miércoles, 10 de octubre de 2007

Vida de gatos

Catalina renguea un poco de la pierna derecha, el taco de su elegante zapato viejo ya adoptó la forma precisa de la inclinación de su cuerpo. Por eso no usa esos mocasines que le regalaron, le resultan incómodos y le hacen doler la espalda. Ya bastante tiene con las puntadas de la artrosis.
Nunca ha cambiado los muebles de lugar, todo se conserva prolijamente igual que cuando se casó: el hermoso juego de living francés, ahora con el tapizado un poco raído; los cortinados dobles, el comedor de cedro tallado finamente... Siempre ocupa la misma silla con apoyabrazos, en una de las cabeceras, cuyo asiento se ha ido hundiendo imperceptiblemente. Catalina es toda una dama, prepara para cada comida un mantelito individual bordado, copas de cristal, cubiertos de plata, vajilla de porcelana. Aunque cocine en una olla más moderna, lleva a la mesa su más bonita fuente y extiende la servilleta modosamente para protegerse la falda.
Cuida sus plantas con amor, limpia las hojas con un algodón embebido en agua y las riega de acuerdo a las necesidades de cada especie. Lo aprendió de su madre, allá en el campo. Les habla, les pide brotes, les agradece las flores.
Sale poco, hace pequeños mandados en los comercios cercanos porque los hipermercados la asustan con sus pasillos, su ruido, la multitud. Algo ha cambiado: ahora la verdulería es de unos bolivianos, el mercado lo compraron unos chinos, la farmacia es de una cadena. Tampoco es el mismo el sabor del pan, de la manteca, de las naranjas.
Mientras repasa el aparador con un plumerito, se detiene a mirar las fotos. Hay portarretratos de varios estilos, uno de plata bellamente trabajado contiene una foto sepia: ella sentada con su vestido de casamiento en un sillón –el mismo sillón del living- y su esposo de pie, tan jóvenes y felices éramos, piensa. Fotos de su niño Leonardo a caballo, de Leonardo y Eugenio con uniforme escolar, y ambos ya adolescentes con la pequeña Francisquita, en unas vacaciones en Mar del Plata. Los nietos en Disney World. ¿Cómo se llamaban? Trata de buscar en la memoria los nombres de esos pequeñines rubiecitos pero se le mezclan con los de sus hermanas y hermanos y primos... Hace tanto que no los veo, suspira. Es que Eugenio está muy ocupado con la inmobiliaria y la mujer... ella nunca me quiso mucho así que no me los trae. No quiere tener malos pensamientos así que sacude sus canas enruladas y se mira en el espejo biselado. Sus ojos, transparentes, la miran con tristeza.
Como sabiendo, se roza contra sus tobillos el Michi, enorme gato negro de angora. Maúlla, desde la cocina, reclamando su alimento, la blonda Susanita. Catalina los saluda, rezonga. Ya te sirvo tu lechita, Susy, sos una angurrienta. Y vos, Michi, basta de pasar entre mis piernas que me vas a hacer caer. ¿Dónde está la pequeña Lulú? Lulú duerme enroscada entre dos almohadones de raso en la cama de dos plazas y se despierta al oír el llamado de Catalina, o quizás al escuchar la heladera de la que ahora está sacando la caja de leche. Arquea su espalda, estira las piernas, y con pasos de princesa va a tomar su desayuno. Qué bellos son los tres, suaves, tiernos, mimosos, pendientes de ella... Los acaricia con devoción, como cuando pasaba sus manos por los cabellos de sus hijitos. Sus hijitos... ¡qué buenos hijos ha tenido!. Los tres estudiaron en la universidad, se recibieron, viajaron, se casaron, tienen su independencia económica. Lo que siempre soñaron Don Ernesto y ella. Sólo Eugenio le ha dado nietos, ¿cómo es que se llamaban? Sebastián y Florencia... no, Florencia era su prima. Micaela... sí, Micaela. Una pequeñita de rulos rubios y ojos como los de ella, igualita a Francisquita cuando era de esa edad. Pero, ¿qué edad tendrá Micaela? La vio para Navidad, el año pasado. Ha de haber cumplido cinco. No fue al cumpleaños, no la pasaron a buscar. Dijeron que vendrían pero después no pudieron. Una lástima, ella estaba lista, hasta se había puesto esos zapatos nuevos que le hacen doler la espalda porque el taco no se ha desgastado aún. Menea de nuevo su cabeza, para espantar las congojas que pretenden invadirla y ella no quiere, no quiere. Mejor piensa en otra cosa, ¡qué bueno es que Leonardo, que es abogado, le haya hecho las gestiones para el descuento automático de los impuestos y gastos!. Ya no tiene que ir a pagar nada, esas largas colas... Dos por tres se olvidaba y después se quedaba algunos días sin luz, o sin gas, o le venían las intimaciones de la Municipalidad y se daba cada susto con las deudas.
Catalina transcurre sus días y sus tardes y sus noches de manera metódica, simple, sin molestar a nadie. A veces suena el teléfono, y se emociona, se le agita el alma, ha de ser alguno de los chicos... Pero no, son promociones, encuestas, número equivocado. Ella llama a veces, pero casi nunca están, es que trabajan mucho. Además ya le dijeron que no gaste, que ellos la van a llamar.
Apenas se despierta enciende la vieja radio, y suele bailar algún bolero, abrazando un cuerpo inexistente del hombre que fue su único hombre. Después de almorzar y de cenar pone un rato la televisión, como una compañía. No logra concentrase frente a ella, su mente tiene vuelo propio y basta una imagen, una palabra, una música, para transportarla al pasado. Y en ese viaje se entremezclan, en perfecta combinación, las sensaciones más preciosas y los momentos más intensos y felices. Vuelve a amar y ser amada, a parir, a oír “mamá” por primera vez, a acompañar pasitos dubitativos, a festejar cumpleaños y enorgullecerse de títulos. Regresa a las celebraciones, desata moños de regalos, se enternece con un dibujito pintado a dedo con témpera. Juega en las olas con sus hijos y los hace perder el miedo al mar, trepa a un árbol para buscar a la niña que se ha escondido. Comparte otra cena de Navidad con toda la familia reunida, allá en la estancia de sus padres, todos con los rostros rubicundos de tanto sol y cabalgatas. De vez en cuando le parece oír una risa en el patio, un llamado desde los cuartos de arriba, se sobresalta. Presta atención, pero no... Sólo hay silencios en la casa, Es, simplemente, la televisión.
Ya está oscuro y Lulú viene a avisarle con sus bigotes en la mejilla que es hora de ir a dormir y seguida por los tres gatos va al baño, se quita la dentadura postiza y la lava cuidadosamente, la coloca en un vaso con agua, se enjuaga la boca haciéndole caras raras al espejo. Coloca en su cabeza una cofia para que no se le desarmen los rulos de peluquería y desarma con delicadeza las sábanas, abriendo un triángulo. Le gusta dormir de espaldas, extendida, relajada, los brazos a los lados con las palmas hacia arriba. Siente que absorbe energía y a la vez, se entrega a Dios. Reza en silencio. Agradece, siempre agradece y pide bendiciones para sus hijitos y sus nietos y manda su amor a su familia que está en el cielo.
Los gatos repiten la ceremonia: Lulú se introduce de cabeza en el recoveco que queda entre el hombro y el colchón, hasta desaparecer, y luego asoma entre los senos de Catalina. Es la única que duerme adentro de la cama. Susanita y Michi prefieren quedarse sobre el acolchado, ella se acomoda sobre su vientre y el gran gato negro, a sus pies.
Y cada vez que cambia de posición, ellos lo hacen también, readoptando la forma más cómoda para no perder contacto con el cuerpo tibio de Catalina, dándole a ella también su calorcito ronroneante. Si alguien pudiera entrar en la habitación, creería escuchar una sola respiración, percibir un solo latir, ver un solo cuerpo.

Leonardo y Francisca han concurrido nuevamente a las oficinas de Eugenio. Les explica con sumo detalle el valor inmobiliario de la casona, la importancia de aprovechar oportunidades. También hablan de la salud de la madre, que está viejita y sola, que apenas puede con sus piernas y su artritis. Intercambian impresiones sobre sus olvidos y descuidos, el peligro para sí misma y para los vecinos por los riesgos que implica dejar una olla en la hornalla encendida por muchas horas. ¡Un incendio podría haber provocado! Sí, ciertamente, además no nos hace caso y cuando golpean la puerta va y abre, atiende el teléfono y da datos. Cualquier día de estos van a entrar y la van a golpear creyendo que tiene dinero guardado. ¿Tendrá dinero guardado? No creo, dice Leonardo. Yo la hice depositar todos los dólares que tenía en una caja de ahorro, de ahí se hacen los débitos de los impuestos y gastos. Pobre mamá... Francisca se frota las manos, un poco nerviosa. Quizás sea la culpa que no puede manifestarse, pero los tres se demuestran mutuamente convencidos de estar haciendo lo correcto. Eugenio afirma, una y otra vez: es por su bien, es por su bien... Y sigue sacando cuentas con pulcritud metódica. Valor por metro cuadrado, propiedad horizontal, un piso para cada uno... Leonardo, el abogado, ha arreglado ya todos los papeles y como para que no quepan dudas también repite: es todo legal, es todo legal. Pobre mamá, insiste Francisquita. No se le ocurre otra cosa. Nunca ha tomado decisiones propias, no va a cambiar ahora. Entonces, ¿podremos verla los domingos?, le pregunta a Leonardo, aunque ya sabe la respuesta. Y también sabe que los domingos no puede, porque va al Club con las amigas y faltar al club, es impensable. Eugenio acomoda papeles en el escritorio, sí, sí, ya te dijo Leo, los domingos iremos a visitarla. No le tiembla la voz. Hace infinitos domingos que no va a ver a su madre a la casona, que sabe que tampoco irá al geriátrico. Ni siquiera fue a buscarla para el cumpleaños de Micaela... Pero todos, tácitamente, acuerdan mentir y mentirse a sí mismos. Así es más fácil, nadie se hace reproches, está todo bien... Se reparten de antemano algunos muebles, otros serán vendidos a una casa de antigüedades. Después resolverán qué harán con el resto de las cosas: la vajilla de porcelana china, las sábanas del ajuar bordadas minuciosamente a mano, las fotos, las cartas, los cuadernos de la primaria que aún guarda Catalina en el desván. ¿Y los gatos? Cierto, esos gatos... Yo soy alérgico, yo no tengo lugar, a mi esposa no le gustan, en el geriátrico no permiten mascotas. Yo tengo un veterinario amigo, recuerda Eugenio, hablaré con él.
¿Quién se lo dirá? Silencio. Incómodo, filoso. Nadie se mira a los ojos. Vos, dicen al unísono los hermanos a Francisca. Después de todo vos no hiciste nada, nos ocupamos de todo estos nosotros. Y Francisca, que jamás ha enfrentado a sus hermanos mayores, que le llevan más de diez años, asume la función de ir a buscar a Catalina y llevarla al geriátrico.. Mentirá. No hay otra opción. Le dirá que irán unos días de vacaciones a la estancia, la hará preparar unas valijas. Así será menos doloroso dejar atrás más de medio siglo vivido entre esas paredes, con tantos fantasmas y recuerdos. Evitará una escena, dar explicaciones imposibles de dar, ella no entendería. Ella, quizás, hasta se resistiría o se pondría a llorar.
Pero es por su bien, es todo legal, pobre mamá...

Ha llegado a este bonito lugar en la mañana, con Francisquita. ¡Qué alegría cuando su hijita la llamó por teléfono para avisarle que preparara el equipaje que irían al campo! Escuchar de nuevo la voz de su princesita rubia, imaginarse con sus hijos y sus nietos... Por fin, sí, se reunirían todos el domingo, harían un gran asado y caminarían por el bosquecito y el aire le haría bien. ¿Y los gatos? No te preocupes, mami, le diré a una amiga que vive cerca de la casa que vaya todos los días a darles de comer y hacerles unos mimos así no te extrañan.
Ahora está sola en una habitación pequeña, sentada en una silla de respaldo recto, mirando el jardín por la ventana enrejada. Hay una cama de una plaza con un acolchado rosa, una mesita sobre la que acomodó sus cremas, su peine, el perfume de lavanda, su cartera. En el placard, Francisquita le ordenó prolijamente en perchas y cajones la ropa y guardó la valija en el estante superior.
Huele a limpio. Se escuchan unos gorriones en el pino que inclina su sombra hacia ella, mientras detrás el sol que se va escondiendo envuelve todo de rojos y naranjas. Su hija dijo que vendrían el domingo, que acá estará bien cuidada, que hay enfermeras y médicos y otras señoras con las que podrá jugar a las cartas y tomar el té y hacer jardinería y preparar tortas. También le explicó que no le faltará nada, que la comida es buena, que la ropa la llevan a una lavandería y se la traerán planchadita. Y que vendrían el domingo. Que los gatos van a estar bien, vas a ver, mami, a mi amiga le encantan los gatos, sí, sí, también va a regarte las plantitas, el potus poca agua, el helecho con el pulverizador, lo anoté todo, mami. Sí, también le voy a decir que se fije si te acordaste de cerrar la llave de gas. Nos vemos el domingo, ma. Y se fue...
Extraña a sus mininos, pero está contenta, se juntará la familia otra vez, habrá un rico asado y verá a los nietos, ¿cómo era que se llamaban? ¿Vendrán acá? No, claro, van a ir a la estancia, al campo donde nació, donde se crió, donde pasaban los veranos. Si pudiera estar Ernesto, qué orgulloso estaría. Podrían hasta bailar un bolero. Lástima que no se trajo la radio, pero hay televisor en las salas comunes, dijo Francisquita, en el comedor y en la sala de estar. Y si necesita algo urgente sólo debe tocar el timbre que está en la mesa de luz. Mueve la cabeza, se le confunden las cosas un poco, la estancia, los hijitos, ese cuarto, su habitación en la casona, Ernesto, el domingo, los nietos... Pero va a estar todo bien...

Ya está oscuro. Va al baño, se quita la dentadura postiza, la cepilla, la guarda en un vaso. Se hace un buche y gesticula frente al espejo, se ve los ojos tristes y se evita la mirada. Se pone dificultosamente el camisón largo, que su hija le dejó a mano, y la cofia. Camina rengueando, con sus viejas chinelas desgastadas. Abre cuidadosamente un triángulo en las sábanas, se cubre de rosa, y se extiende como le agrada, de espaldas, los brazos a los lados, las palmas hacia arriba. Para que la energía fluya. Reza a Dios. Agradece y pide bendiciones. Manda su amor a la familia que está en cielo. Y unas caricias a Lulú y a Susy y al Michi.
Esta noche no hay ceremonia, la pequeña Lulú no se enrosca sobre su pecho, Susanita no hace un nido dorado en su vientre, el enorme gato negro no le cuida los pies.
Esta noche, Lulú no mantiene los latidos y su respiración a un ritmo acorde, ni vigila Susanita que sus entrañas hagan lo que deben hacer, filtrando, digiriendo, alimentando su sangre. Y el Michi no le calienta la planta de sus adoloridos pies con sus masajes intermitentes.
Esta noche, en la cama del geriátrico, no hay un solo y acompasado pulso, una solo aliento constante, un único organismo formado por la anciana y sus gatos. Si alguien hubiera entrado a la habitación, sencillamente, no habría oído nada. Hubiera visto, quizás, en la penumbra, el perfil de Doña Catalina en la misma posición en que acostó.
Porque esta noche, Catalina ha muerto.

http://www.novacolombia.info/nota.asp?n=2007_10_7&id=40276&id_tiponota=10

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Eres simplemente una maestra en la descripción de los detalles y sentimientos de la vida, de la vida de todos, de la vida de siempre.
Nanim me has hecho llorar. Dos lagrimones que me aguanto porque no sé dónde diablos aprendí que hay que aparentar... intento no cumplir esa enseñanza.
Te dejo una risa pa ti y pa mi.

Anónimo dijo...

kkkkkkkkkkkkk