martes, 6 de marzo de 2007

Proceso creativo

Las cálidas alas de un ángel acariciaban mi rostro. Di una vuelta más por el cuarto, las manos en los bolsillos, la cabeza baja. Me asomé a la ventana, a lo lejos se perfilaban los contornos agudos de las montañas, sobre un cielo que se iba oscureciendo lentamente. Encendí un velador sobre el escritorio.

Me senté frente al monitor y releí: “Las cálidas alas de un ángel acariciaban mi rostro.” Recién me había parecido una frase apropiada, pero ahora me sonaba cursi. ¿Cálidas? ¿Las plumas son cálidas? No, borré cálidas y lo suplanté por suaves. Suaves sí, se supone que son tersas y mullidas, quien sabe si servirán para volar. “Las suaves alas de un ángel acariciaban mi rostro”.

Me dio sed y fui hasta el bar y me serví una copa de vino blanco. Un cubo de hielo. Lo aspiré saboreando el aroma. Me gustó esa frase “saboreando el aroma”. Volví a la computadora y abrí documento nuevo y escribí “Saboreando el aroma”. Guardar como... saboreando el aroma... después vería que nombre era más apropiado

Cerré, abrí el cuento que venía torturándome hace días, no le encontraba forma y me enredaba con las palabras. Ahora no me gustaba “acariciaban” porque era ridículo pensar en unas alas de ángel haciendo eso. ¿Acaso estaría dándole las espaldas, o sea las alas, para poder acariciarle el rostro? Las alas no son como manos, extendidas hacia delante. Definitivamente no podían ser las alas, pero si eran las manos...

“Las suaves manos de un ángel acariciaban mi rostro” ¿Acariciaban? Sonaba como un gesto lento, reiterado, conciente, no casual. Un aleteo de alas podía ser casual, accidental, pero las manos en el rostro, acariciando, eran un acto voluntario.

No podían ser las manos, no. Bebí un sorbo de vino, corrí la silla hacia atrás, regresé a la ventana. Ya estaba oscuro, empezaban a presentarse las estrellas. Escuché el suave rumor de las hojas de los árboles, rozándose entre sí, creando música irrepetible. Ojalá pudiera con palabras describir esa sensación etérea y corpórea de la naturaleza que nos dice “existo”, “existes”...

Decidido, avancé a grandes pasos. Edición, seleccionar todo, edición, cortar.

Extrañè el viejo gesto que ejecuté tantas veces cuando usaba máquina de escribir: arrancar la hoja de un tirón, hacerla un bollo y arrojarla al cesto de los papeles. Al menos tenía algo de trágico, de acto.

Menú, archivo, saboreando el aroma...

Me traje la botella de vino al escritorio. Sería una larga noche...

Foto: Por Nanim Rekacz, espuma de Océano Atlántico, El Cóndor, Río Negro, verano 2007.

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