sábado, 8 de septiembre de 2007

Tierra de praderas


Por las bellas noches estrelladas de verano, mi padre abría las ventanas y dejaba que la música saliera y se deslizara por el césped, trepara por los árboles, lo envolviera.
En las fiestas, solíamos ponernos todos a saltar y bailar, riendo a carcajadas. Mi papá, recordando a los suyos. Mi madre, porque era bailarina y sabía. Y nosotras, imitándolos. Aprendimos. Nadie podía vernos, sólo algún pájaro o una vaca.
Pero los discos también tenían canciones tristes, aquellas que mis abuelos cantaban cuando la nostalgia de la tierra lejana a la que jamás volverían les apretaba el corazón.
Entonces, él se sentaba allí donde las luces no llegaban a iluminar su rostro, en silencio, fumando su pipa. Respetaba esos momentos, aunque alguna que otra vez me acercaba despacito para darle un abrazo y un beso y disimular que no percibía las lágrimas.
Papá se sabía todas las letras, las murmuraba y entre verso y verso las traducía para mí. Canciones de cosacos, marchas soviéticas, declaraciones de amor apasionado, tiernas nanas...
Pero ésta, Tierra de Praderas, siempre fue mi preferida. Me hacía sentir la vastedad de la estepa, la soledad del carruaje cruzándola, y tenía esa cualidad de acercamiento, presencia y alejamiento tan conmovedora.
Entonces, también yo me ocultaba en algún rincón y lloraba.
Hoy Orson, ese ángel twitter de internet me la encontró en YuoTube y me obsequió el código para poder ponerla en el blog y compartirla con Uds.
Y vuelvo a escucharla, recuerdo... y lloro. Pero ya no me escondo.

2 comentarios:

Orson Díaz dijo...

Así nos protegemos. Creando clanes, espacios de contención. Gracias.

Yudenia dijo...

Precioso. Yo tb. siento que algo me une al espíritu de los blancos (debe ser por los algunos clásicos rusos que con letras hilaron mi corazón) :) Has leído "Nches blancas" es un pequeño libro cuento de Dostoievski - quizás esté gratis en internet.
Un besin mi niña de sentimientos.