miércoles, 4 de abril de 2007

Matar formaba parte de la naturaleza de Laura

Cuando era chiquita, sus juegos favoritos incluían el destripamiento sistemático de lombrices y la destrucción de casitas de caracoles. Se quedaba mirando cómo los cuerpitos gelatinosos se retorcían hasta morir. Un día le regalaron una lupa, y descubrió que enfocándola con el sol daba mucho calor y entonces, tendrías que haberla visto para creerme, se sentaba en su banquito frente a los hormigueros y con paciencia infinita se dedicaba a incinerar hormigas. Sí, ya sé, me vas a decir que esos son juegos de niños, que todos alguna vez hicieron eso, que muchos chicos matan ranas, y gatos, y pajaritos. Pero Laura tenía algo especial, yo me daba cuenta. Ella planificaba meticulosamente cada detalle de esas operaciones de masacres, su mirada tenía ese brillo que sólo se tiene en momentos de máximo placer. Laura tuvo el privilegio de vivir en el campo, eso le permitía tener a su disposición una extensa lista de animales disponibles para matar, y además, podía hacerlo a escondidas de nuestros padres. La muerte de animales, por otro lado, no es extraña a la vida de campo, los insectos son plagas que hay que eliminar, las ratas una pesadilla y las gallinas, los terneritos y los corderitos, tan bonitos ellos, se ven deliciosos en la mesa y te chupás los dedos sin culpa alguna. Pero entendeme, una cosa es matar una gallina para hacer una sopa, y otra ahorcar con un piolín a un pollito, bien despacito, escuchando sus pío pío y mirando sus pataleos y aleteos. Laura era mi hermana mayor. Aunque fuera apenas nueve meses más grande, se notaba la diferencia. Ella era robusta, y yo bastante enclenque. Ella era dominante, yo un boludo. Siempre fui medio cagón, y no sé si le tenía más miedo a ella que a lo que hacía. Por eso nunca les conté a mis padres. La seguía, callado, la acompañaba en sus incursiones en búsqueda de víctimas. Me empezó a encargar tareas: traeme una lagartija, una rana y un cascarudo. Y quiso iniciarme en su culto pero a mi me temblaban las manos y me ponía a llorar, así que desistió y sólo fui un entregador de víctimas y testigo presencial de sus asesinatos premeditados. Cuando tenía once años leí unos cuentos de Horacio Quiroga, y uno me dejó noches enteras sin poder dormir, mirando de reojo a la cama de mi hermana, ese de la gallina degollada. Desde entonces siempre estuve alerta, cuidándome la espalda.No es que Laura fuera enferma, al contrario, era re sana, quizás por eso le tenía una especie de terror respetuoso. Por suerte cuando ella empezó el secundario, nos separamos, porque yo seguí yendo a la tarde y ella a la mañana y los fines de semana yo me iba a fútbol, o de campamento, y ya dejamos de ser un dúo cerrado. Cada uno hizo sus amistades. Bueno, eso es una manera de decir, yo hice amigos, ella no. Pero mis padres ni cuenta se daban, nunca nos dieron mucha bola, estaban muy ocupados con el campo, los viajes, el spa, los cursos de lo que fuera. Si no se iba uno se iba el otro o se iban los dos, pero imaginate, yo ya tenía carnet de conducir, me habían regalado un jeep y tenía extensión de la tarjeta de crédito, así que no me importaba nada de nada. Lo de la gente que desaparecía y no se encontraba, me enteré, sí, esas cosas se comentaban, pero no lo relacioné con Laura. Qué se yo, podía ser gente que se fuera de la zona porque se le daba la gana, o por ahí estaba relacionado con temas políticos, viste que en ese tiempo que había gente que desaparecía pero se la habían llevado los milicos y no volvían más. No, tampoco sabía que Laura llevaba un registro escrito de todos sus experimentos desde que había aprendido a escribir, ¿qué bárbaro no? Fechas, método usado, cuánto tiempo habían tardado en morir. Nunca se me hubiera ocurrido que supiera tanto de biología, anatomía, venenos. ¡Qué biblioteca tenía en el sótano! Increíble... Bueno, es así, mucha gente no me cree, pero es así. Uno puede convivir bajo el mismo techo con alguien sin conocerlo a fondo y sin tener idea de qué hace o deja de hacer. A mi Laura me importaba un pito, si estaba o no estaba, si iba o si venía. Pero claro, un día me puse a pensar que hacía rato que no la veía, y no recordaba que me hubiera comentado que se iba a ningún lado, y me puse a sacar cuentas con mis viejos y hacía más de un mes que no la habíamos visto. Ya sé, vas a decir que éramos una familia medio rara, un mes sin verse y nadie se da cuenta... pero qué querés que haga, ¿que te mienta? No nos dábamos ni cinco de bola, es la verdad. Bueno, sigo. Fuimos a su cuarto, y nada. Ropa, valijas, documentos, plata, estaba todo perfectamente en su lugar, no sé si te dije ella era extremadamente ordenada y limpia. ¿Celular? No, che, en esa época no había celulares. Mamá fue la que habló del sótano, se acordó que Laura tenía llave de ahí y nosotros no bajábamos nunca, nunca. El resto ya lo sabés por los diarios, lo de los cadáveres, las agendas, las filmaciones, un delirio. Mamá se desmayó, papá se puso a gritar como un loco, y yo, nada, me quedé mudo, mirando el rostro sonriente de Laura, sentada en un trono al extremo del sótano, rodeada de cuerpos de bichos y personas, increíblemente conservados como en un museo de cera. Pero no, no dejó ninguna anotación sobre cómo evitar el olor, ese secreto se lo llevó con ella. Así que lo siento mucho, sería un gran aporte a la ciencia, que todo esto sirviera para algo. Y obvio, hubiera sido una revolución en la industria del perfume y los desodorantes... Y... ¡qué buena plata hubiéramos hecho!, ¿no te parece? Es lo que más lamento...
En recuerdo de mi tía abuela María Elena Bravo, esposa de Horacio Quiroga.

Foto: Nanim Rekacz, mirador sobre ciudad de Neuquén
Publicado en Agencia Nova


http://www.agencianova.com/nota.asp?n=2007_4_2&id=38877&id_tiponota=19

No hay comentarios: