martes, 18 de diciembre de 2007

Memoria Emotiva

Tibio, blando, el seno de mamá contra el rostro es un almohadón alimenticio, succiona el pezón con su boca desdentada y el líquido va satisfaciendo su hambre y su sed. El brazo izquierdo de ella lo rodea y sostiene, reposa su cabeza en el hueco de su codo, con la otra mano lo acaricia dibujando las formitas de su rostro. Le habla con esa voz suave que conoce hace mucho tiempo, desde el principio del mundo, de su mundo. Todo su mínimo organismo percibe los sonidos del cuerpo de la madre; los latidos parejos, la respiración que lo mece, las entrañas con sus ruiditos juguetones. Duerme...

Hay mucho ruido esta mañana. Lo primero que percibe es contra la mejilla una superficie lisa y aromada. Es la sábana de su cuna, que huele a lavanda. No están ya los brazos contenedores, sobre él apenas hay una manta y un osito de peluche colgando de los barrotes lo observa mudamente. Llora. Tiene sueño aún. Mami viene corriendo, lo levanta apurada, lo pone sobre el cambiador, le quita los pañales sucios, lo lava con toallitas húmedas, le acomoda un pañal limpio y lo viste ropa de salir. Luego, se sienta en el sillón y coloca un pezón entre sus labios. Está extraña mamá hoy, no le dice las palabras lindas de siempre ni le hace caricias. Habla en voz alta con papá. Tiene sueño... Bebe a desgano y se adormila...

Acaba de abrir sus ojos y observa que sobre él pende un colgante de mariposas de colores girando que no estaba ahí antes. La luz del sol entra por una ventana que tampoco estaba ahí ayer. Las paredes de su cuarto son diferentes, las suyas son celeste pastel con guardas de nubes y éstas son de intensos rosas, verdes y amarillos. No está su osito en los barrotes, mejor dicho, ni siquiera estos barrotes son los de su cuna; definitivamente, ésta no es su cuna. Huele diferente. Y ahí nomás, cerquita, en fila, hay otras cunas con otros bebés que aún duermen. Se oye música y voces de niños. Siente una sensación desconocida que más adelante sabrá que se llama miedo. No reconoce el lugar, ni el olor y -sin poder evitarlo- llora. Unos instantes después se asoma un rostro extraño, sonriente, que le habla con palabras que suenan parecidas a las de mamá pero no son las de mamá ni es mamá. Lo levanta con cuidado y lo acomoda en el hueco de sus brazos, unos brazos gordos y fuertes. Le coloca en la boca un objeto que parece un pezón pero no es un pezón aunque de él sale la leche de mamá. Buen día, bebé, mamá está trabajando... Cierra los párpados para no ver, acongojado, se adormece...

Cuando abre nuevamente los ojos, distingue a su papá lidiando con los cinturones de su sillita para ajustarla al asiento del auto. Agita sus bracitos y balbucea pero papá no le presta atención porque se le ha trabado la hebilla y está enojado. Al fin lo logra, entonces le da un beso en la frente y arranca. Está sentado mirando hacia atrás, puede ver el rostro de su papá, concentrado en el tránsito. ¿Dónde estará mamá? El vehículo se bambolea, acelera, frena, lo acuna con su run run y él vuelve a dormirse.

Despierta en su silla pero ya no está en el vehículo. Hay otro olor penetrante que conoce y lo irrita un poco. Es de desinfectante. Aquí es todo blanco, alba la camilla sobre la que está su silla anatómica, de nieve los azulejos de las paredes, una nube el techo, y limpiamente blanco el guardapolvo del doctor que ahora se acerca a él junto a su papá. Lo desvisten, lo pesan, lo miden, lo sostienen de las manitos, le hacen hacer flexiones. Mientras tanto, conversan entre sí. Aquí siempre viene con mamá, es la primera vez que su papá lo trae. Hoy es tan diferente todo lo que sucede que vuelve a sentir esa angustia que llamamos miedo. Hace pucheros y llora... Va creciendo en intensidad hasta llorar a los gritos. Patalea, se resiste, no permite que lo vista su desesperado padre, llora hasta cansarse y se duerme, con hipo.

Es el pecho de mamá, es su palpitar, es su voz, su fragancia, sus caricias. Mamá que ha vuelto de la oficina y lo primero que hizo fue venir a su habitación de paredes celestes con guardas de nubes y levantarlo de la cuna que huele a lavanda y que tiene un oso que lo mira en silencio. El pezón de mamá rezuma leche sabrosa, sale a chorros en su boca y el placer es inmenso. Así da gusto despertarse, sabiéndose seguro y protegido, amado y mimado. Papá también está ahí, conversa con ella y se cuentan mutuamente lo que han hecho en la jornada. Parecen cansados, pero aún así le dedican miradas y algunas palabras. Le dicen que se ha portado bien, por ser el primer día. Él no comprende lo que dicen, sólo desea disfrutar ese momento y despertar cuando ya no tenga sueño, cuando el hambre le haga cosquillas en la pancita, cuando le moleste el pañal en la cola. Ahora está tranquilo y, plácidamente, se desvanece en un sueño...

A la mañana siguiente al despertarlo aún está amodorrado, todavía no tiene apetito. Mamá lo cambia apresuradamente y le pone el pecho entre los labios pero él lo rechaza. Vas a tener hambre después, le indica con tono amenazante. Vuelve a dormirse entre sollozos y sorbitos. Cuando se despegan sus párpados lo impactan los colores intensos del cuarto que no es su cuarto, la ventana que no es su ventana y esas sábanas que huelen distinto y grita con potencia. La mujer de brazos gordos lo alza y le habla tratando de calmarlo y le acerca ese pezón que no es de su mamá con leche de su mamá pero se resiste, no quiere tomar de ahí, necesita el seno blando y calentito y los tonos pastel con nubes y a su conejito mudo. Llora tanto que logra que mamá aparezca, ¡milagro! Está enojada y molesta, no le canta, le da el pecho y recién al rato se calma y lo consuela. Le dice que tiene que entender, que se porte bien, por favor, que no llore, que papá va a venir a buscarlo más tarde y lo llevará a casa de la abuela. Que lo ama, pero que tiene que trabajar. Se sosiega, entre suspiros.

Despierta en una cama rodeado de almohadas con puntillas y broderíes. Observándolo, con mirada de ternura infinita, está la abuela, que sonríe y le hace upa. Camina por la casa acunándolo en esos pechos enormes. Eso sí que es lindo: hamacarse y tener perspectivas diferentes constantemente, desde las alturas. La abuela canta boleros, hace todas las tareas con él a upa: se prepara un té, come unas galletitas, enciende la televisión, riega las plantas, plumerea, atiende el teléfono. Le da la misma mamadera que le quisieron dar en ese lugar colorinche sin embargo ahora no la rechaza, la bebe tranquilamente cerrando sus ojitos.

Mira fijamente a papá desde la sillita en el auto, apaciguado. Esto de despertar en un lugar diferente, con otros rostros, otros aromas, asusta. Regresan al hogar y cuando mamá abre la puerta se siente feliz. Succiona de su seno fecundo y se deja ir en un sueño sin aristas. Ellos, mientras tanto, hablan, dicen que ha resultado todo mal, habrá que cambiar de planes. Mamá explica que no puede salir de la oficina todos los días cada vez que la llamen de la guardería o perderá el trabajo, es muy competitivo. La abuela no tiene problemas en encargarse -al contrario es lo que ella quería- y está dispuesta a cuidarlo. El problema va a ser que lo malcríe, pero ¿qué otra cosa pueden hacer? No desean que sufra, les duele.

Pero él no lo sabe, no comprende aún esas conversaciones complejas. Al amanecer, cuando nuevamente lo despierten antes de que él precise despertar e intenten cambiarle los pañales que todavía están secos y su mamá pretenda darle la leche que aún no apetece, llorará con angustia temiendo estar al volver a abrir los ojitos en esa habitación multicolor con el colgante de mariposas que gira amenazadoramente sobre esa cuna ajena, donde una mujer extraña vendrá en lugar de su mamá para forzarlo a chupar de ese horrible pezón de goma.

Tiene la mirada perdida en el cielo raso. Bonito color, piensa. Celeste suave, transmite tanta tranquilidad... No como esos amarillos, verdes y rosas intensos con los que su esposa pretende pintar la casa nueva. Acaban de casarse y ya empezaron los problemas. Y ya se sabe, cuando hay un inconveniente, seguro a posteriori hay otro: ella se emperra en seguir trabajando. ¿Para qué? Él puede mantenerlos a los dos, el lugar de la mujer es en la casa, cuidando a los hijos. Porque van a tener hijos, claro. Siente pánico, lo agobia el miedo de volver de la oficina y que ella aún no haya llegado, que se demore le causa ansiedad incontrolable. También lo apremia la idea de abrir la puerta y encontrar su hogar todo pintarrajeado a lo naif. ¿Cómo se puede vivir así, con tanta desconfianza? Es la mujer que ama, ello lo ama. Sin embargo, no hay explicación posible para semejantes sensaciones. Por eso vino acá, por eso lleva cuarenta minutos hablando. Sólo un psiquiatra podría ayudarlo. Mejor dicho, una psiquiatra. Buscó bastante, y por algún motivo desconocido la eligió a ella, tal vez porque es una mujer mayor, se nota que tiene una larga trayectoria, le inspiró seguridad. La mira, es pechugona. Siempre le gustaron las mujeres con grandes pechos y ésta, aunque podría ser su madre, también. No en un sentido sexual, claro. La doctora le dice que saque turno para la semana que viene, que se tranquilice. Mientras asiente, piensa que en la otra sesión tendrá que contarle de su fobia a las mariposas. El rechazo a los hospitales, con ese olor agudo y esa blancura que provoca desasosiego, es lógico, está relacionado con las enfermedades y la muerte. Pero las mariposas... unos insectos tan inofensivos... Es verdaderamente inexplicable. No le teme a los osos y sí a las mariposas... ¡ridículo! Cuando ve acercarse una, aleteando y sacudiendo sus antenitas, se le encoge el corazón y le dan ganas de llorar.

Como ahora, que en vez de darle la mano para despedirse, como correspondería, le da por estrecharla en un abrazo y apretándose contra los senos robustos, solloza...

Ella huele a lavanda.

Publicado en:

http://www.novacolombia.info/nota.asp?n=2007_12_18&id=41720&id_tiponota=10

Foto:

Por Nanim, diciembre 2007, una mariposa en el dedo de Leslie.

3 comentarios:

Ana C. dijo...

Muy lindo el cuento. En realidad muy lindos todos los cuentos.

Pero de este no me gustó la ideología. Nadie queda tan necesitado de psiquiatra porque su madre trabaja.

Morita dijo...

Debe reflejar la época de mi infancia. Nuestra generación salió a trabajar, por necesidad o por el placer de trabajar, tuvo hijos.
Los míos ya son adultos y no necesitaron psiquiatra, ambos son muy familieros y dicen que valorar el trabajo de la mujer lo aprendieron en casa, y no se arrepienten de ello.
A pesar de eso, es triste el cuento.
Un saludo
Lili®

Nanim dijo...

Un cuento es eso, un cuento. No es un panfleto, ni un reflejo exacto de la realidad, ni ejemplo o fábula amonestadora. Ante los mismos hechos, hay quienes se ven afectados de maneras opuestas. Este cuento no pretende ser ejemplo de nada. Mi madre fue ama de casa, y yo trabajé desde los 18 años, y fui madre sola y trabajadora y ama de casa y tampoco creo que mis hijas necesiten ir al psiquiatra porque yo haya trabajado ni yo porque mi mamá no lo haya hecho.
Igualmente, gracias por los comentarios, cuando uno escribe simplemente lo hace, los efectos sólo se perciben a través de als palabras de los que los leen y son, también, tan diversos como cada uno de los lectores.