sábado, 10 de marzo de 2007

Coronas de espinas y tronos democráticos

Desde que lo conocí, a pesar de que tengo un bonito nombre, cada vez que me hablaba me decía “Mi reina”. Lo sentí como un halago, una coronación personal, que me estaba dando en su vida un sitio especial y único. Además, significaba subliminalmente algo: la existencia de su persona en el lugar de “Rey” y... (lógica femenina pura) ¡éramos una pareja con futuro!. Yo pensaba, en el fondo de su corazón, inconscientemente, nos está otorgando ciertos roles magníficos, que presuponen un vínculo consagrado socialmente. Ceremonioso, brillante. Cuando me llamaba por teléfono, cuando me escribía mails, cuando me daba el beso de buenas noches luego de una velada espléndida... me decía “Mi reina” y sonaba a vals nupcial y alfombras rojas y trono compartido... Era un caballero de pies a cabeza, así que jamás permitía que me tomara un taxi o un colectivo. Pasaba a buscarme, me llevaba... Más perfecto, imposible.
Una tarde, fui a su oficina por una cuestión accidental y sonó su teléfono y atendió. Yo escuchaba la mitad de la conversación, por supuesto. “Sí, no, bueno, ¿a qué hora?, está bien, paso por ahí y te busco, mi reina”. Gulp. ¿Mi reina? ¿Te busco?. Como él puso cara de nada, intrascendente... pregunté “¿con quién estabas hablando?”.Y con la mayor naturalidad del mundo sin percatarse de la circunstancia que yo apreciaba me dijo que era la hija, que debía ir a buscarla a la salida de un cumpleaños de quince.
Para mis adentros evalué y sopesé... y callé. Después de todo, igualarme en status con su querida hija de quince años no era tan malo... Le busqué la vuelta al asunto y decidí que si bien ya no consideraría como tanto honor especialísimo su tratamiento real y caballeroso, no era como para hacer una escena de celos ni despacharme con reclamos.
Pero unas semanas después, ocurrió algo diferente. Estábamos cenando en su casa, una noche romántica con todas las características previas del apasionamiento posterior que nos caracterizaba, cuando me dice que lo disculpe que recordó que tenía que hacer una llamada. “Hola, ¿cómo estás?, necesito que vengas, ¿cuándo podés? Bárbaro, paso a buscarte a las cuatro, chau reina, hasta mañana.”
El trocito de carne que estaba masticando quedó atragantado en mi garganta y mi corazón latió aceleradamente. Mis manos comenzaron a sudar intensamente hasta el punto de resbalarse el cuchillo y cortar el silencio chocando contra el piso. ¿Cómo podía hablar así delante de mí? ¿A quién necesitaba, pasaría a buscar, y le decía “reina” como si nada...? Sentí que caía desde el magno trono dorado hacia el foso del castillo rodando por las escaleras de la infamia.
El levantó el cuchillo del suelo, me trajo uno limpio, y sin que yo le preguntara, como la cosa más natural del mundo y totalmente ignorante, nuevamente, de mi proceso interior, aclaró: “Qué bueno que puede venir mañana, la casa necesita una limpieza general y Eduviges es la mejor. ¿Está rica la carne, mi reina?”

Moraleja: Cuando alguien nos nombra de cierta manera, ya sea “bomboncito”, “mi vida” o alguna de las múltiples expresiones sugerentes del nuestro idioma castellano, conviene constatar si es exclusiva y excluyente o es el trato habitual que esa persona le da a todas nuestras semejantes y no tan semejantes antes de darle una connotación total y absolutamente equivocada.


Foto: Nanim Rekacz, Cementerio de la Recoleta Buenos Aires, 2006
http://www.agencianova.com/nota.asp?n=2006_11_27&id=35725&id_tiponota=20

1 comentario:

ninive dijo...

Fantástica reflexión.Escribes muy bien y mucha certeza en lo que dices. Es como la palabra amigo, llega un momento en que se usa tanto que pierde su color, su esencia.
Ahh un detalle, dijo "chau reina". Pero a ella, a ella le dijo "mi reina" :) Igual resulta que hasta era republicano!
Genial entrada. Un abrazo