martes, 14 de agosto de 2007

Me leen, luego, existo

Ahí están los dos, en El Club 32, segunda mesa a la izquierda de la puerta. Esteban revuelve su primer café, con una constancia metódica, mecánica. Darío ya no quiere más cafeína. Bebe leche tibia. Hablan, a veces se miran a los ojos. Ahora Darío está absorto mirando el Monumento a San Martín, con su perpetuo brazo señalando el cielo.

Ella fue cambiando, Esteban, fue de a poco. Cuando la conocí estudiaba Filosofía y Letras, y leía mucho. Yo le seguía el ritmo, a mi manera, siempre la escuché y la admiré y aprendía. La traían el arte y los artistas, las inauguraciones, las presentaciones de libros, las muestras de pintura. Yo creo que ella en esos años no lo razonaba, pero eran esos vínculos y hechos los que la hacían tan vital. Éramos felices.

El problema empezó con la computadora, o más bien con Internet. Primero fue el correo electrónico, después el chat, más tarde el blog y las comunidades virtuales. La rutina se modificó, antes hacíamos el amor en las mañanas, pero ella empezó a despertarse más temprano y corría a encender la computadora y leía mails, contestaba mails, hablaba por el messenger. Yo me levantaba y le cebaba unos mates. Ojo, ella siempre lo compartió conmigo, lo que hacía me lo contaba, me leía y se reía o se enojaba y yo siempre lo sabía, qué hablaba y con quién.

No supe cómo frenarla, Esteban. Me dejé llevar. No quería salir más los sábados a la noche, ni viajar donde no hubiera Internet. Se acabaron los campamentos en la montaña. Una noche me propuso tener sexo virtual, imaginate...

Darío enjuga una lágrima con un manotazo, y desvía la mirada hacia fuera, para que los demás no lo vean. Casualmente pasa por la vereda una mujer con una niña en brazos, la pequeña le clava los ojos, sonríe. Su sonrisa es como un pañuelito para sus lágrimas. Esteban pasa las yemas de sus dedos por la superficie de la mesa, una y otra vez, como intentando un conjuro para suavizar la situación. Darío se recompone, rápidamente. Aclara la garganta con un trago de leche y prosigue su relato.

Sole era una persona muy instruida, y si bien dejó los libros por las páginas web, y los índices y los diccionarios por google, tenía una buena base y comenzó a escribir una teoría filosófica. Disculpame si no te la sé resumir bien, pero lo intentaré. ¿Escuchaste alguna vez eso de “pienso, luego, existo”? Bueno, era una teoría sobre el ser. En eso estaba trabajando junto con Ceci cuando pasó lo que pasó. Era algo así como que la existencia del ser no dependía de su pensamiento sino de la percepción del otro, es una hipótesis antigua, pero ella la reelaboró desde las implicancias de Internet y la realidad virtual, que para su concepción demostraban la veracidad de dicha conjetura. Lo bajo a tierra. Si ella escribía un texto y lo guardaba en word, el texto existía porque ella lo leía, pero no existía para nadie más. Pero si ese mismo texto ella lo colgaba en el blog, no sólo el texto sino ella misma existían a partir de cada lectura de los otros. Algo así como “traslación de la existencialidad de la percepción a lo percibido”, según su definición o, más sencillamente, “me leen, luego, existo”.

Sufría, sabés. Tenía pesadillas. Soñaba que copiaba un texto en su blog desde word y salía modificado, con errores de ortografía. ¡Yo no escribí eso, yo no escribí eso! Gritaba, sudaba. Y entraba en crisis cuando constataba el contador de visitas y había pocas, y ni qué decirte si nadie comentaba algún artículo. Yo la abrazaba y ella se acurrucaba en mi regazo, ella repetía “no existo, no existo”, y yo la consolaba, le decía “sí, mi amor, existís, estás acá conmigo, yo te veo, te toco, te beso”. Pero no lograba convencerla. Egoístamente, más de una vez deseaba que tuviera esas crisis, porque la acercaban a mí. Era cuando por un rato se apartaba de esa máquina infame y podía poseerla junto a mi cuerpo y besarla y acariciar su cabello. Y hacerle el amor. Lo recuerdo ahora y me da vergüenza.

Sí, con Ceci pasaba algo parecido, sólo que yo no sabía muy bien en qué andaba, ella era más retraída y no me contaba o capaz que era porque sabía que cuando me contaba yo me enojaba y me ponía mal. Sólo me decía “nada, era una pesadilla”, o apagaba la compu y se venía a la cama conmigo. Ahora que me contás esto entiendo su comportamiento, ambas compartían las mismas ideas. Me alegro de haber reaccionado a tiempo.

Sí, al menos vos la tenés. Yo la perdí para siempre. El día que se nos rompió el módem, fue terrible, se puso como loca. Lo solucionó yendo a un cyber, pasaba muchas horas ahí, tantas que a veces yo preparaba la comida e iba a buscarla para que se alimentara un poco. Por lo menos en las madrugadas ya no estaba conectada y aunque su sueño era intranquilo y con pesadillas, estaba toda la noche conmigo. Pero después fue el caos, una cosa tras otra, y ya no pude manejarlo. Primero nos entraron a robar a casa y se llevaron su computadora. Después se cayó el sistema en toda la zona. Comenzó a desmejorar físicamente, el pelo se le caía a mechones, desvariaba. Bajó de peso, pero de una manera extraña, era como si se desdibujara, se volviera transparente. Quería tomarle una mano, y no había nada. Pensé que yo me estaba volviendo loco, pero no, lamentablemente no. Yo creo que estaba tan convencida de su filosofía acerca de su propia existencia en función de la percepción de los otros que la hizo realidad. Sus ojos estaban tan tristes, Esteban... Yo no sabía qué hacer, ni cómo. Le hablaba, trataba de hacerle entender que ella era un ser existente porque yo la amaba, que yo la necesitaba. Pero ella ya no me escuchaba, o no me quería escuchar, tal vez porque no quería aceptar su error. Una noche me dijo “Darío, la filosofía es como la religión, es válida para el que la profesa. El que cree en un Dios y que el Paraíso y el Infierno existen, y pretende merecer ir a uno u otro, así le ocurrirá. Yo creo que la constatación de haber sido percibida es lo que me otorga mi existencia y conciencia, y mi ser es palabra, sustantivo, verbo. No soy sustancia, Darío... Mis escritos desaparecieron junto con la computadora que robaron y si no hay Internet, ya no sé si me leen, siento que no existo.” Dijo esto y parecía un agua viva, o esos peces extraños de la profundidad marina ¿viste como son? Traslúcidos pero luminosos, tenía destellos eléctricos. Podía ver a través de ella los muebles, la pared, el tv. Y justo ahí fue cuando dieron la noticia de que por eso del Necrovirus toda la información que había en la red mundial había desaparecido. No puedo olvidar ese momento, Esteban. ¡Cómo quisiera haber podido retenerla, destrozar su teoría, haber tenido los argumentos científicos, filosóficos, religiosos, lo que fuera...!

Esteban dejó de refregar la mesa y estiró sus manos y estrechó las de Darío con las suyas. No importaban los rostros de las mesas vecinas, azorados por la brusquedad del gesto y el llanto de Darío. Quizás alguno pensara que era una pelea gay, una despedida de amigos entrañables, hermanos dolidos compartiendo alguna angustia familiar. San Martín seguía con su brazo estirado, ignorante de la escena. Unos adolescentes riendo ignominiosamente saturaron el aire denso de la mesa dos a la izquierda de El Club 32.

Esteban sitió que tenía que hablar, llenar el silencio húmedo y salado con palabras que contaran de Ceci y de él, aunque fuera dolorosa la comparación con Sole y Darío.

Yo no sabía nada de esas teorías, Darío, pero sí de la amistad profunda entre Ceci y Sole, que aunque ya no se visitaban estaban siempre on line. Ella también se desesperaba cuando no recibía visitas en el blog, o escaseaban los comentarios, y cuando se cayó internet en la zona entró en pánico. Fue intuición, no sé, o locura mía. Pensé en comprar un baño químico y meterla adentro, aislarla, cortar de raíz esa dependencia enfermiza de Internet. Pero me di cuenta que había algo más y evidentemente tenía razón, ella estaba dejando de existir, estaba sintiendo que su ser se diluía al no ser percibido. No me arrepiento de lo que hice. Supe lo del Necrovirus mientras ella dormía profundamente, tranquilizantes mediante. Y entonces lo hice. Le puse unas lentes de contacto negras. Sí, no me mires así. Es cruel, ya sé, pero fue lo único que se me ocurrió. Y la salvé. Ella piensa que es ciega, y yo le leo los supuestos comentarios que le han escrito, los mails que le contestan. Invento. No sabe lo del Necrovirus, y mientras pueda se lo ocultaré. Mi casa parece una trinchera, un refugio subterráneo, oscurecí todas las aberturas y uso luz mínima y le digo que no es necesario que aprenda braile, que yo le leo, que soy sus ojos. No sé si está bien, ni me lo cuestiono demasiado. Al menos la tengo, ¿me entendés? Y cuando le leo en voz alta textos que yo mismo escribo de personas que invento, o a veces improviso... ella tiene su mirada ciega perdida en la nada, en el infinito y sonríe, y esa sonrisa me reconforta y me recompensa y me vuelve inocente de mi mentira.

El silencio se vio interrumpido por la moza. ¿Quieren algo más? Darío pidió un agua sin gas y dos aspirinas y Esteban otro café. Bien caliente, por favor. Y traé la cuenta. Cada uno estaba ensimismado y a la vez en comunión, quién más podría comprenderlos, con quién podrían sin parecer dementes, compartir las extrañas historias de sus vidas. Se preguntaban, seguramente, si habría otros como ellos. Otros u otras.

Sí, Esteban, al menos vos a Ceci la tenés. Yo a Sole la perdí, se desvaneció, se esfumó, quedó como una estática en el aire en casa, nada más. A veces cuando ando deambulando por los cuartos me parece sentirla, que me roza la mejilla...

La moza trajo las cosas y el ticket, callaron un instante.

Tengo bronca, sabés. Los que creen en el destino están lo más tranquilos, todo está escrito. Los que creen en algún Dios, tienen su librito y sus decálogos. Los que tienen una filosofía, como la de Sole, son capaces de llevarla hasta las últimas consecuencias, siendo coherentes entre sus ideas y sus actos. Y los tipos como yo, ¿qué? No tengo ni dioses ni magos ni convicciones místicas o filosóficas que me sostengan. ¿Cuál es mi ideología? ¿El marketing? ¿El consumismo? “Vendo, luego existo”... “Compro, luego existo”. No, eso no es lo mío, Esteban. Yo soy “Amo a Sole, luego, existo”, “Soy amado por Sole, luego, existo”. Y ahora, Esteban, no soy nada... no soy nadie...

Sos alguien para mí, Darío. Sos mi amigo por transferencia, por la amistad entre nuestras mujeres. No le echo la culpa a Sole, que te quede claro. Deberíamos haber estado más comunicados, no dejar que por no juntarnos más los cuatro ellas mantuvieran su relación y nosotros nos apartáramos. Ahí nos equivocamos.

Si, tenés razón, dame tiempo, hoy es la primera vez que salgo a la calle y hablo de esto con alguien, me ha hecho bien. ¡Hasta lloré!

Esteban miró el ticket, sacó la plata de la billetera, frenó el intento de pagar de Darío, lo dejó poner para la propina. Darío sacó unas servilletas de papel y se las guardó disimuladamente en el bolsillo.

Darío, venite a casa un día estos. Tomamos unos mates. Avisame primero, nada más. Así la preparo a Ceci. Y no le cuentes que se esfumó. Y no hagas comentarios acerca de que está todo muy oscuro, tratá de no chocarte las cosas para que no se dé cuenta. ¿Sí? ¿Me prometés?

Darío sólo pudo asentir con la cabeza, ya no tenía palabras. Callados, Esteban tomándolo por los hombros, salieron del bar. Se estrecharon en un abrazo. Esteban se fue por la calle Roca para su casa, tenía que preparar la cena para Ceci e inventar unos correos y comentarios para leerlo. Y Darío tomó por la Avenida Argentina hacia el alto, iría hasta el mirador, caminando despacito. Una brisa en su rostro lo estremeció. San Martín, mientras tanto, continuaba tan impertérrito como siempre, el brazo señalando la nada.

Foto: de un cuadro pintado por mí en el Taller de Ana Zitti, 2005 http://www.agencianova.com/nota.asp?n=2007_8_15&id=42836&id_tiponota=19
http://www.novacolombia.info/nota.asp?n=2008_2_4&id=42662&id_tiponota=6

5 comentarios:

Marina de Quilmes dijo...

Lloré un poco y todo. Me encantó este cuento.
Te dejo un comentario también para el post anterior: leete a Soriano y Sasturain; y seguí escribiendo en argentino que te sale bárbaro. Siempre me gustó Paul Auster y Bret Easton Ellis, porque escriben en estadounidense; locales como nuestros Sorianos, Fontanarrosas y Sasturaines. :-)

Ana C. dijo...

Este cuento es impresionante. Sólo es un poco difícil darse cuenta quién habla en algunos fragmentos. Quizás se arregle con guiones (–). Una artista, usted.

Ana C. dijo...

No sé si te spamean mucho el blog y por eso las tenés, pero lo de las letritas es re-molesto.

Beso

Nanim dijo...

Ana, gracias por tu comentario, aceptada la crítica y lo tomo como aporte constructivo. Pasé por tu blog y me deleité con tus cuentos, los que lean estos comentarios espero que vayan también por ahí RECOMENDADO!. No sé que es lo que decís de las letritas re-molestas, ¿será que yo no las veo?

Ana C. dijo...

Cuando uno hace un comentario, hay que introducir las letras que están abajo, eso que se llama "word verification". Es un control para evitar el spam de robots, pero a la gente normal nos resulta muy molesto :-)

Es una opción de Blogger y se puede sacar.