martes, 13 de marzo de 2007

Cerrá los ojos por un momento

“Cerrá los ojos por un momento”. ¿Por qué? Vos confiá en mí, hacelo. Inclinó la cabeza resignadamente, con los párpados bajos, pestañas contra pestañas. Él se acercó y le vendó los ojos con una tela suave y de tejido apretado, ya no podía ver nada. Me pone nervioso que me estés siguiendo siempre fijo con esa mirada transparente, entendelo. Me alterás.
Así transcurrieron las horas, como siempre pero a oscuras, intentando moverse por la habitación con los recuerdos de los objetos. Comer le resultó difícil, pero él le ayudó diciéndole qué era y le trajo la carne ya cortada en trocitos pequeños. Hablaron poco, ella respondía las preguntas y como siempre, no preguntaba nada.
Luego le puso unos tapones en los oídos. Le explicó que quería sorprenderla cada vez que llegara a la habitación. Me gusta entrar y observarte sin que sepas que estoy ahí. Silencio. Oscuridad y silencio.
El tiempo aconteció sin poder medirlo pero tampoco era importante porque nada ocurría en ese cuarto que era su mundo. Antes al menos había una sucesión intermitente de un rayo de luz que entraba por una claraboya en el techo y de sonidos de origen desconocido que se repetían periódicamente.
Se asustó y emitió un gritito cuando él apoyó sus manos en sus hombros, ella estaba sentada en una silla, quieta, ensimismada con la mente en blanco. Le sacó los tapones de los oídos y preguntó: ¿Cómo estás? Bien. Te oí tararear algo, ¿qué era? No sé. Ya sabés que siempre me sale eso. ¿No te acordás de dónde lo sacaste? No, de veras que no recuerdo. Él sabía que era una canción de cuna, seguramente la que le cantaría la mamá cuando ella era un bebé, una niña... antes de que fuera sólo suya. No quiero que cantes más. Me molesta. Sólo vas a hablar cuando yo te lo permita. Y cortó un trozo de cinta adhesiva ancha y le tapó la boca. Volvió a sellarle los oídos y se marchó. Más tarde, trajo comida y agua, le sacó la cinta pero suavemente. Ella comió y bebió en silencio, despacio, tanteando y adivinando lo que era porque él no le ayudó, o no estaba, no sabía, no oía.
Así pasaron muchas comidas, el tiempo era una sucesión de alimentación, pequeñas charlas cuando él le sacaba la cinta y los tapones, pero siempre con los ojos vendados. Jamás se atrevió a quitarse el pañuelo porque tampoco suponía que pudiera hacerlo o que debiera intentarlo. Cuando tenía sueño buscaba la cama y se acostaba, cuando necesitaba orinar iba hasta una esquina de la habitación donde había un inodoro. Ya no cantaba audiblemente, sino hacia adentro.
No necesitaba vestirse ni desvestirse, pero eso ella tampoco lo sabía. Jamás había usado prenda alguna sobre su cuerpo. El clima era establemente templado, no conocía el frío ni el calor ni el viento ni la lluvia ni el sol ni las estrellas ni las flores ni los cerros ni la existencia de otros seres humanos más allá de ese rectángulo y ese hombre.
Entró sin que ella lo oyera, y volvió a asustarse. No podía evitarlo. Él le sacó la cinta, la venda, los tapones. Acostate en la cama, ordenó. Ella lo hizo, como siempre. Abrí las piernas y tocate. Ella lo hizo, como siempre. Como él le había enseñado. Era una sensación placentera, un dejarse ir, fluir, subir, descender. Sólo lo hacía cuando él se lo pedía, eso era obvio. Gemía, su cuerpo empezaba a retorcerse como deshaciéndose y entonces él dijo basta. Entre sus párpados apenas entreabiertos podía verlo mirándola, desnudo también. Se subió sobre ella, la penetró gradualmente mientras le apretaba los brazos contra el lecho y repitió la ceremonia inmemorial de sacudirse una y otra vez entrando y saliendo circulando lento rápido y ella entonces lo esperaba hasta que él gritaba ahora y soltaba sus sensaciones y explotaban ambos en un solo alarido que se extendía desde los pies a la cabeza, estremeciéndolos hasta que él caía pesadamente sobre su vientre transpirado.
Luego, como tantas veces, la bañó con una esponja y jabón y la secó con un toallón. Pero esta vez fue diferente. Volvió a atrancarle los labios, a recubrirle los ojos y antes de sellar sus oídos le dijo: sé que no lo hacés, pero no quiero que te toques si yo no te lo ordeno. Luego enfundó sus manos en algo –eran manoplas- y las ató fuertemente en las muñecas. ¿Cómo podré comer? ¿Hacer pis? El siguió explicándole. Cuando necesités que venga a ayudarte sólo tenés que apretar fuerte la mano derecha, hay un mecanismo que me llamará. Tapó sus oídos y se marchó. Ella al menos creyó que se había ido, pero no podía asegurar si no se había quedado en un rincón, observándola.
Quieta, muy quieta, sentada en la cama, los pies colgándole en el aire porque era muy pequeña, entonó en su mente la única canción que recordaba y que no sabía que era una canción y menos que era una canción de cuna y sin darse cuenta... movía despacito sus pies llevando el ritmo y su torso se inclinaba hacia atrás y hacia delante, arroró mi niña arroró mi sol arroró pedazo de mi corazón...

Por todas aquellas niñas y niños secuestrados, desaparecidos, esclavos sexuales, que se han quedado sin niñez, sin vida, sin familia, que ignoran que hay otro mundo, otras opciones, otros valores. O que lo recuerdan, pero no tienen caminos de regreso a casa.
Con todo mi amor y dolor de madre.

Foto: Ojos de Nanim por Nanim Rekacz, 2006
http://www.agencianova.com/nota.asp?n=2006_12_4&id=35978&id_tiponota=11

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me ha destrozado el corazón. Los recuerdos jamás se irán de la mente... te dan vacaciones tan breves, tan breves que ni te das cuenta. Pero luego vuelven salvajes y crueles para atormentarte, para seguir arruinándote la existencia.Y lo peor, lo más triste es que ni siquiera has tenido la culpa de que te hayan quitado los sueños.

Angie

Angie.