domingo, 6 de abril de 2008

El Pacto

Mi nombre es Héctor, aunque siempre me dijeron Tito, por esas cosas que tienen los adultos de usar diminutivos con las personas cuando son pequeñas de edad. Nunca quise asumir que se trataba, además, de una referencia a mi baja estatura, mal heredada de mis padres. Mi madre era una mujer alta y delgada, de renegridos cabellos y manos huesudas, que lavaban sin cesar ropa de otros. Y mi padre... era una especie de gigante, robusto hombre de puerto, estibador, siempre con un cigarro armado humeando y que apenas me dirigía la palabra. Salvo, por supuesto, para retarme a pedido de mi madre.

Reconozco que siempre fui un chico travieso, pero jamás malintencionado. Me atraían los lugares adonde me decían que no debía ir y aquellas actividades que se me prohibían se convertían, automáticamente, en las que necesariamente tenía que realizar.

Justamente una conjunción de esas dos características estaba en ir a remar por las islas, en el río, los domingos a la hora de la siesta.

No hablé de Príamo. Un nombre de lo más extraño, pero el abuelo dijo que de grande íbamos a entender, que la elección de nuestros nombres tenía que ver con la historia y los griegos, nuestros antepasados allá en Europa. Era mi hermanito, al que no le decían Priamito, ni Mito, ni nada parecido, sino “Príamo” a secas. A pesar de que era menor que yo de edad compensaba eso con una altura que me superaba en más de una cabeza y un grosor semejante al de nuestro padre; tenía además actitudes opuestas a las mías ante las prohibiciones de ellos. Él era un muchachito obediente, no por ser sumiso, sino simplemente porque consideraba apropiados esos límites y no los cuestionaba. Pero me seguía a todas partes.

Así es que si bien a mí me imponían la tarea de cuidar de mi hermano, por una cuestión generacional, de hecho Príamo no sólo cuidaba de sí mismo sino que terminaba protegiéndome y cubriéndome cada vez que cometía alguna travesura. Solía justificar nuestras andanzas diciendo -mintiendo, por supuesto- qué la idea había sido suya, o que él me lo había pedido. Y a él todo le era perdonado.

Pero yo era consciente de que él era mi responsabilidad lejos de casa. Si algo malo a él le sucediera, no me serviría de nada que me perdonaran, porque yo no me lo perdonaría. Lo amaba por esa bondad sin segundas intenciones, por esa complicidad filial, por ser mi compañero y mi equilibrio. Nadie nunca se atrevió a hacerle una broma ni por su nombre, ni por su torpeza infantil, encerrada en ese corpachón, sabían que yo saltaría como una fiera a defenderlo.

Habíamos hecho un pacto de sangre, como los de los indios de las películas, y prometido dar la vida uno por el otro. Nos pinchamos un dedo con una espina y dijimos “juro” y luego nos reímos de nuestros rostros solemnes. Juegos de chicos...

Esa tarde hacía muchísimo calor, de esos calores quietos y adormecedores, que hacen reverberar a la distancia el polvo del aire, creando inexistentes lagos. Mamá se fue a dormir la siesta, y como era domingo y no había ningún barco en el puerto, también papá se fue a dormir con ella. Nuestro cuarto quedaba pegado al de ellos, normalmente mamá durante la semana nos mandaba a dormir también, pero como ya dije era domingo, papá estaba en casa, por lo que nos dijeron que nos vayamos a jugar lejos, que no hagamos ruido y que nos portáramos bien. Era una orden incuestionable, cuyo contenido oculto apenas podíamos interpretar, y que nos alegraba el día en cada oportunidad que era mencionada.

Por supuesto, le dije a Príamo que fuéramos en el bote a las islas a buscar fruta. Ninguno mencionó la palabra “robar” –hurtar no formaba parte de nuestro léxico- pero de hecho, la fruta de las islas tenía dueños. Nosotros lo sabíamos, pero no creíamos que ir a tomar algunas manzanas o peras fuera un delito. Sólo nos asustaban los perros que a veces estaban sueltos, pero para ellos llevábamos algunos trocitos de carne y huesos que quedaron del asado del mediodía. Si al acercarnos a la orilla nos aceptaban un bocado, ¡listo!

Era lo lindo de los domingos de verano: papá en casa, el asado, tomaban vino y de pronto no querían que nos fuéramos a dormir la siesta y nos mandaban a jugar lejos.

Sin hacer ruido desamarramos el bote y nos fuimos bastante lejos remando; la marea ayudaba para ir río arriba. Vivíamos cerca de la desembocadura del Río Negro; cuando la marea subía, durante seis horas, el agua del río iba en sentido contrario, hasta que se quedaba quieta –salvo en los canales, ahí siempre bajaba hacia el mar- y luego, lentamente, volvía a ser un río caudaloso e intenso. Además eso hacía que su volumen cambiara, cuando la marea empujaba el agua dulce hacia arriba, el río seguía queriendo arrojar sus aguas hacia la playa, y entonces como consecuencia de esa batalla aumentaba el volumen, el río crecía, se desbordaba, los angostos canales entre las islas se volvían anchos en incluso se inundaban los campos. Luego, cuando el mar allá lejos se retiraba, el río, ganador por unas horas, se relajaba y ganaba en velocidad y potencia, aunque perdía en dimensiones, volviendo a estrecharse, a secarse el agua que había desbordado sus orillas.

Admiraba ese diario combate, me imaginaba dioses en eterna pelea, tal vez dioses como esos de los que el abuelo hablaba que había en Grecia y que eran diferentes a los que en la escuela decían que había acá, que había uno solo pero triple o algo así, nunca entendí muy bien eso, ni la cuestión de los Santos que se supone que no son dioses pero los trataban como tales, haciéndoles ofrendas y pidiéndoles favores. Cosas de adultos, claro, que esperaba también entender cuando fuera grande.

Nos metimos en un canal ancho, protegidos del sol por la sombra de los sauces que mojaban sus ramas en el agua. Conocíamos esa isla, atravesando un bosquecito de aguaribay llegábamos a un monte de duraznos de esos priscos, que se abren haciendo girar las dos mitades, dulces y maduros para esos días. Atamos el bote a unas ramas y, embarrándonos en la orilla blanda, nos adentramos en la isla. Un perro se acercó ladrando, nos quedamos quietos y le hicimos oler la carne asada y se calló. Le arrojamos unos restos, por lo que nos permitió seguir, moviendo la cola. No era la primera vez que nos veía, no sabíamos como se llamaba pero le decíamos Negro porque su color era negro –nuestra filosofía de los nombres era más simple que la del abuelo- y era de los que ladran pero no muerden.

Estábamos recogiendo en una bolsa los mejores duraznos, cuando escuchamos un disparo de escopeta. ¡El dueño estaba en casa! Corrimos como locos, dejando caer los duraznos por el camino, enterrando las patas en el barro. Perdí una zapatilla pero no me volví a buscarla. Delante de mí, dando zancadas, se apresuraba Príamo y llegó primero al bote y lo desató. Yo subí de un salto, y remamos sin prestar atención hacia dónde, sólo queríamos huir de ahí. La adrenalina me hacía latir el corazón como si fuera un tambor de la banda del colegio. Se escuchó otro disparo y yo temí que nos apuntara a nosotros en vez de al aire. Si nos había reconocido, le contaría a papá. Y si no, capaz que el viejo loco ese nos tiraba a matar... Ninguna de las dos alternativas me gustaba nada. Esta vez Príamo no podría justificarnos, y ambos seríamos castigados, si sobrevivíamos...

Tan fuerte y desesperados remamos, que nos introdujimos por sitios que no habíamos andado antes. Imprevistamente, el bote se dio vuelta y ambos nos caímos. Me hundí, me hundí, y sólo podía pensar en que yo sabía nadar pero Príamo no. Rogaba que se hubiera agarrado del bote. Cuando finalmente logré salir a la superficie, medio enredado entre las raíces y la hojarasca, vi el casco del bote pero ni rastros de Príamo.

Grité su nombre, me zambullí cien veces donde nos habíamos caído, revisé cada raíz, busqué huellas en los barriales. Seguí llamándolo hasta quedarme afónico. Dí vuelta el bote que había quedado flotando invertido y me dejé llevar por la corriente, suplicando me transportara donde había arrastrado a mi hermanito. Mis ojos, desesperados, trataban de distinguir entre las sombras que eran cada vez mayores, el color rojo de su remera. No lo encontré, me dije que había buscada mal, que seguramente estaba cerca de donde habíamos caído al agua, tal vez se hubiera golpeado en la cabeza, podía estar herido, enganchado en una rama. Remé corriente arriba, pero todos los canales eran iguales, todas las islas eran idénticas en la penumbra del atardecer. No pude hallar el lugar, no pude hallar a mi hermanito... lloraba, lloraba y decía su nombre en silencio, porque no salía ya voz de mi boca. ¿Cómo regresar a casa sin él? ¿Cómo decirles a mis padres? ¿Cómo volver a mirarme al espejo sin sentir la culpa infinita de haberlo hecho ir a escondidas a las islas? ¿Por qué no me había ahogado yo en vez de él? ¿Por qué? Dios, dioses... ¿por qué?

La noche borró todos los contornos, una noche oscura como debía ser el infierno de los que se portan mal, de los que desobedecen a mamá y papá, de los que dejan morir a sus hermanos, de los que no cumplen los pactos de sangre. Las sombras y el cansancio cerraron mis ojos. Tenía mucho frío, me dormí hecho un ovillo dentro del bote -que había quedado atascado entre los troncos de un aguaribay y un sauce llorón- deseando que todo fuera una pesadilla, que Príamo estuviera vivo, si no, yo no quería despertar...

En la mañana, un rayo de sol atravesando las copas tupidas iluminó el rostro embarrado de Príamo, que dormía enroscado en el fondo de la embarcación. La corriente comenzó a llevarlo río abajo. Estaba solo.

Nunca encontraron a Héctor.

http://www.novacolombia.info/nota.asp?n=2008_4_6&id=43908&id_tiponota=6

Foto: por Nanim, Río Negro, desde la orilla de Carmen de Patagones

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