lunes, 31 de diciembre de 2007

El fin de la hipocresía

Mucho se ha debatido acerca de la tesis que explicitó en “El fin de la historia y el último hombre” el politicólogo Francis Fukuyama. Más allá de contar con sus defensores y sus detractores, en sí mismo el planteo finalista generó debates que modificaron el devenir. No era nueva la hipótesis de que es posible paralizar el motor de la historia de la humanidad y acabar la lucha de las ideologías, como así también que fuera viable alcanzar un sistema político y económico tope en la evolución, pero aún así conmovió a derechas e izquierdas, ateos y religiosos, sabihondos e ignorantes.
Sin embargo, un hecho concreto que pudo ser histórico y alterar de raíz todas las estructuras ideológicas y humanísticas, trastocando las relaciones en todos los niveles sociales, desde la familia a los estados, incluyendo las ideas que el hombre elaboró sobre su especie, no alcanzó historicidad por haber sido ocultado. Su difusión hubiera significado el fin de la humanidad tal como la conocemos hasta el presente. Tengo la esperanza de que algún día –y éste es el primer paso que doy, que tal vez sea el último que dé- salga a la luz e ilumine al mundo. Sería mi mayor logro que este documento que hoy escribo -como aquella tesis controvertida- por el sólo hecho de generar polémicas provoque cambios que lleven a develar la verdad.
Ustedes desconocen que hace tiempo atrás sucedió un fenómeno en un pueblo del interior de la Argentina que alteró la vida de sus habitantes para siempre. Muchos hilos fueron movidos para evitar que los acontecimientos trascendieran a los medios: se aisló la zona y se prohibió a todas y cada una de las víctimas y a su entorno hacer mención alguna a absolutamente nadie, sea familiar, amigo, científico o periodista. Ellos siguieron existiendo, aunque lo que se informó entonces es que la población desapareció por una catástrofe natural que -por supuesto- fue fraguada. Como ocurre cotidianamente, una noticia tapó la otra y la memoria… es frágil. Paulatinamente el pueblo, su nombre, sus habitantes, fueron olvidados.
Asumo el riesgo de contar esto, con el permiso expreso de quien me lo relató –al que llamaré aquí Juan- y con la tranquilidad de no afectarlo debido a que ya ha fallecido. El título de este documento le pertenece, así fue llamado el prodigio acaecido, cuyo origen jamás fue determinada pero cuyos efectos sólo pudieron ser subsanados parcialmente de manera impredecible y amenazadora.
Dejo de dar vueltas y voy a los hechos, tal como me fueron contados o, al menos, tal como los recuerdo, sabiendo que me expongo a sufrir los efectos en caso de alejarme de la verdad, puesto que probablemente haya sido contagiada por él.
Un día, más exactamente un lunes de setiembre, el señor T.P. –me atengo al pedido de mi confidente de no mencionar los nombres reales- despertó sintiendo algo extraño en su boca. Pensó que podía ser efecto de la resaca. Sin embargo, grande fue el impacto al abrirla ante el espejo del baño y encontrarse ¡pelos en la lengua!. Sí, así como lo leen: tenía la lengua peluda. Jamás había escuchado ni leído ni visto acerca de la existencia de un padecimiento como ese, lo cual es absolutamente cierto porque no existen registros de algo así sucedido antes.
Ese mismo día, en una vivienda vecina, el señor G.L. percibió pequeños pasos en su cuero cabelludo, por lo que supuso que había sido infestado por piojos –algo muy probable debido a contar con niños en edad escolar- pero he aquí que descubrió en la maraña de su cabellera ensortijada unos cuantos ratoncitos correteando. Inútilmente intentó atraparlos, se movían a velocidad inusitada y se escondían.
En la vereda de enfrente, la señora H.M. y su esposo, A.I. amanecieron con guantes blancos en sus manos, los cuales no habían colocado allí la noche anterior y, lo que fue más aterrador, resultaban imposibles de quitar.
Con relación al tema de los pelos y las manos, peor la pasó F.D. quien azorado miraba las palmas de sus manos, cubiertas de vello. T.O. por su parte, no pudo quitarse el negro de una de sus manos a pesar de lavársela una y otra vez. Respecto del tema de la lengua, la señora V.P. con pavor comprobó que la suya se había vuelto bífida, como la de las serpientes.
En cuanto a S.R. no podía permanecer sentada, ya que le había aparecido un enorme grano en el culo –con perdón de la expresión, pero tiene su sentido escribirlo así- y el señor C.E. se veía imposibilitado de caminar porque, a pesar de revisar una y otra vez su calzado y de cambiar botas por zapatillas y zapatillas por mocasines, indefectiblemente, siempre tenía una piedra en el zapato.
Así es, todo sucedió a la vez en el pequeño pueblo, no había quien no encontrara su persona alterada por algún fenómeno extraño. Además de los casos mencionados, había quienes encontraron una viga en su ojo, o sus narices alargadas como las de Pinocho, o sus extremidades convertidas en pistolas con olor a pólvora o cuchillos ensangrentados. Personas con canas verdes, e incluso ancianos con todo su cuerpo de ese color, otros con sus órganos genitales arrastrados por el suelo o habiendo desaparecido los mismos, seres con un hueco en el pecho por ya no tener corazón, otros sin estómago. Y, por supuesto, hombres y mujeres con uno, dos cuernos e incluso, algunos portando enormes cornamentas de varias puntas.
De a poco, fueron intercomunicándose entre sí y develándose que en gran proporción todos los conciudadanos padecían trastornos fisiológicas con lo cual se superó la vergüenza inicial y se encaró el análisis de los casos puntuales, en base a la reiteración de los patrones y las características de las personas afectadas. Ya para eso, obviamente, habían intervenido los organismos superestructurales locales, provinciales, nacionales y supranacionales para poner una campana de silencio sobre la localidad.
Se hizo un exhaustivo relevamiento, clasificación y evaluación -aún empleando la fuerza pública- de todos y cada uno de los habitantes. Pudo constatarse la existencia de grados de afección –gente con pocos pelos en la lengua, gente con muchos pelos, por ejemplo- como así también gravísimos casos en los que las perturbaciones se multiplicaban en una misma persona. El aspecto de todos ellos se había modificado notoriamente, los que antes tenían una perpetua sonrisa mostraban rostros agrios, otros que exhibían un porte adusto y soberbio de pronto parecían poca cosa, y así más y más situaciones asombrosas.
Los científicos no hallaron causas orgánicas, se descartó que fuera un problema de contaminación ambiental. Los alimentos que se consumían en la población eran tan transgénicos como los que se fabricaban y vendían en resto del planeta, la tierra no tenía más plaguicidas que en otros lugares, ni el aire más componentes corruptos, ni el agua más cianuro o plomo. También debió eliminarse como motivo una supuesta experimentación extraterrestre: los profesionales especializados en esa área no hallaron ni meteoritos, ni avistamientos de OVNI ni indicios de abducciones.
Es probable que el sentido común ya les indique a ustedes de qué se trataba. Obviamente, habían exteriorizado los organismos aquello que ocultaban, lo que la hipocresía volvía invisible. Recordemos que la hipocresía es un acto de fingimiento, de disimulo. Es producto de la adaptación oportunista a las circunstancias, es un aprendizaje social. La apariencia se convierte en algo mucho más valioso que la verdad, y la apariencia y la deshonestidad habitualmente corren por el mismo carril. Lo que la sociedad piensa de nosotros se transforma en un valor superior al de la verdad por sí misma, y la creación que se hace de una imagen de sí mismo cada uno contiene elementos de engaño –a los otros- y también de auto-engaño. Esta pequeña población era como cualquier otra del planeta, un lugar donde las personas tienen una vida pública adaptada al qué dirán y una existencia interior o privada, que suele no coincidir con lo que los demás perciben. Algunos, a conciencia, otros, sin darse cuenta, pero todos tenían algo –o mucho- que ocultar.
Con el correr de los días, los síntomas fueron gradualmente desapareciendo. Simultáneamente con la confesión de los “defectos”, al asumir los mismos y modificar las conductas que provocaban las mutaciones, se iban “curando”. Pero bastaba el volver a tener algún gesto hipócrita para que una transformación de hiciera visible. Por ende, se llegó a la conclusión de que la infección no había sido superada, que quedaba en la sangre el virus que provocaba nuevas reacciones si se reincidía en ese tipo de actitudes. La única manera que se encontró para evitar la aparición de esas excrecencias fue, simplemente, convertirse en personas honestas y veraces, subsanar los errores y compensar las malas acciones cometidas en el pasado. En algunos casos, llegando, incluso, a tener que revelar desfalcos, asesinatos y mentiras. Con los castigos consiguientes. Por supuesto, lo más patético de este mal era -para la gran mayoría- el tema de los cuernos, porque no afectaba al causante sino a la víctima de los adulterios cometidos.
Como me mencionara mi buen amigo, las extrañas circunstancias vividas en ese lugar indicaban con claridad meridiana la imposibilidad absoluta de hacer público lo ocurrido. Por sobre todo para evitar el contagio ya que ponía en riesgo a la civilización misma, pudiendo hacer realidad –de manera diferente, claro- eso de “el fin de la historia” tal como la conocemos. Juan –que era hipercrítico del actual estado de la civilización- consideraba que eso sólo era posible con “el fin de la hipocresía” por lo que estos presuntos virus eran ni más ni menos que la gran panacea de la humanidad, una especie de renacimiento, de gran oportunidad. ¿Pueden ustedes imaginarse apenas las consecuencias en cadena, en todos los niveles sociales, económicos y políticos? Caerían en una profunda crisis gobiernos, empresas, sindicatos, familias, instituciones, que sólo podría superarse con verdad y honestidad, con justicia y sanciones. El peligro invocado –se mencionó la eventualidad de guerras, suicidios colectivos, migraciones en masa- justificó el aislamiento absoluto del pequeño pueblo, que fue compensado con alimentos sanos, descontaminación absoluta y embaucado diciéndoles que se inyectaría el virus que tenían en la sangre -una vez identificado- a la humanidad toda. Como ya se sabe, quien es veraz cree en la verdad, quien es virtuoso cree que el otro lo es, quien es bueno descarta la existencia de la maldad. En el pueblo estaban viviendo todos tan tranquilos y en armonía, que de a poco olvidaron la existencia del mundo y de los otros no infectados, y se encapsularon en su perfección.
Pero Juan no les creyó y con sus últimas fuerzas huyó y se contactó conmigo. Gracias a eso –me dijo- se le desapareció la excrecencia que había aparecido en su trasero paralelamente a las dudas acerca de lo que decían las autoridades y su complicidad silenciosa. Además, cuando me relató todo esto, su nariz permaneció del mismo tamaño de siempre, por lo que no me quedó otra que creerle, lo cual pueden ustedes constatar también si ven fotos mías de antes de escribir esta historia y de después de hacerlo. Es una lástima que la enfermedad –si así se la puede llamar- no pueda transmitirse por vía de la lectura de este texto., pero apuesto al futuro: “la verdad libera”. Si algo malo llegara a sucederme este documento se convertirá en el mejor testimonio de que lo dicho es verídico.

Me apresuro a difundir lo que he sabido debido un dato pavoroso: las últimas palabras de Juan fueron que se estaba trabajando –a nivel mundial y globalizadamente- en la identificación del virus -considerado aún más peligroso que el ébola, el sida y la gripe aviar- con el objeto de encontrar una vacuna que lo prevenga y bloquee sus temibles efectos.

Publicado domingo 30 de diciembre:
http://www.novacolombia.info/nota.asp?n=2007_12_31&id=42013&id_tiponota=10

1 comentario:

fer dijo...

Apuesto a que la hipocresía es una enfermedad incurable... tal vez porque quienes hacen uso de ella no han descubierto aún la liviandad que nos habita cuando hacemos uso de la verdad no?
Gracias por tus visitas, un placer!
abrazo
fer