lunes, 3 de diciembre de 2007

Las siete vacaciones

- ¿Dónde vamos de vacaciones? – pregunta Marcelo a su papá. Intuye la respuesta, aunque en el fondo de su corazón desea oír, esta vez, algo diferente.

- Como siempre, hijo, a la casa del abuelo, a las sierras.

Otra vez sopa… Se dice para adentro. Sus hormonas adolescentes le piden cambios, ansía libertades, playas y olas, ver cuerpos semidesnudos desnudos. Envidia a su amigo Esteban que se va a Mar del Plata. Él y su hermano mayor siempre cuentan de las chicas que conocen en verano, chicas más grandes, a las que llevan al departamento que alquilan los padres, aprovechando cuando ellos se quedan en la playa o salen a la noche al cine. Los primos Lucas y Ramiro se irán de mochileros al sur en carpa: San Martín de los Andes, Bariloche, Villa la Angostura, El Bolsón. Seguro la van a pasar genial, ¡qué aventura! Hace meses que hablan de eso y él sólo puede morderse los labios y soñar que llegue el momento en que se anime a enfrentar a su padre y liberarse, atreverse a decirle “papá, me voy de viaje con mis amigos, no iré a la sierra este año”. No es que no le guste visitar al abuelo, claro. Es un buen tipo, le cuenta cosas del pasado, y por sobre todo, lo trata como si fuera un hombre, lo escucha. Y su mamá parece otra cuando está allá, más relajada y alegre. En la sierra es todo tan tranquilo, ese es el problema. Todos los santos días exactamente iguales, calcados, repetidos. Las idénticas lomitas, el mismo arroyito, las cabras, las gallinas, el calor seco, el tambo, la quesería. Cuando era niño se divertía más, juntaba caracoles, mataba hormigas calcinándolas con un rayo de sol atravesando un culo de botella rota, trepaba a los árboles, corría a las gallinas que gritaban como locas. Podía pasar horas en el arroyo haciendo nada, construyendo caminitos con piedras, ¡hasta se olvidaba de comer! Pero ahora ya necesita otra cosa, compartir con sus amigos, conocer chicas, descubrir en carne propia el sexo. De sólo pensarlo se pone tenso y le sudan las manos. Lo que él no sabe todavía es que los nuevos vecinos de Don Pedro tienen un hijo de su edad y una hija un año menor que es un bombón y ya tiene experiencia.

- ¡Buenísimo! – grita Leonardo. Leonardo tiene siete años y claro, dejar el departamento e ir a las sierras de Córdoba tiene sabor a jugar a la pelota sin paredones, a barro entre los dedos, a no tener que mirar si vienen autos en las esquinas, a ojotas. Salta alrededor de la mesa de la cocina como si bailara una danza india. Está feliz, podrá ensuciarse sin que nadie lo rete, correr a las gallinas bochincheras, bañarse en el fresco arroyito y juntar caracoles. Le atraen los caracoles; cuando su mamá y el abuelo duermen la siesta, él aprovecha para romper los caparazones y dejarlos al sol y disfruta viendo como se retuercen hasta morir. Sabe que está mal, pero no puede evitarlo. Y bueno, su hermano mataba hormigas con una lupa, eso le contó. El abuelo es un fenómeno, relata historias de su infancia que parecen de mentira. Con Don Pedro se puede reír y gritar y saltar sin que se enoje, le acaricia la cabeza, le da abrazos y consejos. Hace quesos de cabra y los vende a los turistas. Son riquísimos. ¡A la sierra, a la sierra, agua y tierra, agua y tierra! Vocifera y baila. Mmmm recuerda el crujido de la corteza y el tibio interior del pan casero con queso de cabra y se le llena la boca de saliva.

La Pitu no dice nada. Sólo mira a su hermano girar como trompo y sonríe. Ella es tan chiquita que no tiene memoria de los últimos tres veranos y no sabe bien qué son las vacaciones. Todavía lo de las estaciones es algo que su mente no ha descubierto, los períodos escolares son un tema inexistente, para ella todos los días son nuevos, estrenados; juega, come, duerme, ríe. Ríe a carcajadas con las morisquetas de Leo, no percibe el gesto triste de Marcelo, ni la cara seria de su papá. Su papá siempre está con el ceño fruncido, para ella eso no significa nada especial, desconoce que hay muchos otros papás que son más cariñosos y amables, no sabe qué es ser papá, ignora lo que es significa ser hija, nieta, lo que son las sierras, ni cómo se siente el agua salada del mar, menos aún entiende que pueda ser divertido matar hormigas y caracoles o deseable tener sexo con una chica a la que apenas recién has conocido. De Don Pedro no recuerda mucho, aunque suelen ver fotos y su mamá dice “acá estás a upa del abuelo, en la casa de las sierras, hace dos años”. Y en brazos de ese hombre llamado abuelo hay un bebé muy bonito que dice su mamá que es ella pero no se parece a ella, tiene pañales y chupete y ella no usa pañales ni chupete y cuando ella dice “Pitu no es bebé” la mamá le contesta que “Pitu ya no es bebé pero ese bebé es Pitu”. También hay fotos del abuelo con una nena llamada Pitu, más parecida, casi grande como ella, que dice mamá que son del verano pasado. ¡Agua y tierra, agua y tierra! De esto sí entiende, y le gusta…

Luciana -la esposa, la mamá- permanece en silencio y ni siquiera sonríe. Cuenta los días y las noches que faltan para viajar a las sierras. Necesita respirar aire sano, alejarse de la ciudad, apartarse de Antonio. Refugiarse en el hogar, rememorar su niñez, la dulce y despreocupada adolescencia. Ahí está tan presente su mami, que se fue al cielo cuando aún no había terminado el secundario. Tuvo que consolar y atender a su papá, encargarse de la casa, de las gallinas, de las cabras, de los quesos, y dejar de estudiar. Mamita, ¿por qué te fuiste? ¿Por qué no me enseñaste que ser esposa era difícil, que ser madre era agotador, que no debía dejar la escuela? Se casó para huir de las responsabilidades asumidas tempranamente, y ¿para qué? Se avergüenza de sí misma, se siente fea, se sabe gorda, se reconoce ignorante, asume su incapacidad. Es bruta, es tonta, es inútil, no sirve para nada, ni para la cama. Eso siempre se lo dice Antonio, mejor dicho, se lo grita. Ya se acostumbró a sus broncas y sus insultos, ¡pobre!, él trabaja tanto para mantenerlos, para darles techo y comida, y ella en cambio no hace nada de nada, ni siquiera limpia bien la casa ni cocina rico como su suegra, eso constantemente él se lo recalca. A lo que no logra habituarse es a los golpes, por eso hace lo imposible para que no se enoje, que no se altere. Calla y no discute y no le cuenta a nadie. Tratará de no provocarlo porque no quiere viajar con algún moretón si no su papá le va a preguntar y ella tendrá que mentir, inventar que se cayó, que se tropezó otra vez, porque ella es tan torpe. Serán dos meses de tranquilidad, para juntar energías y recargar las pilas. Aunque apenas llegue allá empezará a contar los días que quedan para volver a esa vida que no es vida, y le darán tantas ganas de quedarse y no regresar nunca más.

Antonio se controla para no hacer parar a Leo, lo harta con sus saltitos y sus gritos, no lo deja concentrar en la lectura de la página deportiva del diario. La cara de Marcelo lo saca de las casillas, desagradecido el pendejo ese, ni siquiera se le parece un poco, ¿será hijo de él? Intuye que algo pasa por su cabeza, el día que ese vago le diga algo le parte la cara de un bife, mejor que no lo busque. ¿Y Luciana? Ahí está la mosquita muerta, otra desagradecida. Por suerte en dos semanas los lleva a todos a las sierras, los deja con el viejo y se vuelve a la ciudad. Le salen baratas las vacaciones, es lo único bueno de ese viejo idiota, que tenga casa en las sierras así puede sacarse de encima el problema todos los veranos. Va, aguanta pasar la Navidad y toda esa estupidez de los regalos y los brindis y los recuerdos de la vieja que se murió y se toma el palo. Otra vez mintió, por supuesto, dijo que no le dieron vacaciones, sólo permiso unos días. ¡Qué bien lo va a pasar sin el piberío y sin Luciana! Fin de año piensa salir y emborracharse, en enero se va a ir a pescar con Beto y después unos días a la chacra de Moncho. Tendrá que trabajar en febrero, pero no importa. Se traerá a Martita, qué está bien buena, con ese lomo... Así le tiene la casa y la ropa limpia, la comida hecha y en la cama... ¡es una puta! Esa sí que sabe, no como Luciana, que aunque le pegue no aprende. Pero bueno, al fin habrá paz y no tendrá que estar gritando todo el tiempo para que hagan algo como corresponde. En cuanto a Luciana, ahí en la sierra no se va a mandar ninguna, entre el viejo y los pibes es imposible, no hay tipos por ahí a los que pueda echarles el ojo y si los hubiera, no se animaría, bah, que ni se le ocurra o la mata.

Don Pedro se para por enésima vez frente al almanaque con una gran vaca sonriente que hace propaganda de leche pasteurizada, uno, dos, tres, cuatro, quince... Cabecea, parece tanto... Una vez al año vuelve a tener a su chiquita un par de meses en la casa, tan igualita a María... Y los nietos, ¡qué regalo de la vida! Ese Marcelo ya es un hombrecito, lo vio crecer cada temporada, desde las travesuras de chicuelo hasta este presente en que está tan alto como él, tan maduro. Va a tener que pensar en proponerle alguna actividad para que se entretenga este verano, quizás pueda empezar a interesarse en trabajar con él cuando termine el colegio, a alguien le tiene que dejar la quesería. ¡Sería tan lindo que se viniera a vivir con él! Además es tan buen chico, inteligente, tranquilo. ¡Y el Leo! ¡Qué pibe! No hay cómo vigilarlo, le hace acordar a él mismo cuando tenía esa edad, aunque de cara es igualito al padre. Despreocupado, alegre, un potrillo indomable. La Pitu es un solcito, su regalona. ¿Se acordará de él esta vez? Porque el año pasado cuando llegó y él la quiso alzar se puso a llorar y se aferró a Luciana. Es chiquita, claro. Luciana... hija querida, cuánto lamenta no haber sido más fuerte cuando murió María, haberla sobrecargado de tareas y además sostenerlo a él. Capaz que no se hubiera ido, que no se hubiera casado con ese mal llevado de Antonio, quién se cree que es... Ojalá sepa encontrar las palabras para hablarle a Luciana, le parece que no está bien, que está tristona, dejada, ha engordado mucho, no se arregla el pelo. Algo le hace ruido, aunque delante de él Antonio se porta siempre como un buen esposo y padre, presiente que su hija sufre. Esta vez le preguntará a Luciana y si confirma sus sospechas de que él la maltrata... ese hombre jamás volverá a poner un pie en su casa y le dirá a Luciana que se quede con los chicos. Hay lugar de sobra. Puede ya imaginar la casa llena de risas y de juegos y a Marcelo… su aprendiz, su socio, su heredero. María estaría feliz desde el cielo, él ya no estaría solo, no estaría contando en el almanaque, como todos los años, cuántos días faltan para las vacaciones. Sí, hablará con su hijita. Hallará las palabras.

¡Al fin! ¡Al fin! María se abraza a un angelito y llora de alegría y hace caer sobre la sierra una lluviecita que Don Pedro mira caer por la ventana extrañando a María.

http://www.novacolombia.info/nota.asp?n=2007_12_3&id=41435&id_tiponota=10

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