lunes, 3 de marzo de 2008

La deshora


Se despertó esa mañana como siempre, despejada y lista para saltar de la cama. Miró la hora en el display del celular y se sorprendió: las siete. Habitualmente cuando repetía ese gesto mecánico lo que veía eran las ocho, minuto más, minuto menos. De todos modos se alegró, porque se suponía que el camión del Easy con materiales para continuar la construcción de la ampliación de su casa llegaría a partir de las ocho. Por otra parte tenía que redactar unos datos para llevarle al médico a las diez. Así que se levantó con una sonrisa en la cara, encendió la computadora, puso el agua para el mate en el fuego y se dio una ducha rápida. Al salir del baño, el agua ya estaba empezando a hacer ruidito y la computadora estaba apagada. No había electricidad.

¡Vaya problema!, con lo poco que le gustaba escribir a mano. Se acusó de su falta de previsión porque esos datos podría haberlos tipeado e impreso cualquier día de la semana y lo dejó para último momento. Se vistió, sentó al escritorio y con paciencia, tratando de hacer la mejor caligrafía posible, redactó el documento, entre mate y mate.

Algo en el subconsciente comenzó a decirle que no sería un buen día. A pesar de no ser afecta a la rutina, esos pequeños detalles que se escapaban de control solían alterarla. Por otro de sus descuidos, por no llevar una ordenada agenda como lo hacía cuando trabajaba y estudiaba, no se había dado cuenta de que tenía cita en el médico y había acordado la entrega de la mercadería en la mañana... Algún día debería volver a organizarse y se evitaría complicaciones innecesarias. Observó de reojo la agenda que había comprado en Puerto Madryn: “Anotaciones de Bitácora 2008” de hermoso cuero azul y letras doradas, aún sin estrenar. Algún día... se repitió en silencio.

Eran casi las nueve. Despertó a su hija para que esperara al camión y salió apresuradamente. Ya en la calle, se percató de que había olvidado el documento sobre la mesa. Regresó rezongando, lo recogió y al salir a la vereda vio pasar a gran velocidad al colectivo que debía tomar. Puteó bajito. ¡Para qué servía haberse despertado tan temprano!, evidentemente, al que madruga Dios no lo ayuda, pensó.

AN – Ultimo momento. Un colectivo de la línea Indalo aproximadamente a las 9 hs. debido aparentemente a un desperfecto mecánico se descontroló llegando a la parada de las calles Godoy y Novella y se subió a la vereda. Felizmente no hubo que lamentar víctimas ya que no había nadie aguardando en la garita.

Resignada, llegó a la esquina de Godoy y Novella y aguardó pacientemente el próximo colectivo. Estaba fresco y nublado, tendría que haber llevado un abrigo. Recién pasó uno a las diez menos diez y media hora después llegó al centro, bajó velozmente y casi corrió las dos cuadras hasta el consultorio. Pidiendo disculpas a la secretaria, le dijo que tenía un turno a las diez. Llegó tarde, dijo la empleada, con cara de reproche. Ya sé, perdí el colectivo, explicó con vergüenza, ya que no hay justificación más estúpida que esa. Bueno, contestó la secretaria, va a tener que esperar porque ya hay otros pacientes que llegaron a horario. La atenderá al final.

Hoy no es mi día, realmente, se repitió. Lo único que falta es que el camión llegue justo cuando no estoy y haya algún problema que mi hija no pueda resolver.

Radio AM – Ultimo momento. A las diez de hoy un carterista empujó a una peatón en la vereda de la calle Buenos Aires y Alberdi, arrojándola al suelo, y le quitó el bolso. La víctima realizó la denuncia de inmediato en la Comisaría 1º y según manifestó se dirigía al estudio de su abogado y en su bolso llevaba una carpeta con documental que carece de todo valor para quien la haya tomado pero para ella es irreemplazable. Solicita a quien la haya encontrado lo haga saber a esta emisora y será recompensado con una suma de dinero importante. Muchas gracias.

Hojeó las revistas pero ya las conocía, eran las mismas que estaban las tres veces anteriores que había estado en la sala de espera. Deberían renovarlas más seguido. En realidad como su médico era bastante puntual, si hubiera llegado a horario no habría tenido que esperar. Le avisó a su hija la demora y ella le recordó que tenía que ir a reinscribirla a ella y a su hermana en el colegio. Está bien, iré después que me atienda el doctor, ya que estoy por acá. Eran unas cuántas cuadras hasta la escuela, pero con el tiempo ya perdido carecía de toda importancia permanecer en el centro media hora más.

Recién al mediodía pasó al consultorio. Volvió a pedir disculpas no sólo por hacerlo quedar fuera de la jornada de atención y también por los datos escritos a mano. El médico, cuya letra era más incomprensible que la suya, completó el informe. Mientras conversaban se escuchó un trueno y la lluvia comenzó a caer estrepitosamente. Peor no puede ser, rumió ella. Ahora llueve, yo sin abrigo y teniendo que caminar diez cuadras bajo la lluvia y con sandalias. ¿Por qué no me habré puesto zapatillas? ¿Por qué no habré llegado a las diez como correspondía? Ya habría ido a la escuela y ya estaría en casa. ¿Y el camión? Con esta lluvia, se me van a mojar los materiales si los dejan ahora afuera... Definitivamente, hoy sale todo al revés, protestó calladamente.

El hombre estaba sentado en un banco del parque, parecía cualquiera pero no era cualquiera. Evadido de la cárcel, disfrutaba de la mañana fresca y nublada que olía a humedad, una humedad diferente a la de la celda. Ningún gesto delataba sus pensamientos. Su rostro relajado no mostraba sentimientos ni sensaciones. Sin embargo, él estaba atento a las mujeres que pasaban, las que se mezclaban en su memoria con aquellas a las que había atacado en reiteradas oportunidades. Le gustaban rubias, con melenas largas, faldas y tacos. Sobre todo las que vestían de blanco, haciéndose las santitas. Esas mujercitas que eran putas reprimidas, que parecían necesitadas de un buen macho que les diera una lección. Acarició golosamente en su bolsillo la navaja. Mentalizó el recorrido hasta el baldío. La adrenalina lo hacía feliz. Pocos se atrevían a violar a una mujer a plena luz del día, pero él era de los mejores en eso. Quería sumar una más a la lista, ya. Su entrepierna lo reclamaba. Pero no pasó ninguna de su agrado. Le dio hambre. Se levantó y se dirigió a un puesto de panchos. Quizás más tarde, o mañana. Habría que ser paciente y esperar la víctima correcta. Observó el cielo encapotado, parecía a punto de descargarse un chaparrón.

Llovía a cántaros. Miró la hora, ya era la una. Desistió de hacer el trámite de reinscribir a sus hijas puesto que eso podía hacerlo hasta el viernes. Sentía mucho frío porque estaba empapada y sus pies resbalaban dentro de las sandalias, por supuesto había pisado una baldosa floja. Para su tranquilidad pasó enseguida un 9 y además había asiento libre. En el trayecto la lluvia se detuvo tan abruptamente como había empezado, las nubes se diluyeron en el azul y salió un sol enorme. La humedad se elevó, caliente y pegajosa. Se lamentó, porque si hubiera esperado un poco hubiera ido a la escuela y se habría evitado tener que volver a salir mañana o pasado... Todo mal, todo mal, se repetía a sí misma. Pasó a comprar unas empanadas por la rotisería. Llegó a su casa y al menos una buena noticia: el camión aún no había traído los materiales.

Almorzó con su hija y, como no había noticias del transporte, decidió dormir un rato, pero tuvo que descartar la siesta porque simultáneamente llamaron por teléfono avisando que arribarían en un rato. Aprovechó que ya había electricidad y preció la computadora y leyó los correos. Entre ellos, había un mail de su amigo Nacho, compañero de canotaje “Mirá que bellas fotos”. Lo abrió, era una de esas cadenas que detestaba pero lo leyó hasta el final y, por supuesto, no se lo reenvió a nadie. Enseguida llegó el camión, que resultó ser una grúa que depositó los materiales en el frente del domicilio. Y ¿cómo los entro?, preguntó. ¿No tiene gente trabajando, no hay algún hombre en la casa?, respondió el chofer. No. No hay albañiles ni hombres. El tipo se encogió de hombros y se retiró a seguir haciendo sus entregas. Miró las pilas de materiales, y le dijo a su hija: Vamos, hay que hacer las cosas igual aunque no haya hombres en esta casa. Con su ayuda acarreó las bolsas de revoque fino al hombro, cajas de pisos flotantes, latas de impregnantes. Cubierta de polvo y de sudor, se consoló diciéndose que las horas de remo le habían dado resistencia para semejante tarea.

Ella pensaba que remar le daba resistencia para levantar esos pesos, pero también era lo inverso. Cada vez que debía hacer una de esas tareas cuando faltaban los albañiles, sumaba potencial a su organismo que le facilitaba estar un par de horas en el agua remando sin cansarse. La semana anterior, por ejemplo, tuvo que acomodar 500 ladrillos y gracias a eso pudo remar río arriba sin inconvenientes. Esa tarde, disfrutaría de otra jornada remando sin la más leve molestia, habiendo entrenado los músculos previamente levantando bolsas de cemento y cajas y latas.

Después de darse un buen baño, se acostó a descansar. Recordó con claridad el correo de Nacho. Ciertamente tenía bellísimas imágenes, música de Enya y un texto decía más o menos así:

Esta mañana cuando Dios abrió una ventana del cielo

me miró y preguntó:

“Hijo, ¿cuál es tu mejor deseo para hoy?”

Yo le respondí:

“Señor, por favor, cuida de la persona que está leyendo este mensaje y de su familia porque ellos se lo merecen y yo los quiero mucho”

¿Será cierto?

Hoy es martes 26 de febrero de 2008 y son las 7.40 am

pero esto pasará a las 7.40 pm.

Vamos a ver si es cierto.

Los ángeles existen pero algunos como no poseen alas los llamamos amiga/os como vos.

Pasalo a tus amigos de verdad, algo bueno te sucederá

a las 7.40 de la noche,

eso que estabas esperando escuchar, alguien te llamará por teléfono o hablará contigo de algo que estabas esperando escuchar.

No rompas esta cadena, mandala a siete amigos.

Que tengas un buen día.

Pensó que había roto la famosa cadena. Nunca hacía reenvíos de ese tipo, le resultaba molesto e inútil y por supuesto, no creía en ellas. Pero con tanto desencuentro horario, parecía que el buen día que le había deseado no había sido tal por no haber cumplido el mandato. ¡Benditas cadenas...! ya le diría a Nacho que no le mande más esas cosas. Además tenía clase de remo a las dieciocho, así que lo más probable esa que a las diecinueve cuarenta estuviera en el agua remando, por lo que si la llamaban por teléfono no podría atender. Y si alguien le hablaba sería de kayak a kayak, apenas un saludo y una sonrisa. Deduciendo eso se durmió y cuando sonó el despertador del celular aún tenía sueño, por haber madrugado. Ya son las cuatro y media, suspiró. Me quedo un ratito más... Sobresaltada, miró nuevamente la hora y ya eran las cinco y diez y a las y media pasaba el colectivo que la llevaba al río. Se apresuró a vestirse y preparar el bolsito y salió dando zancadas a la calle. Miró la hora, el celular indicaba y veinticinco. ¡Bien! Una mujer en la parada le preguntó cual colectivo esperaba. El 14, contestó. Recién pasó, dijo ella. ¡Mierda! Puteó bajito. ¿Cómo va a pasar adelantado, si siempre pasa atrasado?

Definitivamente, es un día bajo la Ley de Murphy. Fue a la siguiente esquina y esperó el 9, que la menos pasaba cada veinte minutos y no cada cincuenta como el 14. Eso sí, tendría que bajarse en el Parque Central y caminar unas quince cuadras, llegaría tarde también a la clase...

A las 17.35 hs. el Indalo línea 14 pasó, casi puntualmente, por la parada de la calle Novella. No había nadie esperándolo, así que ni siquiera se detuvo. El sol partía la tierra, que aún evaporaba los vahos de la lluvia del mediodía. Más adelante subieron más pasajeros con sus bolsos y sus sillitas, sus termos y sus mates. A las 18.10 hs. se detuvo en la parada de la Avenida Olascoaga a la altura del Club El Biguá, para subir a unos chicos. Nadie se bajó. Una bicicleta pasó a gran velocidad por la vereda, imprudentemente. Si alguien hubiera estado descendiendo justo en ese instante con toda seguridad habría sido atropellado.

Mandó un mensajito a Nacho advirtiéndole que llegaría demorada. Madrugar no había sido una buen inicio, recordaba ahora ese instante fugaz en el que se puso contenta en la mañana y parecía muy lejano. Cuando llegó al Club ya eran las seis y media y los de su turno ya habían salido a remar, para colmo el profesor había dejado dicho que lo esperara. Les comentó a los presentes lo del “día Murphy” y lo del mail de Nacho. Bueno, ya son las diecinueve cuarenta y estás acá, ¿por qué no vamos a remar? dijo David. Saquemos unos kayaks y demos unas vueltas acá nomás, no nos alejemos, esperamos al profesor remando. Y así hicieron. Probó en un 450 amarillo y le resultó cómodo. Le parecía que sus compañeros estaban errados, que aún faltaba una hora para las diecinueve cuarenta así que tendría que estar atenta a ver quién le hablaba en medio del río. Con tanta suerte, quizás fuera para gritarle ¡cuidado que te choco!

Agencia de Noticias on line– Según las denuncias recibidas en este medio por los vecinos, en la tarde de hoy se produjo el derrame de residuos tóxicos en el Río Limay, en la zona superior a los balnearios habilitados. Si bien se tomaron con extrema rapidez las medidas tendientes a solucionar el inconveniente, facilitado ello por la flotabilidad de los residuos, no pudo evitarse que parte de ellos alcanzaran a ocasionales bañistas y palistas, provocándoles escozor en la piel, picazón en las vías respiratorias y ardor en los ojos. Fueron atendidos de inmediato y derivados al hospital. La zona afectada fue restringida. Aún se aguardan explicaciones acerca del origen del derrame y el correspondiente deslinde de responsabilidades. Las autoridades manifestaron que están investigando. Pero hay un gran hermetismo.

Aunque no se alejó mucho del club, fue una buena idea salir en el single y entrenar en aprender a guardar el equilibrio, tratando de mejorar la palada y el movimiento coordinado de hombros, manos, cadera y piernas. Cuando regresó el profesor, salió en un doble con él e imitar su ejemplo resultó muy productivo. Fue de las últimas en irse. Hasta Nacho, el que le había mandado la cadena que no continuó, se había retirado. Era una hermosa noche, perfecta para caminar. Reiteró el recorrido hecho en la tarde, pero esta vez más lentamente, ya no la movilizaba el apuro. La acompañó David hasta la parada del 9, en bicicleta. Nunca les faltaba tema de conversación. Tomó el colectivo enseguida. Se perdió en sus pensamientos acerca de ese martes tan extraño, no me ocurrió nada malo, se dijo, pero tampoco nada sucedió como debería haber sucedido. Salvo salir a remar, por supuesto, eso siempre me satisface y me hace sentir plena. No fue tan malo, le había aseverado David, con cara de “de qué te quejas”. Tiene razón, se reprochó a sí misma, eran tonterías que fueron todas superables y sin consecuencias. Ya en su hogar, comió un poco, revisó el correo, conversó unos minutos por chat. Su hija decidió irse de viaje al mediodía, así que acordaron levantarse temprano para preparar el bolso e ir directamente a la Terminal a sacar el pasaje y partir. Se acostó temprano, ni siquiera era medianoche. Estaba muy cansada, pero feliz.

Cuando se despertó, comprobó que nuevamente eran las siete ¡Qué extraño! Parece que mi reloj biológico ha cambiado de horario. Ojalá que no sea un día tan atravesado como el de ayer, caviló. Encendió la computadora y mientras se calentaba el agua para el mate, se dio una ducha. Apenas abrió el messenger, la saludó un viejo amigo con el que hacía más de tres años que no conversaba. Estaba muy mal, extremadamente deprimido, quejándose de su vida. Y justo ella había aparecido en línea. Miró el display del celular, eran las siete cuarenta. Algo le hizo clic en la mente, pensó que siete cuarenta o diecinueve cuarenta... no eran horas tan distintas, que ayer u hoy daba casi lo mismo, que tal vez lo bueno que estaba por sucederle no era para sí misma, sino tener la oportunidad de ayudar a alguien que lo necesitaba. Que la cadena de la amistad no pasaba por reenviar correos sino por estar uno para el otro, cuando es preciso, el día adecuado, en el momento justo. Hablaron un largo rato, de la vida vivida y la vida a vivir, el amor, los sueños que jamás deben dejar de existir y motivarnos, las actitudes positivas y constructivas, las elecciones, las culpas, el aprender a decir que sí a uno mismo y a sus derechos y a decir que no a lo que nos daña y nos hace infelices.

Cumpliendo la rutina que lo agobiaba, Bernardo abrió su negocio como era habitual, a las ocho de la mañana. Aburrido, cansado, no había querido ni mirarse al espejo antes de salir. Apenas se lavó la cara y se puso una ropa sin prestar atención a los colores. ¿A quién le importa? Sabe que está excedido de peso, sabe que los números no dan, sabe que en la familia nadie colabora. Se siente usado, abusado. Nadie se preocupa por él. ¿Cómo pudo equivocarse tanto en la vida? La vivió bien vivida pero ahora no es nadie, no tiene presente, no tiene futuro. Tal vez es momento de tomar una decisión, de no estar más por estar, no regresará más a la casa, buscará el arma en la gaveta del mostrador y la apoyará en su sien. O la meterá en su boca. Enciende la computadora, hace mucho que no abre el messenger. Sin conciencia de lo que hace, lo conecta. Y la ve en línea a su vieja amiga de hace ¿cuánto? ¿tres años? Cuando la conoció, ella tenía tantos problemas de salud, de trabajo, de amor. ¿Qué habrá sido de su vida? Le hablo, no le hablo, le hablo. Le hablo...

Se hacía tarde, así que encomendándole a su amigo una serie de tareas concretas a realizar durante la semana, con rendición de cuentas, despertó a su hija para que se levantara a bañarse y preparar su bolso. Mejor llegar temprano, le explicó. Vayamos antes así miramos algunas vidrieras, compramos algo en el kiosko para que te lleves, paso por el cajero. Mientras armaban la valija se tomó otra pava de mate y le sirvió una leche con chocolate a su hija. Era una bonita mañana, se sentía espléndida y llena de energía.

Apenas estuvieron listas se fueron a tomar el colectivo a la esquina, el 9. Eran ya las diez y a los pocos minutos abordaron el ómnibus. Al llegar a la terminal, se dirigieron al fondo del pasillo a sacar el pasaje en el Plaza. Miró la hora en el gran reloj detrás de la empleada de la agencia, decía 11.35 hs. Por un instante, le llamó la atención qué rápido había pasado el tiempo. Sólo un instante, con prisa fueron a comprar agua, barritas de cereal, una revista, caramelos. Y de inmediato el altavoz comunicó “Plaza anuncia la salida de su servicio de las doce horas con destino Viedma por puerta E”. La despidió en el preembarque con un beso, y un abrazo, y otro beso, y otro abrazo. Esperó hasta el vehículo se fuera agitando la mano, aunque seguramente su hija no podría verla.

Recordó que a la una de la tarde debía hacer un llamado telefónico previo constatar información en el correo. Así que dejó para después pasar por el cajero del banco y con rapidez caminó hasta la parada del colectivo.

Al llegar a la garita en la calle San Martín, miró la hora en el celular y debió observarla de nuevo y volver a mirarla otra vez. Bien clarito decía “11.30 hs.” ¿Habré puesto a mi hija a bordo de un colectivo errado? Imposible, el reloj en la agencia decía once treinta cuando saqué el pasaje y el anuncio del altavoz pronunció bien claro “Servicio de las doce horas con destino Viedma” Mientras viajaba en el colectivo de regreso a su casa, de a poco, fue comprendiendo todo lo sucedido desde la mañana anterior. Apenas llegó llamó al 113 y constató el error, inexplicable, por el cual su celular desde el día anterior marcaba una hora menos a la real. Al menos, gracias a que salieron temprano, su hija no perdió el colectivo, se confortó. ¡Qué buena suerte! Mañana le contaría a Nacho y a David.

En la televisión, que ella no tiene encendida porque se ha quemado el tubo hace una semana, el entrevistado dice al entrevistador: “A veces creemos que las cosas nos salen mal cuando los hechos no coinciden con los planes. Ignoramos lo que podría haber sucedido si esas previsiones se hubieran concretado. Lo ignoramos y por supuesto, no hay manera de constatarlo. Muchos son detractores de esta postura basándose en la falta de pruebas concretas para sustentarla. Tienen razón. Pero básicamente lo que nos indica esto es que cuando algo que nos sucede nos altera las proyecciones no debemos preguntarnos ¿por qué? sino ¿para qué? Y actuar en consecuencia. Remar contra la corriente requiere esfuerzo y cierta tozudez. Y no necesariamente es valioso y reconfortante lo hallado al fin de ese camino. Fluir, sorprenderse con los rumbos que la naturaleza indica, suele llegar a ser mucho más satisfactorio porque nos permite la aceptación de las limitaciones de nuestra voluntad, sin denegarla. Ambas opciones son válidas, por supuesto. No se trata simplemente de dejarse llevar por facilismo ni de oponerse sin justificación por mero capricho. Elegimos, constantemente. Elegir a conciencia, ubicados en tiempo y en espacio, siendo orgánicos, sintiéndonos partículas del cosmos. Eso es ser uno con el todo, y que el todo sea en uno.”


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