viernes, 16 de marzo de 2007

Sueños invadidos

Confusa, se despierta entre sueños. Entre el sueño animal de Leopoldo, el vendedor de hormigas tostadas que tiene el puesto en Las Dulcinas, y el sueño vegetal de Virgilio, el pelador oficial de pepinos del restaurante que queda en Libertador y Monjas, ese de ventanas antiguas, sí, ese.
“¡Qué sueños ridículos!” Piensa Etelvina, harta ya de esa invasión de sueños de sus vecinos derecho e izquierdo. “No le alcanza al Leopoldo con irrumpir con su parra hedionda y juntamoscas a través de la medianera. No le es suficiente al insufrible de Virgilio con asolar mis siestas con su música de chirimbolos y panderetas orientales. No, claro que no, no les basta con molestarme con sus constantes timbrazos y pedidos de azúcar, o solicitarme la devolución de objetos que misteriosamente se pasaron a mi jardín. No puede ser... Ahora invaden mis sueños propios y se me meten con sus propios sueñitos de morondanga. A mí que me importa lo que ellos tienen en sus mentes, las hormiguitas retorciéndose y la culpa por dos pesos de Leopoldo, y menos que menos esa pesadilla estúpida de Virgilio, que una y otra vez se despierta pensando que el pepino le quedó mal pelado y se ven finos trazos verdes sobre el blanquito del interior...”
Etelvina... atrapada entre dos casas, entre dos vidas vecinales, solita ella en esa mansión silenciosa y vacía de humanidades, despoblada de visitas, acostumbrada al té verde con tostaditas con manteca y dulce de leche, al arrocito azafranado y a los duraznos con crema. Habituada a los valces de Strauss a medialuz, y a la impoluta superficie de los pisos, jamás pisados por zapato alguno, siempre recorridos como en cajita de música, por sus pies sobre patines de felpa.
Y ahora esto... las siestas y las noches violentadas con imágenes, palabras, y sensaciones impropias, ajenas. Con esas masculinidades insólitas, y esas profesiones apestosas. Hormigas y pepinos, pecado y opresión. Cuando despierta, asustada, confundida, molesta, se toca la entrepierna como para asegurarse de que ahí no hay nada extra, sólo su pantaleta de puntillas. Sus manos huelen rancio por un instante, indefinible aroma húmedo de insectos y jugos de hortaliza despellejada.
Eso de soñar los sueños de otros es de locos. Porque con los ojos de Leopoldo se ve a sí misma ridículamente protestona, siempre quejándose de las moscas y las uvas, y se imagina arrancándole esos vestidos seguramente jamás quitados por hombre alguno, y esas carnes probablemente nunca tocadas por mano de macho. Y con la mirada de Virgilio, lasciva y con dedos en el iris, dedos de toquetean comida sin usar guantes, dedos que mezclan sabores agrios y dulces y sales, esa mirada piensa en ella apretándole promontorios y penetrándole huecos. “Sueños de morondanga”, se dice a sí misma, enojada por sudar, por despertar. Mortificada cuando los sueña y ella no está ahí en esos sueños, inquietada cuando es objeto.
“Estas cosas no deberían suceder, tendría que haber una ley que impidiera que los sueños ajenos se metieran así como así en la cabeza de uno, sin permiso... Los iría a denunciar por asaltar propiedad privada...”
Etelvina cierra los párpados... Escucha los cencerros de la derecha y los llamadores de ángeles y los palos de caña golpeteándose con el viento. Oye el zumbar de mas moscas y los moscardones a la izquierda, junto al paredón. Intuye las uvas, tentadoras, colgando arracimadas, y esas hojas de parra que imagina tapando desnudeces... Etelvina sacude la cabeza y trata de pensar en las tazas de porcelana china y el té, intenta rememorar los compaces cadenciosos de un vals, procura recuperar la compostura y la frigidez y la mesura de solterona digna y recatada.
“Leopoldo y Virgilio... ojalá nunca se me junten los dos en un mismo sueño. ¡Que vergüenza si se enteraran!”


Foto: Nanim Rekacz, de una vidriera al pasar, 2006
http://www.agencianova.com/nota.asp?n=2007_2_14&id=37612&id_tiponota=11
http://www.novacolombia.info/nota.asp?n=2007_6_10&id=38094&id_tiponota=11

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