lunes, 1 de octubre de 2007

Un matrimonio por conveniencia


Se llega fácilmente a la mitad de la vida, sin conciencia de ello. Abundan los seres anónimos, de existencias mediocres y amorfas, alteradas periódicamente por asados de domingo, nacimientos y defunciones. Algunos, raramente, se miran en el espejo y se arriesgan a modificar su perspectiva, ya obesa y con arrugas imborrables. Otros, asumen que cambiar el rumbo tomado es imposible, y se resignan a la decadencia. La ignoran y devoran, beben y duermen la siesta de cada día.
No analizaban esto los dos amigos que se han reencontrado de casualidad y conversan animadamente en una esquina del bar. Andan por los cuarenta, están avejentados por el trabajo al sol y al viento. Pasarían desapercibidos en la multitud. Rostros silvestres, vidas comunes. Visten con estilo indefinido: jeans gastados, mocasines y camisa un poco entreabierta. Gesticulan y sudan. Los une esa simple amistad de barrio, de esquinas compartidas, de potrero y andanzas juveniles. Raúl se fue hace unos años con una empresa petrolera y ahora regresa al pueblo de visita por unos días, aprovechando un franco largo, movido por una nostalgia que ignora tener. Mira a Mauricio a los ojos, y niega con la cabeza mientras dice:
- Realmente no puedo creer que te hayas casado. Y menos con Macarena. No te entiendo, sos un viejo al lado de ella.
- Mirá, yo me había acostumbrado a vivir solo pero las cosas cambiaron cuando falleció mi vieja. Ella venía dos veces por semana a casa, pasaba el trapo a los pisos, sacaba la tierra de los muebles, lavaba los platos, se llevaba la ropa sucia y me la traía limpia y ya planchadita. Además, yo le daba plata y ella me llenaba la heladera, me dejaba cosas hecha. Yo trabajo todo el día y te juro que volver cansado y encontrar todo el desorden que dejé cuando salí y nada que comer, era muy desagradable.
- ¿Me estás diciendo que te casaste con Maca para que haga lo que hacía tu vieja? ¿Qué sabe Maca de tareas domésticas si es una pibita?
- Vos no conocés a Maca como está ahora. Vos te fuiste, pero yo la vi hacerse mujer. La madre era la mejor amiga de mi vieja, la enseñó bien. Es una chica tranquila, laburadora, limpita y, por sobre todo, callada. No terminó el secundario porque no le daba la cabeza. En cuanto a cocinar, la madre hacía comidas para vender y Maca siempre la ayudó, se da maña. Coser botones, hacer dobladillos, planchar camisas, lo que le pidas, lo hace de buena gana. Y eso es lo que yo necesito.
Raúl se queda callado, pensando. Se ve a sí mismo en el pañol, compartiendo habitación con tres hombres más, en medio del campo. Todos los días la misma rutina, los desayunos en el comedor común, las charlas de trabajo y las bromas pesadas. La vida entre paréntesis esperando los francos. Algunos tienen sus esposas lejos o sus “amigas”. Él siente que no tiene adónde regresar, ni quién lo espere ni se preocupe por si está vivo o muerto. No se anima a contarle esto a Mauricio, le da vergüenza. Recuerda entonces lo fea que era Maca de niña. Deberían haberle hecho ortodoncia.
- ¿Se puso más linda? Podría entender que te cases con una chica de veinte años si está buena, o por lo menos pechugona. Aunque ni supiera hacer un huevo frito.
Ríen fuerte hasta que les da tos.
- No te voy a mentir. Pensé en casarme con alguna mujer de nuestra edad, pero todas vienen con historias, ex maridos, hijos de otro. Maca no mejoró para nada, al contrario. Y justamente por eso la elegí. Si fuera bonita me la querrían chumbar. No necesito complicarme la vida con una mina si voy a estar pensando todo el tiempo que me va a meter los cuernos. ¿Te das cuenta? Maca, estoy segurísimo, era virgen. ¿Quién le iba a dar bola? Ni siquiera me cuesta trabajo dejarla contenta porque no sabe nada de nada, no tuvo experiencia. Estuvo de acuerdo con lo que le pedí: que no trabaje afuera, que se quede en casa, como debe ser. Nada de oficinista con polleritas cortas con un jefe baboso o atendiendo una tienda horario partido y horas extras. ¿Qué más puede pedir una piba como ella? Tendrá techo, casa, comida y un hombre todas las noches. Bueno, todas las noches no, le aclaré que los viernes no tengo horario de regreso. Así que seguiré saliendo de putas y me sacaré las ganas que no me pueda sacar con ella.
Ríen de nuevo. Es viernes, mejor dicho, ya es sábado. Hay una densa humareda negra, rubia y también dulzona. Mujeres en poca ropa se pasean entre las mesas. Les traen otra cerveza y brindan. Mauricio piensa por última vez en su casa ordenadita con olor a lavanda, el placard con la ropa doblada, los suculentos guisos. Recuerda a Macarena acostada de lado, dándole la espalda, lo cual es perfecto porque evita verle la cara mientras en silencio hacen el amor (si puede llamarse de esa forma). Así ha de estar ahora, durmiendo. Se le sienta en las rodillas una prostituta que exhibe enormes pechos apretados en un diminuto corpiño brillante. Mauricio huele a la hembra sobre sus piernas y ya imagina sus gritos y meneos. Macarena se diluye en su memoria.
También Raúl deja de preocuparse por su vida de morondanga, por la falta absoluta de un cariño sincero, por no tener dónde volver ni dónde ir. Sabe que ha llegado a la mitad del camino y que apenas dejará huellas en el recuerdo de alguien, es un número más en la lista de obreros de la empresa, entre tantos seres desgastados, invisibles, olvidables. Envidia a su amigo que tiene una mujer y un hogar. Pero no se lo dice. Se siente acongojado pero lo oculta, y atrae hacia sí a una jovencita que pasa sacudiendo sus caderas provocativamente.

Mientras tanto, Macarena no duerme. Se ha puesto un camisón transparente que su esposo nunca ha visto y su rostro es extrañamente bello en su fealdad de dientes torcidos.
- Sos una loca, Maca. Una loca inteligente. Mirá que casarte justo con el idiota de mi vecino. Con sólo saltar el paredón ya estoy acá. Él se cree muy vivo saliendo todos los viernes y mi mujer tiene guardia en el hospital, ni se entera. Traé algo rico para comer en la cama, Maca, y un vinito. Después, ya vas a ver cómo te hago gozar, guachita...
- Sí, mi amor, porque lo que es mi marido, te juro que no sabe. Pero paga las cuentas, eso es lo que importa. Tengo techo, casa y comida. Y para macho te tengo a vos, mi negro...

http://www.novacolombia.info/nota.asp?n=2007_10_1&id=40136&id_tiponota=10
Foto: Por Nanim Rekacz, Cartel sobre Avenida Godoy, Neuquén.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gusto mucho el cuento,. es muy realista, cuanta gente que uno conoce vive estas situaciones, convencidos de tener una vida perfecta.
Besos

Surviviente

Anónimo dijo...

Hola, vaya curiosas historias has elegido, parece ser el lema, nada es lo parece, jajajaja.
Por lo demás, viajera, fotografa, y además pintas?, vaya, ahora si que te perdono que no seas rica, jajajaja, espero que sepas quien soy.
Un abrazo.
Marc

Laura Cambra dijo...

Me gustó mucho. Sobre todo porque pinta lo difícil que es para algunas personas advertir que no han hecho un negocio brillante sino que han firmado un contrato en el cual la "letra grande" los beneficia y la "letra chica" los esquilma silenciosamente. Y en eso, sin saberlo, se les escurre la vida. A ambos.