sábado, 26 de mayo de 2007

El síndrome del régimen de visitas: ese agujero negro

Cómo sobrellevar la ausencia temporaria de los hijos antes de que sean mayores de edad y se vayan de casa.

Llega el viernes a la noche, es invierno, llueve.

Los hijos han ido a pasar el fin de semana con el padre. La casa está vacía de los habituales griteríos y carreras infantiles y el equipo de música no hace retumbar las paredes con el hip hop ni la cumbia. Ya hemos ordenado el baño, lavamos, planchamos y doblamos la ropa, recogimos los juguetes, tendimos las camas… Hay silencio y quietud.

Hemos leído que existe algo que se llama “síndrome del nido vacío” que aparece cuando los hijos crecen y se van del hogar, pero con esto de los divorcios lo hacen a dosis, todos los viernes o cada quince días o una vez al mes, depende de la suerte de padre que les hayamos sabido conseguir. Nos han dicho que duele. Que nos puede invadir la soledad y la angustia y ansiar desesperadamente que termine el horario/día de visita para volver a sentirnos completas y satisfechas y felices. Y a veces es así los primeros meses…

Amamos a nuestros hijos pero el rélax de estos intermedios es alucinante. Podemos hacer todas esas pequeñas grandes cosas para las cuales jamás tenemos tiempo ni espacio. Usar el baño sin que nos golpeen la puerta diciendo que nos apuremos, por ejemplo. ¡Qué sensación deliciosa sentarse en el inodoro sin culpa ni presiones! Hasta podemos hojear una revista… Darnos un baño de espuma… con unas esencias aromáticas invadiendo nuestros sentidos semiatrofiados por el matrimonio… Podemos quedarnos en la cama un rato más, remoloneando el último sueño en la penumbra, escuchando la lluvia y sin transitar ya mentalmente un par de horas más adelante preguntándonos qué haremos de cocinar, si tenemos queso rayado en la heladera, o qué paseo podemos inventar para entretener a las fieras. No amamos menos a esas criaturas movedizas y demandantes por disfrutar la lectura de una novela saboreando un tibio tinto y escuchando música celta a audibles decibeles…

Con el paso de los meses aprendemos que esas horas, esos días… no son una carga, que no necesariamente tenemos que mortificarnos porque no nos llaman por teléfono para mantenernos al tanto de lo que están haciendo sin nosotras (sobreviven perfectamente), ni entristecernos porque parece que se divierten más con el padre, ni comparar la calidad de los tiempos de unos y otros, dejamos de quejarnos porque nos “toca” la tarea escolar mientras con él van al cine… Ya no nos preocupa tanto si se cambiaron las medias, o si comieron comida sana o chatarra. Y no preguntamos al regreso cada detalle para descubrir si hay “otra” ni los perseguimos reclamándoles que traigan todo lo que se llevaron… Dejamos de estar pensando cada minuto en ellos mientras no están, y a pensar con más calidad en ellos cuando están. Empezamos a inventar domingos los miércoles y a retozar un rato a las escondidas bajo las sábanas en vez de mandarlos a la cama. Reconocemos que no hay compartimentos estancos, que enseñanzas y responsabilidades no niegan distracciones ni aventuras en cuatro patas. Que nuestra hija nos puede enseñar a bailar hip hop y que los juguetes además de deber ser guardados sirven para jugar con nuestros hijos. Que no es una carga correr al kiosco a comprar un mapa, que no es imprescindible protestar porque la nena se cambió de ropa por cuarta vez en el día… Nos reímos más, y sabemos que cuando no estén habrá silencio sin risas, y que un cuarto ordenado es sinónimo de sus ausencias. Que podemos preparar a solas, el domingo, una nueva receta de galletas para el desayuno del lunes. Que es estimulante imaginar durante la semana -mientras planchamos guardapolvos- cómo termina el libro que dejamos el domingo, y sentarnos a leerlo relajadas el viernes a la noche, mientras cae la lluvia… pero los ignoran y desatienden...olsito preparado...s ausentes... de quejarnos porque nos "s viernes o cada qu

Bonus Track: Sí, siempre me gusta agregar un extra. Cuando van cerrando las heridas y estamos preparadas, también nos deshacemos sin culpa del libro y del silencio a solas, de las chancletas y las canas. Nos recreamos mujeres sin ser esposa de, madre de...

Nos reasumimos hembras. Podemos salir de noche con amigas, con algún hombre, sin requerir niñera ni dar explicaciones. Desaparecer todo un fin de semana en la costa o los lagos sin pedir permiso ni rendir cuentas. O descubrir algo interesantísimo: que sabemos y podemos gritar de placer sin temer que oídos infantiles nos oigan en el cuarto de al lado y corran a preguntarnos si tenemos pesadillas o han entrado ladrones.


Foto: Por Nanim Rekacz, 1998. Río Limay, Rincón de las Perlas, esperando la balsa, llevando a mis hijas a visitar a su papá.

http://www.novacolombia.info/nota.asp?n=2007_5_16&id=37563&id_tiponota=10

3 comentarios:

Asiria dijo...

Demasiado complicado para mi ser no ya mujer, sino madre!
Que suerte ha tenido el hombre a lo largo de la historia, ufff!
Admiro a ambas.
Un abrazo!

Javier Luna dijo...

Muy bonito tu relato, pero me encanto más el final: "... que sabemos y podemos gritar de placer sin temer que oídos infantiles nos oigan en el cuarto de a lado y corran a preguntarnos si tenemos pesadillas o han entrado ladrones".

Lo de las pesadillas es una pregunta natural de los niños al escuchar gritos de la madre.

Pero preguntar por ladrones. Uhmmm!!!

Suena como a muchos hombres en el cuarto de a lado. Provecho! ;)

Anónimo dijo...

Jamás he deseado ser hombre, creo que bastante tienen ellos con lo suyo como para yo querer ser otra que no sea esta que soy. Esa fantasía de mujer frustrada no va conmigo.

Me gusta sí todo lo que has contado, se nota que ha hablado el corazón de una mujer que ha vivido.

Y por supuesto que es un placer retozar y gozar sin tener que cohibirse ni responder a inquitudes o fantasmas infantiles...

No debería hacer comentario sobre otro comentario, pero me salgo por decir esto: espero que haya sido una broma eso de:
"Suena como a muchos hombres en el cuarto de a lado"

Si es broma, está bien pero si no lo es... suena a castrador y machista.

Saludos, Angie