jueves, 8 de marzo de 2007

Proceso creativo (2) vital

Brotaba pintura de entre sus dedos, blanca a la derecha, negra a la izquierda. Los ojos vendados con un pañuelo hindú. Música de tambores africanos agitaba el aire del salón. De pie, frente a la gran mesa, ante el papel afiche, dejaba que su espíritu se conectara con el universo y la cremosa sustancia iba cubriendo la hoja con círculos y curvas. Sonreía. Recuerda que sonreía.
A veces sus dedos se rozaban entre sí y un escalofrío corría por su cuerpo. La oscuridad se iba poblando de formas primitivas, sanguíneas, eléctricas, místicas.
Luego, carbonilla. Hizo unos trazos al compás del ritmo moviéndose de pies a yemas y girando su cabeza de lado a lado.
Listo.
Sonia le quitó la venda de los ojos y entonces miró el papel, blanco y negro puros y entremezclados en grises en olas y líneas.
¿Qué ves? Veo mujeres que danzan, dijo.
Elegí un color, destacá las formas que ves cubriendo con ese color el fondo.
Rojo. Por supuesto, rojo.
Pincel en mano, lentamente, las hembras bailarinas fueron apareciendo claramente sobre el fuego y la sangre. Vientres prominentes, senos erectos, traseros planetarios. Brazos elevándose en gesto de adoración.
Sonreía, con placer intenso. Sin palabras.
Después, llegó la lluvia de sexos masculinos.
Listo.
Sonia y ella miraron el cuadro y se abrazaron, ya no sonreían. Reían a carcajadas, con las manos rojas y blancas y negras y rosas y grises.
Se acuerda de ese momento mágico y de las sensaciones táctiles, innominables, químicas. Recuerda la tersura de la pintura y la sabiduría de la percepción del color sin ver.

Cree que no ha pintado un mejor cuadro. Ese día dejó de pensar con vocablos, dejó de temer la ceguera, y con los ojos cerrados, cada noche, podía relajarse y regodearse imaginando curvas, líneas, colores... colores... colores....



Este relato es mi homenaje a una pintora y amiga, Sonia Pezzano, de Carmen de Patagones, viajera de colores y formas, habitante alguna vez de la Isla de las Mujeres...
Ella resignificó mi vida y me ayudó a superar el diagnóstico de pérdida progresiva de la visión y ceguera. El miedo a la imposibilidad de expresarme me acongojaba y me deprimía.
Descubrí que sin ver, podía ver. Que sin palabras, podía manifestarme. Hoy, varios años después, continúo mirando lo que nadie mira, apreciando lo minúsculo y lo inmenso, horizontes y gestos, brillos y sombras. Lloro ante un atardecer, ruego por una sonrisa en cada despedida, me sumerjo en los iris más amados. Quiero devorarme el mundo, cada minuto atraparlo en mi memoria.
Por eso, si me quedo inmóvil, la mirada perdida en la nada... no te confundas, es ósmosis, metamorfosis, soy una con el todo. Soy conciencia.


Foto: por Nanim Rekacz, del cuadro que se menciona en el relato

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