qué contenido le pone a cada uno de ellos. Elijo olvidar, no recordar, no imaginar mañanas en tierra. Esa no es vida. ¡Ésto es vida! Una ola grande eleva el velero y lo deja caer. Gaviota planea y salta, se sacude y chirrían los herrajes, se tensan los obenques. Siento cada uno de mis músculos. Las velas son alas, ¿podrá volar el Gaviota?

Durante horas -¿dos, cinco, cien?- navegué y mi cuerpo y el velero se fundieron en uno y el mar y el cielo se moldearon en uno con nosotros. Los pensamientos se disolvieron espuma, mis movimientos acompañaban las rachas, la curvatura de las olas. Olvidé. Me diluí. Me osmoticé.

No hubo nada más que adrizamientos y escotas en la mano y la caña del timón prolongando mi brazo. Sólo calculaba la posición de las velas, el ángulo del rumbo, el momento preciso para virar.

Cuando arribé al muelle del club, no había nadie ya allí. En el bar las luces indicaban que algunos trasnochados estarían bebiendo cervezas y contando chistes y hablando de los que no estaban. Seguramente también hablarían de mí, harían comentarios que jamás se atreverían a hacerme en la cara... No me importó. Esta vez nada me importó. Estaba exhausto pero tremendamente vivo.

Mientras bajaba las velas del Gaviota surgió la frase, simple, concreta y contundente: “Me voy a divorciar y el “Marta” volverá a llamarse “Mar”.


http://www.novacolombia.info/nota.asp?n=2008_4_13&id=44045&id_tiponota=6
Foto:
Por Nanim, Océano Atlántico, 2007

1 comentario:

LaMaGa dijo...

Me ha gustado mucho, como siempre.
un besin para ti desde el calor y la calima de Tenerife.