lunes, 12 de noviembre de 2007

El desquite

Hay oficios a los que algunas personas arriban por circunstancias fortuitas, no elegidas.

Así le había sucedido a Mauro Quiroga. Dueño de un exquisito vocabulario y una gramática perfecta, era feliz dejando fluir su pensamiento fértil sobre las páginas en blanco que, con una rapidez admirable, se llenaban de caracteres a los que apenas sería necesario rever más tarde.

No existía género que le fuera hostil. Poesías exultantes, cuentos de intriga y hasta una apasionante novela, fueron paridos con orgullo controlado. Un inconveniente impedía que alguien más que él lo supiera: en sus venas corría sangre de un pariente famoso al que supuestamente debía emular por mandato familiar. Prefirió callar sus aptitudes, temeroso del juicio de los otros, de la comparación inevitable. A escondidas, desarrollaba su frenesí creativo.

Asistente regular a sus clases universitarias, rindió puntualmente las materias con notas aceptables, sin hacer demostración de su capacidad. No había precisado tener empleo porque sus padres se preocuparon por satisfacer sus necesidades materiales. Pero -siempre hay un pero en la vida de la gente- llegó un día en que debido a motivos imprevistos, (aunque lógicos en unas tierras subdesarrolladas como éstas, donde la economía y la política oscilan peligrosamente), tuvo que interrumpir esa perfecta existencia. Vía referencias de un docente de la facultad, consiguió trabajo como ayudante del editor de una revista literaria, que le permitiría acceder a un modesto ingreso para satisfacer su subsistencia.

Era una tarea medianamente fácil para una persona como él, obviamente le parecía poca cosa y le resultaba íntimamente vergonzante. A gran velocidad, aunque lo disimulaba, revisaba eficientemente los textos antes de ser enviados a impresión. Si bien la nueva rutina no lo pareció maravillosa, al menos no estaba hombreando bolsas ni vendiendo lapiceras en los colectivos. Pero –a veces hay más de un pero en la vida- le fue encomendada la corrección de los cuentos de un tal Mastropiero Buenaventura. Era éste un ser desagradable que, con actitud obsecuente y halagos azucarados a la directora, había conseguido un espacio de privilegio, que no surgía de la calidad de sus “creaciones”. Conmocionado, en silencio, Mauro los leía uno tras otro en la soledad de su oficina . Los textos le produjeron un padecimiento intelectual: personajes desdibujados, desenlaces inexistentes, cursis hasta el hartazgo, abundaban en reiteraciones y las tramas eran incomprensibles. Su jefa había ordenado: “Pulilos, corregilos, hacé lo que haya que hacer pero que queden perfectos. ¿Me entendiste?”

Había comprendido. No era su elección ser corrector y ahí estaba, ante esos papeluchos de otro, con la misión de hacer milagros. ¿Cómo lograrlo sin permitir que su lírica espléndida se colara entre los párrafos, que sus metáforas delicadas suplantaran las burdas comparaciones, que los sugerentes principios y brillantes finales sustituyeran las mediocres frases inexpresivas? Para otro serían los laureles, para él, el anonimato.

Nunca supo cómo sucedió, no pudo encontrar una respuesta lógica a sus reacciones, más inconscientes que premeditadas. Cuando le pidieron explicaciones, fue incapaz de darlas. Debía enviar el cuento modificado a la imprenta y su dedo índice se detuvo en el aire.

Y decidió hacer clic en uno propio.

Ahora, consumado ese acto reivindicativo, convertido en volcán su pecho, sudando, mide las consecuencias del exabrupto. Tiene la certidumbre de que le llegará la gloria, el reconocimiento. Sus padres estarán orgullosos. La directora se verá obligada a cederle el lugar que pretendía ocupar ese chupamedias inútil incapaz de redactar coherentemente. Recoge su agenda, su saco gris, apaga la luz y cierra el despacho. Por fin se ha arriesgado a ser leído. No tiene miedo, la euforia le pone alas en los pies y se desliza hacia su casa. El mundo sabrá quien es Mauro Quiroga. Puede ver ya sus libros en las vidrieras, comprados masivamente. Imagina las entrevistas en la televisión, los viajes a congresos, probablemente una cátedra, una nominación al Nobel de la Literatura, de aquí a unos años...

A la mañana siguiente, sobre su escritorio hallará un ejemplar de la revista, la abrirá en la página diez y con cara de espanto verá impreso el texto original de Mastropiero Buenaventura. Y a un lado, en un sobre a su nombre, la notificación de despido.


http://www.novacolombia.info/nota.asp?n=2007_11_12&id=40982&id_tiponota=10
Foto: Por Nanim Rekacz, 2006, cámara de celular, mano de mi hermana

4 comentarios:

emilio ferrero dijo...

Muy interesante descripcion del mundo de los escritores y los artistas en general.
En lo personal prefiero a desprolijidad y la falta de taleto de Mastropiero que a la cobardía de Quiroga.
Felicitaciones nuevamente

Nanim dijo...

Sabe, me parece que lo conozco lo suficiente como para no creerle que prefiera la desprolijidad y falta de talento de Mastropiero. Justamente ud., tan metódico, tan cumplidor, fan perfeccionista... Y si algo no me puedo imaginar de Ud. es ser chupamedias para conseguir algo. En cuanto a Mauro, no sé si Ud. leyó bien el cuento, era cobarde para mostrar lo que escribía, y cuando se decidió a mostrarlo le erró a la tecla. Fue su único acto de audacia lo que lo condenó.

Anónimo dijo...

pido disculpas, mis catratas estan trayendome algunos problemas mas de los que suponía.
En cuanto a lo otro, me disculpo por opinar sobre los personajes, debía hacerlo sobre el texto, que es, como siempre, excelente

Anónimo dijo...

Hacia rato no leia un cuento tan bueno como el publicado en Nova Colombia, me refiero al de la verdad sobre la milanesa, me parecio maravilloso... muy sabroso. Felicitaciones y que te sigan publicando.