miércoles, 29 de agosto de 2007

Los hombres no son todos iguales

- ¿Qué pasó, Ana?
Parecía que puertas adentro de su casa había ocurrido un terremoto.
- Borrón y cuenta nueva, eso pasó. Me dejó Roberto. Se fue. Otro más que me abandona y no cumple sus promesas. Me harté. Miré a mi alrededor y todo me hacía acordar a alguien así que decidí cortar con el pasado. Con mi primer amor y con toda esa manga de tránsfugas que vinieron después. Es mentira que los hombres son todos iguales, Elisa, son unos peores que otros, eso son.
Ana había roto en pedacitos decenas de cartas y postales que, sobre la alfombra, formaban un collage entrelazadas con fotos segmentadas de hombres sonrientes en bellos paisajes. Cientos de partes de objetos destrozados era lo que quedaba de regalos y presencias de amores idos. Vi pétalos de rosas secas, perlas falsas, piedritas suavizadas por los ríos, fragmentos de copas de cristal, piezas de enseres domésticos irreconocibles, un trozo de corpiño de puntillas, un taco de sandalia, los harapos de una sábana de seda. En la pared, la sombra blanca de un cuadro que ya no estaba.
- Lo de los mails fue más sencillo, un clic y borré todo. Y en el celular, lo mismo, eliminé todos los mensajes y las listas de llamadas.
Está desnuda, la piel enrojecida. Se ha cepillado todas las caricias e intentó quitarse de encima los besos recibidos. Sus labios me impresionan, hinchados y con espuma de jabón. A tijeretazos ha desaparecido su larga cabellera oscura. Duele verla. Duele oírla.
- Quisiera ser como las mujeres de las telenovelas, Elisa, que me dé amnesia. Olvidarme de todo y de todos, ni saber quién soy.
Amontona vestidos. Dice que esa ropa fue tocada por demasiadas manos, que no quiere sentirla nunca más sobre su cuerpo. Echa desodorante de ambientes porque todo huele a él. De pronto calla, se sienta en un rincón y llora. Su llanto inunda la habitación, nos sumerge a ambas y los objetos destrozados giran confusamente a nuestro alrededor. La sostengo fuerte.
Las lágrimas cesan, el agua salada se escurre hacia la calle, llevándose zapatos, anillos, portaligas, platos rotos y fracciones de retratos y palabras desteñidas en húmedos papeles. Ana, sobre la alfombra limpia de memorias, apenas respira pero sonríe.
Y yo, Elisa, pienso en Fernando, mi primer novio y mi único esposo por treinta años. Si él me dejara ¿cómo podría seguir viviendo? No me quedaría nada, no sería nadie. Creo que me iría también yo, flotando en mi propio llanto, calle abajo hacia el río, disolviéndome en lágrimas hasta llegar al mar.

Foto: Nanim Rekacz, Balneario El Cóndor, agosto 2007.

Publicado domingo 21 de enero 2008, en: http://www.novacolombia.info/nota.asp?n=2008_1_21&id=42417&id_tiponota=8

2 comentarios:

Poeta desprolijo dijo...

Me gusta mucho que relates la historia así, que no sea tan en primera persona, que no sea tan "yo tal cosa, yo tal otra.."

en fin..

te dejo un saludo

Nanim dijo...

Fue un cuento premonitorio. Voy a tener más cuidado de ahora en más con lo que escriba...