sábado, 12 de mayo de 2007

La mujer del arrecife

Al cerrar los ojos, despertó. Cualquiera podría pensar que con los ojos abiertos no se puede dormir, pero Francisca era así. Sus pupilas quedaban detenidas, fijas en el vacío acuoso cerca de la superficie del mar, las olas flameándole la larga cabellera escamosa.

Cuando se fue al arrecife todos murmuraron, decían que estaba loca. Que no podría sobrevivir. Pero a fuerza de comer almejas crudas y beber agua salada y ensaladitas de algas condimentadas con krill se fue transformando.

Primero su piel se volvió húmeda y fría. Luego, entre los dedos de las manos y de los pies, creció piel. Se sumergía largas horas en el agua, y entonces sus pulmones se tornaron branquias y ya no necesitaba emerger para respirar.

Le gustaba apreciar que de a poco ya no pensaba en negocios, en dinero, en conflictos familiares. Olvidaba palabras que referenciaban objetos, y cuando los recordaba no podía nombrarlos. O de pronto se le cruzaba en la mente, entre espumas y pececitos multicolores, una expresión como "cuenta bancaria" o "divorcio contencioso" y no podía relacionarlo con nada concreto. Se perdieron así, entre chapuzones y caracoles, las memorias de los años sufridos de los que huyó esa tarde al arrecife.

Porque no concebía el suicidio y amaba el mar.

Y así fue como sus ojos azules dejaron de parpadear, y una fina telilla periódicamente limpiaba su iris. Dormía plácida, mecida por la marea, confundida su silueta en ese paraíso móvil y ella, Francisca, con la mirada añil y el cuerpo húmedo y las branquias... a veces... cerraba los ojos y entonces un estremecimiento terráqueo la sacudía y despertaba... porque en la oscuridad estaba la sangre, el olor a muerte, los disparos...

Foto: Nanim Rekacz, Balneario El Cóndor, Pcia. de Río Negro, 2007

No hay comentarios: