martes, 6 de noviembre de 2007

Hijo de padre



-Yo soy tu padre...
Volvió a decirme, mientras caminábamos por el sendero florido y perfumado, acercándonos al faro. En ese momento sonaba como simple ratificación de un hecho lógico.

Mi padre había sido un temido capo mafia, de esos que llevan sobre sus espaldas muchos muertos y las manos enguantadas. Siempre codeándose con el poder, un caballero impoluto. Su rostro no dejaba trascender emoción alguna, pero su mirada denotaba inteligencia y perspicacia, era imposible sostenerla sin sentir un escalofrío recorriéndote.

Nos acercamos al faro, la vista desde el promontorio era espléndida. Mientras lo observaba de reojo, contemplando como se extasiaba respirando profundo, recordé que de pequeño yo ignoraba sus ocupaciones. Él se preocupó por estimular mis capacidades, estudié en los mejores colegios y universidades y con el tiempo, me fui incorporando a sus negocios. Había una maldad subyacente en su manera de manejar a las personas, apenas perceptible, pero que podías detectarla en la minuciosidad de sus acciones que jamás tenían un objetivo inmediato sino de largo plazo. Controlar, manejar como títeres, tener a todos pendientes... Sentía un placer inconmensurable al desnudar las debilidades humanas, nada le gustaba más que lograr el quiebre psicológico de sus víctimas. Las muertes sólo eran un dato superficial, un anexo.

Sonrió al encontrarse con varios niños que correteaban entre los juegos al pie del faro, hamacas coloridas, una calesita con sirenas. Dos mujeres estaban sentadas en un banco tomando mate y conversando alegremente. Mi padre antes no reía nunca. La primera vez que soltó una carcajada me sorprendió, recién salía de la clínica donde había estado internado y alguien le había entregado un sobre, lo abrió, lo leyó, y rió. No me atreví entonces a preguntarle nada. Pero desde ese momento en adelante los cambios se sucedieron uno tras otros, sin motivo aparente. Fue blanqueando las operaciones, desmantelando los grupos de tareas, creó una fundación para investigación en la que depositó los fondos bancarios, becó a los hijos de todos los empleados. Lo ayudé, sin cuestionarlo, parecía absolutamente seguro y convencido de lo que hacía y, ciertamente, algo en el fondo de mi conciencia estaba feliz.

Llegamos a la puerta del faro, estaba abierta, leyó una placa que recordaba a un farero fallecido al que aparentemente todos habían amado y había hecho de ese lugar un pequeño paraíso. En el salón pudimos apreciar fotos del farero, un hombre sonrosado, siempre rodeado de niños.

- Ha de haber sido un hombre de buen corazón, dijo. Yo asentí, y subimos lentamente las escaleras caracol hasta llegar arriba. La vista era conmovedora, en el horizonte el cielo y el mar se fundían, las olas dibujaban jorobas espumosas que iban a estrellarse contra las rocas de la barranca. Verde, verde, alrededor del faro un prado con senderos bordeados de flores innumerables, una pareja caminando de la mano.

Yo sabía que era mi padre, el mismo que se sentaba en la cabecera de la enorme mesa de roble y había dirigido sin duda alguna las operaciones más truculentas. Y no se parecía a éste, que me abrazaba como nunca lo había hecho, compartiendo un momento de intimidad en ese sitio tan extraño.

- ¿Por qué habremos venido aquí?, me preguntaba. Le habían hecho en la clínica un transplante de corazón, y desde entonces el proceso de transformación se había ido multiplicando. Hasta sus facciones se habían modificado, ablandando su mirada. Yo me imaginaba que al estar tan al borde del

fin habría reflexionado sobre su pasado y eso habría motivado el cambio. Una especie de resurrección, de regeneración, de lavado de pecados.
rY, como respondiendo a mi interrogante mudo, mi padre contestó.

- Fue el último hombre que mandé matar, su corazón era compatible. Necesitaba venir para entender quién soy ahora.


http://www.novacolombia.info/nota.asp?n=2007_11_6&id=40861&id_tiponota=10
http://brevesnotanbreves.blogspot.com/2009/01/hijo-de-padre-nanim-rekacz.html
Foto: Por Nanim Rekacz, Neuquén, 2006

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy ingenioso, hasta el final estaba convencido de algo equivocado.
Me gusto mucho.
Por algo eres mi idola, se dice asi?
Cuidate

Anónimo dijo...

Es un poco cruel pero si muchos de los que tienen el poder encontraran un corazón así valdría la pena el sacrificio por la resurrección. Quizás me equivoco, con la justicia (como ya nos has hecho ver con la historia de la última entrada) se tiene que hilar muy fino.
Un beso enorme Nanim.

Anónimo dijo...

Soy Yudy. Mi ordenador va a su bola y se me escapó.