lunes, 24 de diciembre de 2007

Quien cree, crea

- ¡Papá, papá! ¡El sol me quemó!
El niño corre hacia él con el dedo índice de su manita en alto. Su padre se agacha, observa el dedito que aparece enrojecido y de inmediato lo lleva al baño y se lo coloca bajo el chorro de agua fría. Alejandro finalmente deja de sollozar y patalear.
- ¿Con qué te quemaste, hijito?
- Con el sol, pa.
- ¿Con el sol? Pero si es de noche y, además, ¿cómo te vas a quemar el dedo con el sol?.
- Pa, yo estaba dibujando con los crayones, hice un cielo con nubes y un sol grandote. Lo pinté con el amarillo y cuando lo fui a tocar, el sol me quemó el dedo, pa.
Alejandro habla con seriedad, sin titubear. Van juntos hasta su cuarto y en el piso, donde más le gusta estar al niño, están desparramadas muchas hojas de papel, algunas dibujadas, otras en blanco, pinturitas, crayones, lápices. El pequeño señala un enorme sol sonriente, pintado de dorado fosforescente, que estira rayos lineales y ensortijados por entre las nubes.
- Fijate, papá, el amarillo quema.
- A ver... –dice don Mario, como para darle el gusto, nomás.
Ante la mirada expectante de su hijo, pone la mano sobre el sol y nada le sucede. Sólo parece oscurecerse un poco la habitación, pero lo adjudica a una mera ilusión óptica.
- Quedate tranquilo, hijito, ya no quema –le sigue la corriente- ¿No tocaste otra cosa? ¿El calefactor? ¿Un fósforo? ¿No habrás estado jugando con mi encendedor? –indaga, por si acaso.
- No, pa. Yo sólo toqué el amarillo del sol, te juro.
- ¿Vas a seguir pintando? –mejor no insistir, sabe que no logrará que cambie su mentirita.
- Sí, pa. Quiero dibujar el mar, una playa y un perrito corriendo.
- Bueno, yo voy a seguir mirando el partido, cualquier cosa me llamás. Y ojito, nada de jugar con fuego, ya sabés que es peligroso. Si no mamá cuando vuelva de lo de la abuela se va a enojar mucho.
Alejandrito se tira en la alfombra y mira su dibujo. Es su pasión, puede estar horas cubriendo papeles de colores y de formas, de paisajes y personajes. Suele regalarlos, orgulloso. Aprendió a ponerles la fecha y su nombre al pie, como si fuera un eximio artista. Todos dicen que lo será, que sus cuadros son sumamente expresivos y realistas, logra imágenes vívidas, plenas de contrastes y profundidades. Posee, sin conocimiento académico, la gracia de los puntos de fuga y las sombras.
Elige varios celestes y azules y comienza a delinear las olas, esculpe sus concavidades con violetas, la espuma de puros blancos tiene rebordes brillantes reflejando al fabuloso sol. Luego, arma una paleta de arenas y cremas, algunos marrones, esboza altos médanos, bosqueja la zona húmeda donde las olas lamen la playa y se van. Se detiene y observa, le gustan los detalles mínimos, los ángulos perfiladas. Agrega una estrellita de mar, un caracol vacío, unas algas, una sombrilla y, a la distancia, algunos bañistas diminutos. También varios tamariscos para protegerse de los vientos, algo inclinados de tanto intentar resistirse inútilmente. Se parece al Balneario El Cóndor, donde fueron el verano pasado. Para modificar la perspectiva de sus ojos, levanta verticalmente el papel y de la hoja surge tumultuosa una ola que lo moja de pies a cabeza. Se queda paralizado. Y cuando logra articular palabra, grita:
- ¡Papá!
- ¿Qué pasa, hijo? –contesta don Mario desde el living, está muy concentrado en el fútbol, es un partido importante y no quiere perderse ninguna jugada.
- Nada, pa.
Mejor callarse. Es que Alejandro se pregunta cómo puede explicarle a su padre lo que él mismo no entiende. Recuerda que cuando vino y tocó el sol no se quemó, seguro que pensó que le había mentido y había estado haciendo travesuras con fuego. Y realmente a su papá el amarillo rabioso del astro no le hizo nada. ¿Qué pasará cuando venga y lo vea todo mojado? Lo va a retar, lo mandará a la cama, no lo dejará pintar más, le va a contar a mamá y ella lo va a reprender mañana. Pobre mami, que está tan triste cuidando a la abuela enfermita.
Su ropa huele y sabe a sal. Va hasta el baño, se desviste y lava, se pone el pijama y deja la ropa dentro del lavarropas en el lavadero. Todo en silencio.
Ya en su habitación, acomoda unos almohadones sobre la alfombra húmeda, y levanta despacito su marina para comprobar si vuelve a atacarlo el oleaje. Apenas caen unas gotas. Está un poco temeroso de que vuelva a suceder algo extraño, pero decide proseguir su tarea.
Llegó el momento de hacer el perrito. Lo tiene en su mente ya desde hace tiempo, será un cachorro pequeño y travieso, todo blanco y peludito, con una oreja marrón.. ¡Cómo desea tener uno! Pero sus papás le han dicho que no, lo que sucede es que viven en un departamento y es imposible. Acomoda sus pinturitas, negro, blanco, gris; primero lo bosqueja, lo imagina corriendo hacia él, con la colita parada y la lengua afuera. Y así va surgiendo su pelambre reluciente, agitada por la brisa y la carrera. ¡Si hasta le parece verlo y escuchar sus ladridos!
Ya está. Se aleja un poco para apreciar el conjunto y se queda conforme. Le ha salido un bonito dibujo, realmente. El sol calentando la arena extensa, las olas tentadoras y su cachorrito juguetón.
- ¡Tobías! –lo llama...
Y Tobías mueve su rabo y se agranda de pronto y salta del papel a sus brazos. ¡Es tan hermoso! Alejandro cae de espaldas y el pichicho le lengüetea la cara. Esto ya es demasiado. Tanta felicidad no puede ser posible, al fin tiene su sueño cumplido... Pero... piensa, ¿qué dirán mamá y papá? ¿Quién le va a creer que Tobías se salió del dibujo? Le van a decir que lo recogió en la calle, desobedeciendo sus indicaciones. El pequeño está sorprendido pero no asustado, la frontera entre lo posible y lo imposible es muy tenue en la infancia. Lo que sí esta segurísimo es que sus padres no sólo lo van a juzgar como un gran mentiroso sino que además, no le permitirán conservar a Tobías.
- ¿Qué hacemos, Tobías?
- Dibujate vos.
- ¿Hablás?
- Si, claro que hablo. Todos los perros hablan. Dibujate vos y listo, así yo puedo volver a la playa y vos podés entrar a jugar conmigo.
Alejandro pone manos a la obra. Si Tobías lo dice... él sabrá... con probar no pierde nada. Se diseña con una bermuda cómoda, una visera. Y ya que está añade más juguetes: una pelota de fútbol, balde, rastrillo, palita y moldes, un tiburón inflable, una tabla de telgopor para barrenar olas... Piensa, piensa... ¿qué mas necesitará en la playa? ¡Claro! Una reposera, un heladero, un vendedor de panchos y gaseosas. ¡Ah! Toallón, ojotas...
- Listo, Tobías. ¿Y ahora?
- Ahora... ¡vamos! ¡seguime! Hacé lo mismo que yo.
Tobías da un salto, se empequeñece y se vuelve plano. El niño duda un instante, cierra los ojos, y se lanza de cabeza hacia sí mismo. De inmediato siente la arena caliente en los pies, el aroma salado y un vientito tenue agitando su cabellera rubia. Da una vuelta carnero y Tobías ladra como loco a su alrededor.

El enorme redondel áureo le regala su sonrisa y guiña un ojo cómplice.

http://www.novacolombia.info/nota.asp?n=2007_12_24&id=41862&id_tiponota=9

6 comentarios:

Orson Díaz dijo...

Hermoso. Muy. Gracias. Muchas.

Anónimo dijo...

Que arte tienes Nanim! Lo copiaré y cuando la célula llegue al mundo se lo contaré en versión "había una vez un niño..." y si me pide más cuentos parecidos, tendré que llamar a la tita "tangana" (por lo del tango y porque cuando quiere la arma):) ja,já para que al menos me ayude a fantasear de este modo.
Eres adorable, un besin grandísimo pa ti.
Yudy

Javier Luna dijo...

Muchos cuentos y poemarios.

Cada vez que regreso a tu blog con una ligera esperanza de leer algo sobre tus pericias legales, leo tus posts y aparece de pronto un signo de interrogación grandazo sobre mi cabeza.

Respiro fuerte y exclamo un: Chez!

Fantaseas muy bonito. Por lo menos se deja leer.

¿Pero tendras algo de la vida real que desees compartir con nosotros tambien?

Nanim dijo...

Gracias. Me han inducido una idea, la de hacer una serie de cuentos infantiles. Veremos qué surge...

LaMaGa dijo...

Nanim, no hay mucho pero ya que he encontrado la forma de dejar mi link en los blogs, pues...te espero de visita en cuanto tengas tiempo.
Beso enorme de la isla

Nanim dijo...

Saludos Maga, de isla a isla se forman los archipiélagos.