viernes, 10 de agosto de 2007

La vida es sueños

Introducción: Este cuento fue escrito en Cyber Plaza, máquina 11, entre las 13 y las 14 hs. del día de hoy. No hago tiempo de revisarlo, pero quizás tampoco deba hacerlo, porque fue pensado en el camino de El Cóndor a Viedma, y luego aquí nació, con sus virtudes y defectos, como un hijo.

Ya habíamos tomado una pava de mates dulces, degustando deliciosas galletitas caseras de vainilla. A Constanza le gustan, por eso cada vez que la visito le llevo, las hago un rato antes para que lleguen calentitas. Estábamos calladas esa tarde, no era por falta de tema de conversación, sólo que Constanza estaba medio ida, mirando por la ventana hacia el jardín.
Entonces se me ocurrió preguntarle, Constanza, vos ¿tenías sueños? Sí, claro, Martina, tuve y tengo muchos sueños, siempre. ¿Y qué hacés con los sueños que tuviste?, agregué.
Mirá, yo los guardo en el cajón de la mesa de luz, tengo un archivero. Cuando me despierto, me pongo los anteojos y los escribo, no todo el sueño, sino sólo algo así como el título o una pequeña síntesis. Y los ordeno, tengo sueños nomenclados, por ejemplo “Geográficos” donde pongo cuando sueño con lugares determinados, también tengo sueños “Nominales” donde archivo los sueños con personas conocidas, tengo una carpeta donde estás vos, Martina. Después están los sueños “Verbales” donde están “volar” “correr”. Hay sueños que se repiten, viste, entonces simplemente en la ficha correspondiente pongo la fecha y si hubo alguna variante, la agrego. También tengo un archivo por género, donde coloco esos sueños más complejos, que tienen argumentos, un decir “Policiales”, “Drama”. Ahí sí me explayo un poco más y dejo constancia de los detalles, personajes, porque suele sucederme que los sueño en capítulos.
Y sobre la mesa de luz tengo un canastito donde pongo los rezagos, cómo te explico, a veces estoy barriendo la vereda y recuerdo que soñé con una escoba pero no recuerdo todo el sueño, sólo eso, entoces voy y tomo un papelito y escribo “escoba” y la fecha. A veces me pasa que tiempo después encuentro otro pedacito de sueño mientras limpio los vidrios o aplasto el puré, entonces, busco en el canastito y completo y ya lo pongo ordenadito en el archivo correspondiente. Soy muy prolija, ya me conocés.
Yo escuchaba sin interrumpirla, estaba asombrada, tantos años de conocer a Constanza, desde la primaria, ¿cuánto serían ya?, ¿cincuenta años?, y jamás me había contado eso. Tragué el último sorbo del mate, se lo devolví, y le dije, Constanza, yo no hablaba de esos sueños, de los que soñás dormida, sino de los que uno sueña despierto. Anhelos, planes, eso que quisiste ser y no fuiste, amores idos, esos sueños hablo. ¿Tuviste sueños, Constanza? Y ¿qué hacés con los sueños que no se cumplieron?.
Esos los guardo en el patio. Nunca te conté porque me da un poco de vergüenza, en realidad, nadie lo sabe. Es mi secreto, pero estamos viejas, Martina, quizás sería bueno que lo sepas por si me voy antes con el Señor. Vení, acompañame al jardín.
La casona antigua de Constanza, herencia de los bisabuelos, tenía un enorme jardín, un poco descuidado ahora porque la columna y la artritis no le permitían mantenerlo y la plata no alcanzaba para tener jardinero. Aún así, deteriorado, era espléndido, con sus senderos, sus laberintos, los rosales, las fuentes, y el abandono le daba un aire selvático. Fuimos lejos, casi al fondo, no había llegado hasta esa zona antes. Abrí los ojos maravillada, parecía existir allí una pequeña ciudad, un universo paralelo, miniaturas y bonsáis, seres diminutos, construcciones mínimas.
Acá tengo mis sueños perdidos, Martina.
¿Qué es esa pirámide? Ese es mi sueño de conocer Egipto. Decidí ponerlo ahí porque ya con la jubilación no puedo ni pensar en la posibilidad de concretarlo. ¿Y esas cruces? ¿Por qué algunas tienen flores y están cuidadas y otras parecen libradas al olvido? Es que de algunos me acuerdo, de otros no, o preferí olvidarlos. Ahí, esa primera, pequeña, recuerda a mi primer amor, Leoncio, de tercer grado, ¿te acordás de Leoncio? Siempre le tuve cariño, murió tontamente a los diez años, se ahogó. Pero yo le hice una crucecita chiquita celeste, y le sembré malvones. Y esa más grande, dorada, es la que recuerda mi gran amor con el Embajador de Arabia, otro sueño imposible, él se fue, mis padres no me dejaron ir con él, decían que tenía muchas esposas, qué se yo.
Constanza, ¿qué sueño era esa casita de techo rojo tan bonita, con un hombrecito en la puerta regando el jardín? Ay, Martina, ese fue mi más hermoso sueño y de alguna manera, nunca dejó de serlo, el de la puerta es Don Paco, ¿te acordás de él? Fuimos novios diez años, soñamos construir un hogar, formar una familia, tener hijos, nietos. Siempre hablábamos de cómo sería nuestra casita, y bueno, al final él me dejó el día del casamiento, se arrepintió, eso dijo, aunque un año después se casó con la kioskera, Doña Clara.
¿Y esa pista de aviones? Yo soñaba ser piloto, Martina. No azafata, sino piloto de jet. Pero ese no era oficio para mujeres, y nunca pudo ser. Construí ese aeropuerto con todas las medidas reglamentarias, fijate bien: el largo de la pista, la señalización, los vehículos de seguridad. Los avioncitos los compré a escala. ¿Hermosa, no? A veces vengo y juego un rato, los hago descender, elevarse…
¿Y esa loma, como una montaña? Ahí entierro los sueños que prefiero no recordar, elijo alguna piedra de tamaño semejante a la frustración, algunas pequeñitas y suaves, otras grandes, pesadas, con aristas. Y las voy colocando unas sobre otras, para que tengan sentido de ascenso, de elevación. Para que no me hundan, para que me permitan subir.
Hay muchos sueños aquí, Martina. Guardo el moño de mi vestido de los quince años, un mechón de pelo de mi hija, enrulado y suave, ¿lo ves? Está ahí, en una cajita de cristal, con un diente de leche, el primero que se le cayó. Y esa tapa de libro que aparece semicubierta es un libro, la Constitución Nacional, más precisamente. Empecé a estudiar Derecho, pero la crisis económica no me permitió seguir, tuve que salir a trabajar y no podía cuidar a mi hija y estudiar y trabajar. Me dolía verlo en la biblioteca, así que un día vine y lo enterré.
Y allá al fondo construí una playa de arenas blancas y simulé un mar turquesa, el agua es de verdad, y un sistema mecánico provoca esas olitas. Siempre quise conocer el Caribe, pero tampoco, hasta hace unos años pensé que iba a poder, pero después vino el corralito y perdí todos los ahorros. Yo pensaba, Egipto o el Caribe, pero no podrá cumplirse ninguno de los dos sueños.
Constanza, ¿no te hace mal tenerlos así? Verlos, saberlos… no sé, a mí se me hace que yo no podría, que sufriría mucho.
No Martina, es mi remanso. Cuando estoy melancólica, cuando mis pensamientos retroceden en el tiempo, cuando se me cruza en la memoria algún rostro que amé, o en la tv pasan algún documental, vengo al jardín y observo, despacito, y arreglo una flor, saco el polvo de las tejas, acomodo algún avioncito, muevo una palmera, le hablo en silencio a los seres que quise. Me siento en el sillón de hamaca y me dejo ir, revivo esos sueños y un poco me perdono y los perdono a todos. A los hombres que me dejaron, a los ministros de economía, a los prejuicios de mis padres, a mi hija que está tan ocupada y no recuerda llamarme por teléfono.
Y ¿sabés que es lo mejor, Martina? Que mientras estoy acá, en el sillón, mirando los sueños viejos siempre se me ocurre un sueño nuevo, y entonces siento que renazco, que hay algo por vivir, por sentir, por crear, por creer. Aunque sean sueños pequeñitos, como una cortina nueva en la cocina, o sorprenderte con unos alfajores de maicena como la semana pasada. Ves, es una cadena… mientras estaba acá sentada recordé que había soñado con alfajores de maicena, corrí y lo anoté en el papelito y lo puse en el canasto de los rezagos. Volví acá, y medio me dormí, y soñé con vos. Y cuando me desperté se me ocurrió cumplir el sueño de hacerte un día yo a vos alfajorcitos de maicena y sorprenderte. Y te sorprendí, ¿no? Ves, ese fue un sueño chiquitito que se hizo realidad, por eso no hay alfajores de maicena en el jardín.
Es así, Martina, los sueños grandiosos suelen ser sólo eso, y ahí los ves, pequeñitos, enterrados, a escala, de juguete. Y los sueños pequeñitos, esos, en cambio, esos puedo cumplirlos y con esas satisfacciones de morondanga, sobrevivo.
¿Vamos a tomar otros mates? Y después te muestro los archivos de la mesa de luz, vas a ver qué bonita es la carpetita que lleva tu nombre, es rosada, tu color favorito…

Publicada 12 de agosto http://www.agencianova.com/nota.asp?n=2007_8_12&id=42706&id_tiponota=19
http://www.novacolombia.info/nota.asp?n=2008_1_28&id=42531&id_tiponota=6
Foto: Mamá Titina, por Nanim Rekacz, abril 2007 (después de disfrutar a Julio Boca, cumplió un sueño)

1 comentario:

Pequennyo dijo...

Hola!

Hace tiempo comentaste en mi blog, pero hasta ahora no lo vi y te escribía para darte las gracias por tu mensaje... Es bueno saber que hay gente que te lee de vez en cuando :)

Un saludo, espero que nos sigamos leyendo ^_^