lunes, 22 de octubre de 2007

Las otras miradas

I
Lukas está solo, aplastado y a oscuras. Inmóvil hace un tiempo incontable, ha olvidado casi su misma existencia previa. Tiene un recuerdo sutil de sus facciones detenidas en una sonrisa forzada, ante la requisitoria insistente de Fabiana. Detrás de él estaba –está- un precipicio amedrentador, escasamente perceptible desde donde ella pretendía retratarlo. A él le daba vértigo, ahora ya no. También ha transcurrido un extenso período desde la última vez que vio una luz. Intensa, lo encegueció, sin poder cerrar sus ojos de párpados abiertos para siempre. Supo entonces, por lo que comentaban los dos rostros que con dificultad pudo percibir cuando sus pupilas se acostumbraron, que había muchos otros como él, antes y después, arriba y debajo. Como él pero distintos, saltando, corriendo, bailando, haciéndose el gracioso. Se preguntó si ellos también despertarían del letargo al descubrirlos y oirían y verían lo que el veía y escuchaba. Una de las caras y voces le resultó conocida, en la chatura de su memoria rastreaba desesperado la información hasta que la encontró. Era Fabiana, pero Fabiana con muchos años... hablando de cuando tomó esa fotografía cuando estaban de luna de miel. ¿A quién le hablaba? Lukas no logró ubicar al muchacho, que acarició la imagen y sonrió, con ternura. Y luego, nuevamente la nada, el cartón contra el rostro, las tinieblas, el silencio. Volvíó a aplanarse el recuerdo de las otras veces que Fabiana o el mismísimo Lukas lo habían despojado de su cubierta y lo habían observado sin decir palabras.
No pudo oír las anécdotas que la mujer relataba al nieto, inspirada en cada foto que recortaba un momento de aquella hermosa vida compartida, escuchadas simultáneamente por otros tantos Lukas saltando, corriendo, bailando, haciéndose los graciosos, que también intentaban reconocer los dos rostros y, tal vez, se daban cuenta que había otros semejantes pero diferentes Lukas antes, después, arriba, abajo, saltando, corriendo, bailando, haciéndose el gracioso, sonriendo forzada y eternamente en el borde de un precipicio.

II
Habita Lukas un gran rectángulo bordeado de marco de madera tallada que cuelga sobre la pared del dormitorio desde hace un par de décadas. A su lado, sabe que permanece incólume ella, el amor de su vida, su princesa de cuento, su amiga del alma, su compañera en las buenas y en las malas, en la salud y la enfermedad. Deseaban tanto tener un retrato tomado por un fotógrafo profesional, donde estuvieran los dos y pudieran verse a sí mismos juntos. Porque claro, siempre aparecía uno u otro con las Torres Gemelas, el Arco del Triunfo, el Coliseo Romano, el Cristo con los brazos abiertos, las Pirámides de Egipto, el verdor de Machu Pichu, las Cataratas de Iguazú, el Glaciar Perito Moreno... O simplemente en el jardín entre las flores, o jugando con los niños. Ese día se vistieron especialmente, con ropas de colores adecuados para equilibrar y contrastar, según les fue indicado. Maquillada Fabiana de manera sencilla pero preciosa, con esa delicadeza propia de una dama que le surgía naturalmente de su piel de porcelana. Él estrenaba un traje blanco de hilo, elegido por su esposa. Y su pelo negro, peinado pulcramente, volvía aún más albo el traje. Lucía ella un vestido celeste tornasolado que jugaba con sus ojos y su melena dorada asemejaba un amanecer sobre un océano.
Durante veinte años, Lukas ha presenciado inconmovible los despertares y anocheceres de sí mismo y de su mujer. Los ha visto amarse apasionadamente, y se ha vuelto loco de celos e impotencia. Los ha observado darse la espalda enojados y ha sufrido por no poder interceder, por no poder decir al Lukas rencoroso que reflexione, ni susurrarle una vez más a Fabiana cuánto la ama y la desea y la perdona. Ha leído los títulos de los libros que llevaban de noche a la cama y se ha carcomido de curiosidad por conocer sus contenidos. Los ha oído conversar del acontecer de los días, de política, de inversiones, de los hijos y de los nietos. Ha sabido de sus planes, sus frustraciones, sus llantos. Y no ha podido formular opinión alguna. Cuando se han ido de viaje ha extrañado hasta el hartazgo, temiendo que jamás regresaran, que algo les sucediera, un accidente, un asalto. En ese lapso el mundo ha cambiado y también ellos, que se han vuelto fláccidos, arrugados, cansinos, más callados. Se ha trocado en normalidad que las caricias ya no sean el pan de cada anochecer, sólo un beso en la mejilla y hasta mañana. Pero él permanece perfectamente puro y blanco, junto a Fabiana celeste de porcelana, a su lado, aunque no puede verla.

III
Estirado, enorme, y frente a él, hay muchos él. Le cuesta identificar el lugar, hasta que percibe que es un refugio de una parada de colectivos y lee lo que dicen los carteles donde otros él están expuestos. “Lukas Intendente del pueblo y para el pueblo”. Se siente incómodo, el viento lo azota y la arenilla que vuela lo golpea sin poder protegerse. Asume que ha de ser igual que los otros rostros gigantes que ¿lo miran? Siente pánico. Las ojeras han sido retocadas, la papada desdibujada, le han dado un toque de color en los pómulos y agregado cabello. Sólo puede pensar, ya no tiene corazón ni entrañas, ni extremidades. Es sólo un papel afiche ignorando si los otros Lukas candidatos a intendente también miran, también piensan, también tienen pánico. Alguien viene, corriendo apresuradamente a protegerse y se detiene de pronto y se queda clavándole los ojos. Es una mujer rubia, delgada, con trajecito sastre y zapatos de taco. No puede ser... se dice. ¡Es Marina! Está seguro de que es ella, sus ojos negros no han cambiado nada, son dos pozos profundos donde siempre temió caer, de los que huyó. Tiembla, aunque no puede temblar. El rostro de Marina esboza un gesto de tristeza, y sostiene con sus agujeros oscuros la mirada de Lukas, mientras todos los otros Lukas advierten, probablemente, la escena. Fue una pasión incontrolable, fugaz, pero intensa. Es imposible preguntarle qué ha sido de su vida, volver a abrazarla y quemarse en ella. ¿Adónde irá? ¿Se habrá casado? ¿Tendrá hijos? ¿Vivirá en ese barrio humilde? Se acercan un hombre con aspecto de obrero, un oficinista, una señora gorda con una niñita que llora. Está amaneciendo, seguramente van a trabajar, a la escuela. Se detiene un colectivo, parten. Todo el día transcurre con personas que llegan a la parada, lo miran, se van. Algunos conversan e incluso comentan acerca de la candidatura de Lukas a intendente, “ese tránsfuga”. “Los políticos son todos unos mentirosos”, dicen. “Éste nunca se dio una vuelta por el barrio”. Su boca está congelada en un gesto campechano, no emite respuesta a los cuestionamientos. “Del pueblo para el pueblo”, lee en voz baja un tipo enorme de manos sucias de grasa. Solo en la garita, aprovecha e intenta arrancar uno de los carteles, que queda roto, y se va porque llega su transporte de la fábrica. El Lukas que está casi frente a él ha perdido la mitad de su rostro. ¿Lo sentirá? ¿Le dolerá? El cielo se vuelve estrellado, espera ansioso la salida del sol y el regreso de Marina. Un perro orina y el refugio se pone agrio y quisiera irse, estornudar, algo... y no puede. Antes de que llegue ella un escolar madrugador saca unos marcadores de su mochila y dibuja una narizota roja en un Lukas opuesto. Se acerca amenazadoramente hacia él, hacia su ojo derecho, pero justo arriba Marina y se detiene. Se ha salvado. Tiene un pantalón en lugar de faldas, el traje es del mismo color que el que llevaba puesto el día anterior. Ha de ser un uniforme. Se sienta y la ve mirar cada uno de los Lukas, el roto, el pintado. Que me mire a mí, que me mire a mí, suplica. Cuando ella fija sus pupilas en las suyas se siente mareado y al darse cuenta que dos lágrimas caen por el rostro de Marina la vida vivida pierde todo sentido y quisiera poder arrancarse de ese muro y envolverla y pedirle perdón, perdón por su pasión carnal, por sus promesas incumplidas, por haberla hecho sentir un objeto descartable (como ella le reprochó), por no haberla buscado ni llamado ni preocuparse por ella nunca más. Era inevitable, tenía esposa, hijos, una profesión, un nombre, una carrera política. Seguramente ella ha sufrido mucho y el Lukas de carne y hueso jamás lo sabrá.
Pasaron lluvias y soles, hombres y mujeres y niños y Marina regresó de lunes a viernes. Hasta que el escolar logró su propósito y con un marcador le tachó los ojos y entonces ya no pudo ver, y luego pusieron otro cartel encima de otro candidato y tampoco pudo oír ni sentir. De manera imperceptible se fue deshaciendo y haciéndose polvo con el polvo, pueblo con el pueblo.

IV
Lukas Perez Galván es pequeño, muy pequeño. Un cuadrado con una porción de huella digital. Tiene conciencia de su importancia, es único, irremplazable. Ha recibido las mayores atenciones desde que fue creado, siempre guardado con prudencia en el cajón de la mesa de luz, debajo de los pañuelos. Lo único molesto es el ruido en cada oportunidad que ese cajón se abre, que lo asusta y lo obliga a permanecer alerta, anhelante, para saber si otra vez le corresponde salir del encierro. En escasas ocasiones lo sacan, pero esa misma circunstancia lo hace considerarse trascendental. Es entonces apreciado por un rostro desconocido que dirige a él sus ojos y luego a Lukas de carne y hueso, constatando la identidad. “Tome el sobre, pase al cuarto oscuro”, dice ese ser de nombre desconocido, siempre cambiante, al otro Lukas. Nunca entró al cuarto oscuro, ese es un sitio prohibido. A él lo dejan sobre una mesa, rodeado de hombres sentados y de hombres en fila, que conversan animadamente sobre fútbol o el tiempo. Luego Lukas reaparece a rescatarlo, coloca un sobre en la urna y ese individuo que lo tomó entre sus manos hace algún comentario al pasar, siente un sello que golpea y luego, vuelve a cerrarse la Libreta de Enrolamiento y es guardada en el bolsillo del traje de Lukas y de ahí, regresa al cajón de la mesa de luz.
Varias veces tuvo que salir para que comprobaran que Lukas es quien dice que es. Y en esos instantes alcanza la culminación de su existencia. Lo más doloroso fue cuando Lukas hizo el pasaporte, ese enemigo competidor al que desprecia y envidia, porque es a ése al que se lleva en los viajes, que ha recorrido mundo, mientras él debe permanecer en la casa escondido. Pero se conforma sabiéndose la base, el sustento, el nombre. Es único, especial, nexo. Por eso soporta la claustrofobia, la incertidumbre cuando el cajón rechina, el compartir ese espacio reducido con su peor oponente. Además, él se conserva mucho más joven que ese Lukas plastificado, imbricado en el papel, que ni siquiera sabe que hay un cuarto oscuro.

V
Una tarde el Lukas de sonrisa forzada al borde del precipicio fue extraído de su cubículo de plástico transparente y amontonado junto a decenas de otros Lukas y Fabianas e hijos y nietos y padres y abuelos. También sacaron de su sitial en el dormitorio a Lukas y Fabiana posando para el fotógrafo que daba indicaciones. Y al Lukas original del afiche, y hasta el de la Libreta de Enrolamiento fue tomado por extrañas manos que resultaron ser las de aquel nieto que había estado escuchando tantas historias de boca de su abuela. Uno tras otro, fueron colocados sobre una superficie de vidrio y todos los Lukas y sus familiares sufrieron una luz intensísima, que los iba atravesando lentamente en forma horizontal o vertical, mientras unos ruidos los aterraban. Al hacerlo, de pronto, se convertían en bits y quedaban alojados en ceros y en unos en un disco. Ellos, por supuesto, no lo entendían. Fue un proceso punzante, pleno de perplejidades, porque su consistencia plana y concreta se descompuso en partículas infinitesimales, que se combinaban de manera aleatoria con otros corpúsculos de otros Lukas y otras Fabianas y desconocidos y palabras y sonidos y paisajes. Cundía un terror innominable. Es imposible expresar con palabras ese paso del ser al no ser. ¿Es la muerte?, ¿es la nada?, ¿es la luz al final del túnel?, ¿es Dios?. Confundirse y fundirse, ser en otra dimensión.
Hacia el final de esa jornada monstruosa los resultados pudieron apreciarse, y los temores aplacados. No fue sencillo acostumbrarse a semejante desmenuzamiento, reencontrarse sonrisas de un pequeño Lukas con el ceño marcado de Lukas anciano, enredarse con unas piernas de Fabiana adolescente a la que nunca tocó, volver a visitar paisajes en edades diferentes, gatear por las ruinas de Machu Pichu y posar con sonrisa forzada en el borde superior de las paralelas torres ya extintas. Oler aquellas flores que creía muertas y marchitas, acariciar a su madre fallecida hace medio siglo, conocer a un abuelo que jamás cruzó el océano ni le dio un beso.

Entonces, reubicados en series, fueron apareciendo sucesiva y pausadamente en la pantalla de la computadora, ante la orgánica mirada sorprendida de Lukas y Fabiana, y los ojos satisfechos de Nicolás, el nieto fanático de la informática. Era fabuloso estar desarmados y mágicamente, acomodarse como antes, ahora luminosos. El Lukas del dormitorio, azorado, observaba esa habitación desconocida. Los de los álbumes, salían de su refugio alterado tan pocas veces. Una fugacidad tras otra. Risas, acotaciones, palmadas, dedos índices señalándolos. “Abuelo, escaneé tus fotos y te las instalé como protector de pantalla, ¿te gusta?”.

VI
Claro que sí. Además, ha sido adjuntado a mails y viajado a sitios adonde viajó Lukas de carne y hueso con el Lukas plastificado. Ha conocido al fin a muchos otros de los que oyó hablar en el dormitorio, cuando recordaban los viajes. A esos que compartieron con los Lukas que se retrataron en paisajes lejanos, con los que ahora se entremezcla en los surcos. Más aún se complace porque es el elegido, entre tantas y tantas imágenes ha sido seleccionado como fondo de pantalla y saluda mudamente cada amanecer a su socías antes de que se disponga a leer los diarios por internet y a escribir y leer mails. Puede permanecer intermitentemente unos minutos, hasta que aparecen todos los otros, desesperados por asomarse un momento a esa nueva existencialidad brillante. A veces ve a Fabiana surgiendo detrás de Lukas, apoya las manos arrugadas en sus hombros, le trae un café, le consulta si ya quiere cenar. De vez en cuando entran viejos amigos, a los que no veía en el dormitorio. Se hacen reuniones, discuten sobre las noticias que lo han atravesado ya entre bit y bit. Tiene una conciencia de gigas, una conexión con el universo. ¡Si al menos Lukas pudiera saberlo, si fura capaz de comunicárselo! ¡Si fuera viable hacerlo partícipe de su extraordinaria sabiduría!
Él, hermoso y joven, en su traje blanco de lino con Fabiana a su lado, estremecida a su contacto, al que la vejez no logrará alcanzarlo como a Lukas y Fabiana vivientes. Se interroga, recurrentemente, si así será también la muerte cuando les llegue, una fusión de temporalidades y personalidades, un todo hecho uno. Unidad múltiple e infinita. Él, todos los él virtuales, ¿desaparecerán cuando no haya miradas que los miren...? ¿Qué ocurrirá cuando Lukas deje de latir? Cuando las respuestas lleguen, quizás hayan perdido sentido las preguntas.

Foto: Por Marc Rochela, de Barcelona
http://www.novacolombia.info/nota.asp?n=2007_10_22&id=40535&id_tiponota=10

4 comentarios:

Marc dijo...

Hola, jajajaaj, es Marc Rochera, pero bueno, no problem.
Lo que importa es de quien es esa mirada, no.
Un abrazo,

Marc Rochera.

Nanim dijo...

Vale, hombre!

Anónimo dijo...

Ingenioso y penetrante como la mirada de Nanim.
No pude dejar de leer hasta el final, aunque bien sabía que no encontraría respuesta a mis preguntas.

Yudy dijo...

A ver si logro de una vez dejar de hacer comentarios anónimos. :) que torrrrrrrrrrrpe!!!