lunes, 17 de marzo de 2008

Animales superiores


Algún punto del Océano Atlántico.

Septiembre de 2007.

Todos los años lo mismo... pero no puedo evitarlo. Algo me impulsa desde las entrañas -¿o será desde el extremo de las plumas de mi cola?- a recorrer el camino marino de regreso a la playa. ¡Con lo agradable que es estar en el agua, nadando y comiendo y nadando y comiendo... haciendo sociales con ballenas y delfines y otros pingüinos diferentes a mí! Nos contamos los unos a los otros de dónde venimos y hacia dónde vamos, si hay barcos pesqueros, petróleo flotando, el estado de tránsito. A veces las malas noticias llegan tarde y a alguno no volvemos a verlo nunca más.

Yo recorro enormes distancias en el océano entre abril y septiembre. Cuando estamos en grupo vamos más despacio, a diez kilómetros por hora como mucho, así podemos conversar. Pero cuando nado solo... ahí me deslizo aprovechando las corrientes y llego a las cuarenta y cinco kilómetros por hora ¡y eso me divierte tanto...! Mucho más que estar en tierra porque ahí es tan difícil caminar, mis patas son cortas y está lleno de piedras, pozos y plantas. Pero es así, inevitable, tan ineludible como nacer y amar y morir. Además me reencontraré con mi pingüina, ella todos los setiembres arriba a la playa un poco después que yo y espera encontrar el nido preparado.

El llamado a casa nos llega simultáneamente, por eso cuando nos estamos acercando a la costa de Argentina nos amontonamos en el agua, se hace un lío nadar sin chocarse porque somos miles los que sentimos ese mismo impulso en las entrañas que nos convoca y obliga a volver a nuestra playa. Sé que hay otras playas, me han contado, pero no las conozco. Unas más al norte, otras más al sur, unas con más nidos, otras con menos. Incluso me dijeron que hay una que tiene miles de parejas más que mi playa. Pero no me importa, me gusta mi playa, en Cabo Dos Bahías. Ahí somos más de veinte mil parejas pero cada una tiene claro su lugar. Yo tengo mi nido en un lugarcito especial, una cueva que hice hace varios años a un costado de un arbusto pegadita a la pasarela.

Lo hice ahí porque soy curioso y me agrada socializar con los vestidos. Eso a veces me lo reprocha mi pingüina, dice que pierdo tiempo con los humanos y posando para las fotos. Y se burla, siempre repite que en el fondo yo hubiera querido ser humano y modelo, en vez de pingüino de Magallanes. No me agrada ese nombre que nos han dado, porque yo no soy “de” nadie. Y menos de un humano que además ya se murió.

A los humanos nosotros los llamamos “los vestidos” y son bastante graciosos, no son como nosotros que somos todos muy parecidos físicamente pero tenemos bien precisa nuestra identidad individual interior, ellos son muy distintos de apariencia y más aún se diferencian con esas ropas que se ponen encima que los vuelven tan deformes. Los que más risa me dan son los que usan colores chillones y se cuelgan enormes cámaras de fotos del cuello, me imagino que les han de pesar un montón. ¡Lo que son capaces de hacer para ir a vernos y después poder contar que estuvieron ahí! Pero no puedo criticarlos porque -aunque me avergüenza decirlo- yo al menos siempre vuelvo a la playa con muchos deseos de verlos a ellos, Por eso elegí hacer el nido al lado de la pasarela, me detengo sobre ella y les interrumpo el paso y ellos dudan de transitar o no, me tienen algo de miedo porque hay un cartel donde me dibujaron que dice que picoteo los dedos, jajaja. Ellos se acercan, me observan, me hablan, hablan entre ellos, comentan, toman fotos, me filman. Luego mi pingüina me anda retando aunque yo sé que en el fondo ella está orgullosa de mí, porque soy desprejuiciado y somos pocos los que somos tan atrevidos. La mayoría de mis compañeros prefiere anidar más lejos, en las rocas más inaccesibles.

Los vestidos son tan ignorantes. ¡Ojalá uno pudiera transmitirles la sabiduría de miles de años que tenemos acumulada! Ellos necesitan estudiar para aprender y olvidan el pasado con suma facilidad. ¡Ni siquiera se entienden en el mismo idioma! Por eso discuten y se confunden y hasta se matan unos a otros en terribles guerras. Tienen miles de lenguas y enormes problemas de comunicación dentro de la misma especie. No son como nosotros, los no vestidos. Nosotros nos comunicamos sin hablar, nos entendemos con los de la misma especie y con los de las otras fácilmente. Los pensamientos fluyen por aire, tierra y agua en una gran red. Obvio, cuando alguien quiere cazar a otro para comer bloquea su presencia, pero nadie se queja, sabemos que es así y debe ser así, se nace, se vive, se ama, se come, se muere. Tenemos voces, claro, nos gusta poseer algo exclusivo de cada variedad y dentro de la misma especie, distintivo de cada individuo. Nuestros gritos, nuestros cantos, son identitarios y demarcatorios y comunican algo masivamente, por si alguien estaba distraído y no percibió los pensamientos. Por ejemplo, mi pingüina sabe que la amo porque me lee la mente y todos los pingüinos también lo saben, pero es más trascendente cuando yo lo grito y mi grito retumba en toda la colonia, ella y yo asumimos entonces que toda la colonia tiene conocimiento de que yo la amo y ella es mi pingüina y eso nos une cada año, nos une para siempre.

Es septiembre... la playa me convoca, mi pingüina... ¡quién sabe por dónde andará nadando, qué caminos de agua habrá recorrido esta temporada! Tendremos muchas cosas que decirnos. Arreglaré el nido, lo dejaré despejado para entrar cómodamente, pero protegido de los vientos. La esperaré mirando la playa y cuando llegue gritaré su nombre a toda la colonia. Y cuando ella esté dispuesta me subiré sobre ella. Ojalá haya gente mirando. Sí, ya sé, algunos dicen que soy un exhibicionista, que eso delante de los humanos hay que tratar de no hacerlo, pero a mí no me importa, al contrario. Me entusiasma que los vestidos nos miren y yo siento sus pensamientos y sus sensaciones y son tan complejos... Después ella pondrá dos huevos y al menos de uno de ellos nacerá nuestro hijo. Lo alimentaremos, lo cuidaremos de los zorros, crecerá fuerte y hasta parecerá más grande que nosotros con ese plumón nuevo que cambiará más tarde. Para fines de abril ya podremos separarnos e irnos nuevamente al mar, otra vez el impulso inexorable pero esta vez contrario, aguas adentro, hacia el este.

Siempre, siempre es así... Me he preguntado a veces qué sucedería si me fuera a otra playa en lugar de regresar a Dos Bahías, pero me imagino que ella se pondría muy triste si arriba y no me encuentra. Como yo me pondría muy mal si ella no llegara. Pensaría que he muerto, pensaría que ha muerto. No nos podemos fallar...

A mí me gusta nuestra pingüinera. Me contaron que a otras va mucha gente y que los vestidos son malos, roban huevos, rompen los nidos, agarran los pichones. Dejan muchos residuos como papeles, plásticos, colillas de cigarrillos. Lo aterrador es que los pichones son tan curiosos que se los comen y... ¡se nos mueren! En algunos lugares arrojan elementos peligrosos como alambres y vidrios rotos y nos lastimamos las patitas. Lo peor es el petróleo que se derrama de los barcos y los líquidos cloacales que arrojan de las ciudades al mar. Muchos mueren, otros enferman gravemente, las parejas se rompen y ya no se puede hallar otra igual. ¡Y ellos creen que son la especie más inteligente, que son los únicos concientes de la existencia de sí mismos, de la historia, la temporalidad personal, la “evolución”! Si ni siquiera se entienden entre ellos, menos pueden comprendernos a nosotros, los no vestidos, ni suponer que somos inferiores. Pero son tan soberbios... ¡Hasta han inventado religiones para justificar ese humano centrismo!

Me dan pena. Tal vez es por eso que me gusta estar en la pasarela cuando llegan a la pingüinera, me les cruzo en el camino y los miro con un ojo, el otro ojo, los miro y pienso con mucha fuerza, me concentro para tratar de llegarles al alma, a sus pensamientos, aunque ellos están como envueltos en una pared de roca dura y no puedo llegarles adentro. Sin embargo, no sé, algunos se detienen y también me miran y yo siento que algo de mí les llega, que entienden, que se dan cuenta... Hablan conmigo, creyendo que no puedo entenderlos, pero sus pensamientos me llegan antes que sus palabras. Un chispazo de luz, un destello de mí se les enciende a algunos y yo tengo la esperanza de que hayan comprendido y se lo hagan saber a los demás vestidos del planeta.

....

Pingüinera de Cabo Dos Bahías, Chubut, Argentina

Una tardecita de febrero de 2007

Recordaré este día como una fecha especial. Vinieron a la pingüinera dos vestidos y una vestida, muy graciosos ellos, tenían ropas parecidas y sus frecuencias de pensamiento eran similares. No había nadie más que ellos visitándonos y se quedaron un buen rato recorriendo las pasarelas, mirándonos, tomando fotos, observando con unos binoculares. Interrumpí su trayecto sobre la pasarela y los tres se detuvieron y me hablaron. Yo les dirigí mi pensamiento, con fuerte intensidad. Y sentí que me comprendían. Aunque se sacaron fotos conmigo no fue como tantas veces antes, no fue la típica fotografía posando como para decir “estuvimos acá miren qué pingüino loco estorbando el paso”.. Yo percibí que ellos sintieron que yo era yo, único, especial, que tenía un mensaje que darles y lo tomaron y lo transmitirán. Desde ese día no puedo dejar de recordarlos, con sus camperas naranjas y amarillas, cuando se iban en su auto hacia Dos Bahías. De ahora en más, todos los años cuando regrese a la playa, no sólo volveré a armar el nido y esperar a mi pingüina y amarla y tener un hijo y proseguir la difícil tarea de intentar comunicarme con los vestidos... de ahora en más todos los años de septiembre a abril aguardaré que tornen esos mismos tres vestidos, necesito volver a hacer contacto con ellos... y constatar que no me confundí, preciso saber que me comprendieron y que le hicieron saber a los demás vestidos la verdad que ignoraban, que mi misión se ha cumplido al fin. Al menos, habríamos dado un primer paso para elevar a los vestidos al rango de animales superiores al que creen, equivocadamente, pertenecer.

http://www.nanimr.blogspot.com/


http://www.novacolombia.info/nota.asp?n=2008_3_17&id=43551&id_tiponota=6

Foto: Claudio Gimenez, Dos Bahías, Chubut, febrero 2008

4 comentarios:

El Guanaco Volador dijo...

Hola Nanim

Asolutamente GENIAL este relato, he disfrutado leyéndolo. ¡¡¡Cómo se nota que conoces el lugar y a los "no vestidos".

Mis más sinceras felicitaciones y con tu permiso voy a recomendar su lectura en la próxima entrada que publique.

Ojalá podamos leer más relatos tuyos sobre Patagonia.

Un abrazo "vestido"

El Titan dijo...

Muy bueno...la patagonia debe ser el paraiso...

Pamela dijo...

Hola Nanim:

Me ha conmovido el relato del pingüinito. Ojalá los "vestidos" aprendamos a escucharlos antes de que sea demasiado tarde.

Un abrazo, nos seguimos leyendo

amaliovilla dijo...

al principio me pareció divertido, después profundo, y al final me conmovió.

es una hermosa manera de demostrar tu sensibilidad con la naturaleza.

ojalá el pingüino logre su cometido de poder comunicarnos a todos el respeto necesario para convivir en este planeta.

un gran beso en este día de la primavera!