lunes, 19 de noviembre de 2007

La verdad de la milanesa

Nada es como parece. O no hay un es, único, indiferenciado. Sólo pareceres, percepciones. Y en la sociedad, las apreciaciones de algunos son más poderosas que los de otros que son, entonces, los que deciden cuál es la verdad, la oficial. La que todos deben aceptar. Yo soy una simple víctima de eso. Me encasillaron, me pusieron la etiqueta, y me mandaron al muere.

No me queda otra que contar “mi” verdad, y confiar que haya quienes se convenzan de ella y me comprendan. Aunque ya sea tarde para modificar las consecuencias de los actos que dicen que he cometido.

Mi vida era intrascendente y aburrida. Hijo único, de padres que nunca discutieron ni se divorciaron. Nadie abusó de mí, ni me pegó jamás. Sacaba las calificaciones justas para pasar de ciclo en ciclo, carecía de aptitudes extraordinarias. Tampoco tuve pasiones, ni coleccioné objetos, ni fui fanático de un deporte o de un grupo de música. Los vicios no me atrajeron, probé fumar pero me daba tos, intenté beber pero me descomponía. En cuanto a las mujeres, no me volvieron loco ni los traseros prominentes ni los senos voluminosos, me puse de novio con una vecina y me casé, porque así debía ser. Tener un hijo tampoco me resultó la gran cosa, pañales, llantos, gastos. Pero mi esposa estaba contenta y eso me pareció bueno. Iba de mi casa al trabajo y del trabajo a mi casa, de lunes a viernes, y los fines de semana siempre igual, los sábados a la quinta de mis suegros, los domingos a lo de mis viejos.

Una noche estaba mirando un noticiero, estaban informando sobre un asesinato ocurrido en mi barrio, reconocí la esquina enseguida. El hombre al que habían matado unos ladrones tenía un mercado. Decía un vecino que había intentado resistirse y eso generó una pelea cuerpo a cuerpo y un disparo mortal. Los malvivientes también eran de la zona, pero nadie se animaba a denunciarlos. Mostraron la sangre en el piso, un enorme charco negro de forma irregular. La viuda llorando desconsolada, reclamando justicia. Objetos desparramados en el suelo, evidencia de la brutal trifulca. Y la gente, con rostros desencajados, gritando, pujando por acercarse al micrófono, por decir su versión, pidiendo seguridad. Unos niñitos de sonrisas desdentadas, sacudiendo sus manitos para saludar, indiferentes al motivo de la aparición de las cámaras de la televisión.

No pude dormir.

En la mañana fui y compré un cuaderno de esos tamaño oficio, cuadriculados. Y empecé a escribir. Conté con una letra apretada, penetrante, cómo había sido el robo, la pelea, el disparo. En primera persona, como si hubiera sido uno de los protagonistas. La adrenalina me invadía, mis pulsaciones se aceleraron, era como ver una película y a la vez ser protagonista de la misma. Jamás me había sentido tan vivo en toda mi existencia. Oí los gritos, me dolieron los golpes, pateé, pegué puñetazos, disparé, ví cómo el hombre caía y se desangraba y con una sensación de poderío tomé el dinero de la caja y huí con mis compañeros. Cuando terminé de redactar, estaba sudando y respiraba con dificultad, como si hubiera corrido decenas de cuadras. La convicción de ser todopoderoso fluía y me excitaba maravillosamente.

Cerré el cuaderno, lo guardé en la mesa de luz, y me fui a bañar. Esa noche descansé tranquilo, satisfecho, pleno, feliz.

Se me hizo costumbre. Cada vez prestaba más atención a los detalles de los crímenes, aprendí de armas, de metodologías delictivas, de códigos del bajo mundo. Leía de punta a punta los artículos policiales y no me perdía ningún informativo. Mi cerebro efectuaba conexiones que jamás había hecho, mis pensamientos se habían renovado, ya no me sentía aburrido. Se convirtió en obsesión, lo sé. Pero no podía evitarlo, necesitaba enterarme. Mi esposa no se dio cuenta de inmediato, pero cuando me preguntó por qué tanto interés en los asuntos policiales simplemente le dije que todo el mundo estaba preocupado por eso, que los delitos estaban aumentando y en la oficina todos comentaban, no podía quedarme al margen y sin participar de las charlas. Me creyó.

Escribir y describir y relatar esas historias se transformó en una tarea excitante, ceremonial. Me sentaba en el escritorio, con mi cuaderno, una lapicera, un vaso de vino, ante la hoja en blanco. Arrancaba y no me detenía hasta el punto final, hasta lograr mi cometido: muerte, dinero y huida. Así volcaba en el papel los crímenes que leía en los periódicos y relataban en la televisión. Como si yo los hubiera cometido.

Tanto pensar y repensar, pude ir entendiendo cómo era el proceso mental que llevaba a una persona a actuar de una forma tan cuestionable. Comprendí esos intrincados caminos de historias personales, motivaciones ocultas, necesidades imperiosas, omnipotencia absoluta, excitación vital. Tanto es así que comencé a escribir planes, a armar las historias previendo los sucesos, ya que vislumbré las reiteraciones, las similitudes, las probabilidades. Eso agregó a mi labor literaria un ingrediente más de intensidad: el de aguardar que lo imaginado sucediera. Y sucedía. Inevitablemente sucedía. Y ahí me sentaba, más aplacado, a continuar el relato completándolo con los hechos acaecidos, agregando los nombres de las víctimas, las direcciones de los domicilios, el calibre de las balas. Fui afinando mi capacidad intuitiva de manera tal que me volví capaz hasta de eso, de saber dónde ocurriría con notable aproximación, y hasta de suponer características específicas de los futuros sacrificados tales como la edad o el sexo.

Cuando abría la sección de policiales del diario en la oficina en la mañana, se confirmaban mis hipótesis, mis relatos adquirían realidad, textura, apellido, se ratificaba la hora de la muerte, el monto del robo.

Era Dios.

Mi esposa declaró que mis hábitos no variaron, siempre salí y volví a mi hogar a las mismas horas. Nadie declaró haber notado actitudes sospechosas en mi proceder. No hay una sola persona que haya confirmado haberme visto perpetrando ni uno solo de esos asaltos, ningún testigo de los asesinatos constató mi identidad. Sin embargo, el Juez consideró relativos esos datos y tomó como prueba absoluta mis anotaciones. De nada sirvió que yo le explicara una y otra vez que todo eso era producto de mi imaginación, elaboración total de mi mente.

Los psiquiatras que intervinieron en el caso llegaron a la conclusión de que yo había tenido un proceso de deterioro de mi personalidad y había canalizado en la realidad mis delirios, que en principio escribía relatos de hechos sucedidos, pero que eso no había sido suficiente para satisfacerme, por lo que finalmente había planificado y consumado los crímenes. Y el Juez les creyó. Nadie, nadie, quiso admitir que yo había logrado semejante grado de percepción de los acontecimientos, con tanta claridad que pudiera preverlos, presentirlos con tanto detalle.

Como decía al principio, la verdad es relativa y la que tiene peso es la del que tiene autoridad. Yo soy un simple oficinista, un tipo mediocre que descubrió de esta manera extraña una capacidad que se convirtió en mi perdición. En cuanto al dinero que encontraron en mi casa y algunos objetos provenientes de robos, los revólveres, los cuchillos y la ropa con restos de sangre, no tengo idea cómo llegaron ahí. Me los pusieron, por supuesto, para achacarme el fardo de todos los casos irresueltos y conseguir algún ascenso a costa de mi libertad y mi honor. Reconozco, lamentablemente, que hasta ahí llegaron mis visiones y no supe vaticinar que la policía allanaría mi vivienda y me detendría acusándome de tantos delitos y que esas fechorías eran, justamente, los que estaban escritos con precisión en mis cuadernos.

Yo no fui.

Soy inocente.

Esa es mi verdad.

http://www.novacolombia.info/nota.asp?n=2007_11_19&id=41136&id_tiponota=10

1 comentario:

emilio dijo...

Excelente y como siempre me da envidia! dediqueme el nobel, ¿sí?