lunes, 26 de noviembre de 2007

De este café no has de beber

El lugar está en semipenumbras. En el medio del salón, una mesa con dos sillas. Se escuchan rumores de conversaciones, risitas contenidas, alguna tos. Frente a frente ellos están ahí sentados con un par de tacitas de café. Una vela encendida les ilumina, parpadeando, los rostros. Hay expectativa, tensión.

- La verdad, Anastasia, es que creo que nunca debimos habernos ni siquiera conocido, fue una cosa del azar. Yo no tendría que haber ido a esa fiesta a la que no estaba invitado y vos mejor te hubieras quedado en casa de tu amiga, mirando películas.

- ¿Me estás diciendo que lo que en su momento nos pareció una maravillosa coincidencia fruto de nuestras mínimas elecciones inconscientes, una conjunción planetaria, una bendición del destino o un misterioso designio de Dios, sólo fue un accidente desgraciado?

-Así es, no tenemos nada en común, tus orígenes son opuestos a los míos y eso nos hace incompatibles. Nos engañamos, pensamos que significaba una confluencia, un cruce de caminos, un desafío a la familia y una burla sutil a la lucha de clases. Cuando nos planteamos la hipotética construcción de un futuro juntos, también le erramos.

- “Cal y arena”, decíamos. Buscamos en nuestras historias esos vestigios de pasos antecedentes. Presumimos un misterioso objetivo que debíamos develar.

El muchacho entrecruza sus manos y baja la cabeza, como orando. Rastrea en su memoria emotiva, busca las palabras adecuadas para responderle. Le vienen a la mente escenas de películas, diálogos pensados una y otra vez antes de ubicarse frente a Anastasia. Recuerda los consejos recibidos, los gestos exagerados que no debe hacer, lo que se dice con el cuerpo sin hablar. Después del silencio, levanta la vista hacia el rostro de la muchacha y le toma las manos, delicadamente. Y contesta:

- Creímos que las diferencias de prioridades, actitudes, necesidades, eran complementarias y estimulantes. No hubo día que no discutiéramos. Más que cal y arena, éramos, somos, agua y aceite. No nos lastimemos más.

- Pero eso era debate adulto, argumentábamos y dábamos ejemplos... Jamás nos gritamos ni nos golpeamos.

- Aunque no nos hayamos agredido, de hecho intentábamos demostrar que teníamos razón y el otro estaba equivocado. Eso, simplemente, se llama egoísmo, soberbia, discordancia.

- Pero éramos felices... Yo era feliz...

Anastasia observa a su alrededor, la oscuridad llena de siluetas que apenas se mueven, presiente las miradas de los otros. Hasta oye sus respiraciones. El aire vibra, se presume un desenlace que se aproxima inevitablemente. Se retrotrae a otras despedidas, viejas frustraciones, sueños deshechos También ella busca, estudiadamente, la concordancia entre sus facciones y sus sensaciones, la acentuación conveniente y el término justo no aparece, se queda pegado en la punta de su lengua rígida. El tiempo parece detenerse, entonces él retoma la palabra, cortando el mutis perturbador.

- Éramos felices en nuestra ignorancia, en una burbuja de ilusiones. Queríamos sentirnos así y lo inventamos.

- Nadie creía en nosotros, y nosotros sí.

- Deberíamos haberles prestado más atención a nuestros padres y amigos. Rechazamos todos los consejos, enfrentamos la oposición.

- Decíamos que el amor todo lo puede.

- El amor puede pero, date cuenta, nosotros nunca nos amamos, mi amor.

Anastasia se incorpora bruscamente, como si un resorte la hubiera hecho saltar y, apoyando las manos en la mesa, sube el tono de su voz. Suena a reproche, a herida abierta y sangrante, a indignación. Ni siquiera reflexiona, es una explosión desde las entrañas:

- ¿Me decís mi amor? ¿Decís que nunca nos amamos, y me decís “mi amor”? ¿Te estás oyendo?

Rodrigo se mueve nervioso en la silla, dándose cuenta de que dijo lo que no debía decir, que se deslizó por un precipicio pero no tiene de dónde sostenerse, no hay manera de rectificarlo. Es como cuando uno se equivoca de nombre y llama a la nueva novia con el nombre de la ex, o le pregunta a una mujer con pancita si está embarazada y ella con cara de odio responde “estoy gordita”. Lo dicho, dicho está. Al menos ella ha reaccionado, se ha retomado el diálogo y ha dejado de lado ese tonito lastimero y decadente.

- Es costumbre, nada más, no malinterpretes.

- ¿Cómo pretendés que ahora crea que tu “mi amor” es simple costumbre y yo lo malinterpreto, cuando antes tu “mi amor” era una declaración sincera, como vos mismo me repetías?

- Antes creía eso, ahora no.

- O sea, ¿como vos dejás de creer, yo tengo que dejar de creer también? ¿Estás imponiéndome tu pensamiento? ¿O querés hacer una traslación de tus dudas, hacerme dudar? No, ya sé, ya sé, me estás poniendo a prueba, ¿cierto?

- Anastasia, ya no sé cómo hablarte ni qué decirte. Te explico de una y mil maneras que esto no va más, y no lo aceptás.

- Mirá como me mirás. Con esos ojos dulces, dos cielos... Con esos ojos hace cinco meses me dijiste “te amo” y fue suficiente para sacudir el universo. ¿Y con esos ojos ahora me decís lo contrario, y con tantas palabras? ¿Cómo pueden caber en la misma mirada el amor y el desamor, la promesa y la despedida, los sueños y las pesadillas? Me mentiste, Rodrigo, me engañaste...

- No, nunca te mentí, me mentí solo. Yo me hago cargo.

- ¿Y eso lo justifica? ¿Qué hago con tu “me hago cargo”? ¿Para qué sirve? Eso es una frase hecha, un mamarracho.

- Para nada. Pero no te hagas la víctima. No pensés que no sufro, estoy destrozado por dentro, me siento mal, muy mal... La verdad libera, dicen, pero yo siento que esta verdad me hunde, me ahoga.

- Te odio, Rodrigo. No existís.

- ¿Ves? Me estás dando la razón. Mirándome con esos mismos ojos, hablándome con esa misma boquita, me susurraste “yo también te amo” hace cinco meses. ¿O no? ¿Te das cuenta?

La luz de la vela les dibuja sombras y brillos en los rostros contraídos. Una lágrima cae por la mejilla de Anastasia. La rechaza, la borra rápidamente, se sienta, vencida y triste. Ella también siente que aquella pasión dulce se ha convertido, de pronto, en rechazo, en asco. Así es la vida, dicen. Duele. No es la que fue, las circunstancias cambian, las personas se transforman, los papeles se trastocan, los protagonistas de las historias de amor y desamor transitan la historia de la humanidad y ellos son, simplemente, dos más que fueron uno alguna vez.

- Tenés razón.

- No quiero tener razón, pero la tengo.

- Idiota. Yo tenía mis dudas, pero parecías tan seguro que me convenciste. Pensé que tu amor, tus certezas, tu seguridad, me persuadirían. Y buscaba respuestas en el horóscopo chino, en el horóscopo maya, en las cartas de ángeles. Descartaba todo aquello que rebatía tus explicaciones, me quedaba sólo con lo que servía para sostener nuestras teorías. ¿Y ahora?

- ¿Ahora qué? Ahora nada, Anastasia, todo terminó. Que seas feliz.

Rodrigo deja en la mesa un billete, mira los cafés que no han bebido, sacude la cabeza cavilando vaya a saberse qué y se va hacia la derecha. Ella permanece unos segundos más y luego, suspirando, apaga la vela y se retira hacia la izquierda.

Están conformes, el diálogo improvisado ha resultado bastante convincente, se han emocionado y sienten que eso ha podido ser transmitido. Un instante después, los aplausos de sus compañeros del taller de teatro lo confirman.

Liliana piensa que más tarde deberá ir a su cita, con su verdadero nombre, a terminar su relación con su novio. No fue difícil inspirarse esta noche y las líneas que inventó Miguel le fueron sumamente útiles para explicarle lo inexplicable, que no están hechos el uno para el otro, que nunca lo amó. Fue acertado seguir el consejo de la psiquiatra, esto del taller está fantástico y, además, Miguel es tan atractivo...

http://www.novacolombia.info/nota.asp?n=2007_11_26&id=41298&id_tiponota=10

1 comentario:

fer dijo...

apuesto a que en unos meses el diálogo con Miguel podría ser ese, el que acaba de surgir de ese juego de taller... indefectiblemente será siempre así...
un beso
fer