lunes, 2 de abril de 2007

La cuentacuentos

"Una enorme sonrisa asomó a sus labios.” Se hizo un silencio en el cuarto, apenas iluminado por el velador al lado de la cama. La mujer se levantó muy despacio, mientras cerraba el libro de cuentos que había estado leyendo a su hija. La pequeña ya dormía, con una expresión plácida e ingenua, un poco despegados los labios entre sí, asomaba la punta de su lengua roja de frutilla. Era imposible no quedarse observándola, admirándola, amándola. Imaginaba qué caminos propios habría seguido el cuento dentro de los sueños, dando vida a esa existencia paralela y convergente que transita la inconciencia.

Por fin... A veces deseaba tanto ese momento que se sentía mal, pero ciertamente su hija mientras estaba despierta era insufrible. Caprichosa, gritona, permanentemente alterada, capaz de proferir los peores insultos y hasta de pegarle. Le dolía confesarse a sí misma que en algunas ocasiones llegaba a odiar a ese diablo con trenzas rubias que llevaba su apellido y que tenía idénticos rasgos que el padre.

El padre... vaya uno a saber dónde estaba.

Un poco culpable, se preguntaba si la niña era así por el rencor que sentía, por la bronca y la decepción que habían enturbiado su embarazo no deseado, y la carga cotidiana que significaba criarla sola y sin apoyo.

Con ternura, deslizó sus dedos por el mechón de cabello que caía sobre la frente de Malena, pidiendo a Dios que le diera paz, que al despertar mañana Malena fuera tan dulce y tranquila como en ese instante inefable, que le diera paciencia para soportarla, que le diera sabiduría para comprenderla. Que le permitiera no arrepentirse de haber decidido proseguir con la gestación ya que eso había significado ser apartada de la familia, dejar el colegio, descartar amistades adolescentes y asumir la responsabilidad de trabajar y mantenerse.

Por eso leía cada noche un cuento con algún mensaje positivo, alguna fábula, intentando sembrar ilusiones y magia entre esas cuatro paredes húmedas y frías, prefería no comer y comprar un librito más... Hadas, duendes, mariposas... y ser felices por siempre jamás...

Quizás, de tanto leer esas historias, ella misma dejara de gritar, de insultar, de agredir a su hija, y pudiera volver a creer y soñar y dormirse con una enorme sonrisa asomando en sus labios, que permaneciera ahí en la mañana al despertar.

Foto: por Nanim Rekacz, de un óleo de mi hermana Elena Rekacz

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