martes, 25 de marzo de 2008

La punta del ovillo


Celeste teje.

Teje desde que sus manos eran niñas que jugaban con muñecas, fabricaban al crochet con restos de lanas y de hilos de bordar bufandas diminutas, asimétricos vestidos y sacos de un solo botón. Luego su abuela le enseñó a tejer con dos agujas; entonces su manos0 -ya más diestras- destilaban prendas semejantes a las de ella misma. Cuando la abuela le hacía un saquito para ella, hacía ella unos idénticos para sus muñecas. Por lo tanto, su mamá y su abuela comenzaron a comprar siempre ovillos de más, porque sabían que Celeste tejería para todas las muñecas una prenda análoga.

Tanto la capacidad extraordinaria de Celeste para imitar a la perfección y a escala como ese hábito casi obsesivo por vestir a sus juguetes, cada día, con los mismos tejidos que ella elegía para sí misma, era el comentario de todos. Cuando alguien entraba con la pequeña a su cuarto se impresionaba ya si ella portaba una camperita amarilla, por ejemplo, todas sus muñecas, desde la más grande -articulada, que estaba de pie en una esquina- a la más insignificante de trapo -en el último estante- tenían puesta una camperita amarilla idéntica.

Celeste teje, teje de día, de tarde, de noche.

Teje en cadena, casi una fábrica.

Celeste crece y entonces compra madejas y ovillos y hace prendas para sí misma y para su hijo y para los amigos de su hijo. Él no es una muñeca ni es una mujer, por lo que los suéteres rosados no quiere usarlos, y menos aún –por supuesto- sus amigos. Entonces se inclina por los negros y azules y verdes y marrones. Pero tampoco su hijo y los amigos de su hijo desean estar todos vestidos iguales el mismo día a la misma hora porque existe el riesgo de coincidir en el mismo lugar. Además las telas nuevas, sintéticas, industriales, con marcas y etiquetas a la vista, son las favoritas de los chicos y cuando los chicos se hacen muchachos, más aún. Prefieren las ropas de polar, nylon o lycra, de sellos destacados y -en lo posible- las más caras.

Celeste teje, igual. Aunque ya no pueda hacer prendas seriadas en todos los tamaños ni verlas puestas a la vez en innumerables individuos. Repite moldes de revistas, siguiendo indicaciones de diseños, puntualmente punto por punto, fila por fila, costura por costura.

Celeste es metódica, centrada, previsible, mecánica, puntillosa y perfeccionista. Es capaz de deshacer el trabajo de toda una tarde si el resultado no coincide con la foto o el dibujo. Esa es su meta.

Celeste es también una mujer radiante, habilidosa, alegre. Su mundo es un paraíso donde todo tiene su nombre y su lugar, su estante y su tamaño, su color y su forma. Teje horas y teje lanas, los minutos pueden contabilizarse con puntos y las estaciones con creaciones adecuadas: remeras de hilo primaverales, camperas de invierno abrigadas, capelinas y bikinis para los veranos, chalecos otoñales. Siempre perfectas como sus uñas delicadamente torneadas, permanentemente suaves cual sus rubios bucles deslizándose sobre sus hombros.

Celeste estudia tejiendo, hilvana textos, pone pespuntes mientras piensa su tesis. Teje viajando, kilómetros de lanas paralelos a kilómetros de rutas alivianan distancias. Los tejidos la sostienen, la confortan, la alimentan, le pagan la luz, el agua y el gas y el techo de su casa.

Pasan los años para Celeste, sin embargo ella sigue siendo interiormente idéntica a sí misma, a esa pequeña de manos niñas trenzando crochet con su abuela en la galería de la casa de campo. Ingenua, soñadora, el extremo del arcoiris.

Hasta que llegó Marcos.

ghghgh

Arriba, abajo, adentro, arriba, abajo, adentro, rojo, vuelta, azul, abajo, arriba, amarillo, no, ¡otra vez me equivoqué!, uno, dos, tres, verde, uno, dos, tres, verde, no, me equivoqué de nuevo, ¿en qué estoy pensando?, Marcos, ¡ay, Dios mío! Marcos, ¿de dónde saliste...? No puedo hacer otra cosa que pensar en vos y no me puedo concentrar, es una vergüenza. Empecemos de nuevo, a ver, verde, arriba, uno, dos, tres, azul, abajo, uno dos, tres, ¡mirá Celeste esas lanas como quedan todas desparejas!, ni se parecen al diseño. Cortemos acá, hagamos un nudo, a ver qué pasa. Flecos colgando quedan, ¡qué horror!. No me va a salir igual ni aunque quiera. Marcos es tan lindo... con esos ojos negros que me miran fijo me hace poner colorada, pero yo no quiero que se dé cuenta, ¿se dará cuenta? No puedo evitar que mi corazón se acelere, que mis manos transpiren, él me mira tejiendo y yo sé que me está mirando y yo quisiera que tome mis manos entre las suyas y me obligue a levantar los ojos y me diga “sos hermosa, Celeste, te quiero”. ¡Otra vez me equivoqué! Bueno, lo dejo, otro fleco colgando y otro nudo, esto parece cualquier cosa menos lo de la foto. No sé que me pasa con Marcos, porque no es que sea lindo, no es lindo, no es que me atraiga físicamente, o sí, bueno, no sé. O sea, no me imagino desnuda con él desnudo, para nada. Su piel es tan suave, tersa, tostada, es tan musculoso. Y yo ya no... está bien, me mantengo bastante bien, pero la edad... eso se nota. Siete, ocho, nueve, arriba, doce, trece, catorce, abajo, verde, azul, ¡ay, Dios!, ¿qué me está pasando?. Esto no me puede estar sucediendo, podría ser la madre, bueno, tanto como la madre no, pero igual. Lo admiro, eso me pasa. No es que me guste, lo admiro. Su personalidad avasallante, sus gestos seguros, esa manera de pararse erguido con orgullo, me impacta, me conmueve. ¡Y cómo habla! Ni una palabra de más, ni una de menos. Sabe, ¡sí que sabe de negocios ese chico!, no sólo porque estudia, sino porque tiene el don. Yo lo escucho cuando le explica a Matías y me asombro, dice cosas que jamás se me habían ocurrido, eso del comercio internacional y los nichos y el merchandising y las pymes. Números, datos, estadísticas. Uno, dos, tres, amarillo, cuatro, veinte, dieciocho, azul, me equivoqué pero queda bonito, es raro, un nudo, un fleco, un bucle. Ni se parece a nada que haya visto antes, pero está precioso. ¡Qué artístico! Ni que fuera un cuadro en vez de un suéter. No me va a salir otro igual. ¿Qué verá en mí Marcos? Una vieja, eso ha de ver. La madre de su amigo, obvio. ¡Mirá las preguntas tontas que te hacés, Celeste! Un chico tan atractivo ha de estar lleno de admiradoras, ¡qué se va a fijar en vos! ¿Para qué se fijaría en vos, eh? Hay tantas chicas disponibles, yo los escucho hablar, no soy idiota. Hablan de minas y de sexo y de transas y nada... Pero, ¡cómo me gustaría que me viera como mujer! No como mujer sin ropa y en la cama, no, aunque sí, también, pero más quisiera que me viera como mujer amable, amable de ser amada, digo. Uno, dos, un nudo, un fleco, veinticinco, cuarenta, un bucle, once, cien, mil besos le daría. Uno diferente al otro, nunca dos besos iguales. Me siento tan viva, nunca me había sentido con tantas ganas de vivir, parece que mis dedos brotan, que mi alma florece, que me corre la sangre y el oxígeno me estimula las neuronas. Ja, ¡este Marcos me ha regenerado o degenerado, no sé! ¡Mirá mis bucles, los tejí sin querer! Marcos, me estás volviendo loca... Un suéter con mis bucles, ¡qué gracioso! Ahí viene... ¿qué va a decir cuando vea lo que tejí? Se va a morir de risa, ¡qué vergüenza! Va a pensar que me desquicié. Si supiera que él es el que me está trastornando. ¡Qué agradable es sentirse así! Como cuando era chiquita y estaba en la galería con la abuelita tejiendo fantasías en crochet... imaginando un mundo de colores, vestido con mis ropitas...

ghghgh

Marcos admira a Celeste, esa mujer atemporal y perfecta, sentada infaliblemente en el sillón del rincón de la sala, tejiendo y tejiendo. Siempre sonriente, dueña de una voz transparente, mezcla de hada y de virgen, de fertilidad demostrada. No está de vuelta, sino de ida. Su vida es un devenir, un hacer creando, es imposible dejar de observar esos dedos blancos de uñas redondeadas, que enroscan y desenroscan las lanas y los hilos y los convierten en tejidos tersos, en vestidos de tonos matizados.

Ella teje y habla, teje y lo escucha. Lo escucha como jamás nadie lo ha escuchado, prestándole atención, con asombro y consideración. Cuando ella levanta sus ojos celestes del tejido y afirma con un gesto lo que él está diciendo, comprende que existe, es valioso, especial. Otras mujeres lo miran, claro, y lo oyen, también. Pero no es igual, son más jóvenes, o son sus pares. Pero Celeste es una mujer con mayúsculas, una mujer que sabe de la Vida. Si ella lo ve, si ella lo oye, él se reconoce a sí mismo adulto e importante. Se pregunta si ella lo verá como hombre, o simplemente como un muchacho amigo de su hijo. Ojalá ella pudiera tenerlo en cuenta como... pero no, no debería pensar eso. Aunque se siente atraído físicamente, no es fácil imaginarse a una mujer que se supone inalcanzable envolviéndolo en caricias como acaricia esas lanas... Envidia esos hilos que disfrutan así sea un instante, una fracción de instante, la manipulación de esas yemas que se intuyen mansas, delicadas, sensibles. Si Matías supiera lo que él siente por su madre, lo echaría a patadas de la casa. ¿Cómo explicarle a alguien que esa mujer es más que un cuerpo bello? Sí, es bella, bella en sus curvas pronunciadas, en las arrugas de sus ojos eternamente sonrientes, en el insinuante surco de sus senos que vislumbra en el escote, bella en su sabiduría de lecturas y de viajes y de pensamientos. Bella en su amor de madre, en su responsabilidad, en su labor.

Marcos la mira y se ruboriza. Por suerte ella justo está concentrada en su tejido, una trama que se va innovando y metamorfoseando a medida que conversan. Se percata que ya no surgen simetrías ni paralelismos, que ya no hay líneas parejas ni tonos en gamas. Algo sucede. Algo está cambiando. De entre los dedos de Celeste crecen prendas como mariposas, o arrayanes, se elevan olas tumultuosas y susurran cascadas aromáticas.

Los dibujos y las fotos quedan desparramados en el piso, inútiles. Celeste crea un universo paralelo de tejidos únicos, irrepetibles, capas mágicas y sombreros delirantes que inventan ideologías, faldas traviesas que juegan con las piernas, saquitos en capas que desvisten misterios.

Celeste habla y escucha, teje y lo mira y es mirada por Marcos, que la escucha y le habla y la mira y es mirado por Celeste y entre los dedos y las agujas de Celeste el amor entreteje redes pescadoras de ilusiones, guantes invisibles para caricias inevitables, velos desvelados de amaneceres compartidos.

ghghgh

Celeste y Marcos dejaron de preocuparse por el qué dirán y se dijeron te amo y trenzaron sus días y sus tardes y sus noches con hebras y besos y se escucharon reír y se vieron sonrojar. Celeste hizo una frazada con pétalos hilados para abrigarse en los inviernos y con filamentos de seda y cabellos de ángel, bordó sábanas sólo para ellos.

Celeste, Marcos y Matías encontraron un nicho, crearon una pyme, armaron una red de comercialización, vendieron al mundo prendas multicolores de originales diseños imposibles de reproducir: amalgamas de atlánticas olas espumosas anudadas, flecos montañosos, patagónicos bosques, autóctonas flores. Facturaron en dólares y en euros y en yenes.

Ya no hubo moldes, ni reiteraciones seriadas, ni prejuicios. Cada punto, cada instante, único e irrepetible, valioso como el agua pura, tal cual decía la abuela.


http://www.novacolombia.info/nota.asp?n=2008_3_25&id=43668&id_tiponota=6

PD: En el texto publicado hay un problema de edición, unos simbolitos cuyo único fin era separar partes del texto.

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