miércoles, 7 de marzo de 2007

Amor a toda prueba

Al principio a Sebastián le gustaba dormir conmigo. Pasaba su brazo bajo mi cuello, tiernamente, y yo reposaba sobre su hombro, contenida.

Su sueño era plácido, acompasaba con él mi respiración para no alterar el mágico momento hasta que yo perdía la conciencia. Aprendí a no moverme, aunque sintiera hormigas en las piernas. No quería incomodarlo.

Luego, una noche, dijo que se le acalambraba el hombro y se dio vuelta, dándome la espalda. Me dolió un poco, no físicamente, claro, sino el alma. Pero me acostumbré, tenía una espalda robusta, de líneas definidas, y pasaba la yema de mis dedos dibujando su contorno, en suave caricia, buscando complacerlo, adormecerlo.

Pero una madrugada me pidió que no lo hiciera más, porque en vez de relajarlo lo mantenía despierto y quería dormirse enseguida porque tenía que levantarse temprano. No lo volví a hacer.

A medida que pasaba el tiempo, Sebastián cambió. Le molestaba el contacto de mi piel, lo hacía transpirar. “Alejate un poco, che, ¿no ves que me das calor?”, me gritó un verano, empujándome para apartarme de él.

Casi me caigo. Desde entonces intenté dormirme quieta, apenitas respirando, sin rozarlo. Pero no me daba cuenta lo que hacía cuando el sueño me doblegaba, y bastaba un toque con un talón, o el contacto de mi cabello, o un suspiro para que despertara furioso y a los alaridos acusándome por interrumpir su descanso.

Lo pensé mucho, hasta que tuve una idea genial. Me haría la muerta. Así no lo fastidiaría y a la vez, él podría notar la importancia de mi presencia a su lado, admirar mi conducta, respetar mi paciencia y mi inmenso amor.

Me tragué un frasco de pastillas que encontré en el botiquín, él tomaba a veces una cuando quería dormir largo y tendido. Seguro iban a servir para lograr quedarme inmóvil y parecer muertita. Me imaginaba su rostro al despertarse y mirarme… Probablemente se asustaría un poco, y me abrazaría, acercaría su oído a mi pecho y al escuchar mis latidos, lentos y constantes, respiraría aliviado y comprendería que sin mí a su lado, la vida no sería la misma.

Así fue. O casi. En la mañana, me sacudió fuerte y también me gritó, “Dale, levantate, ¿qué pasa que no está listo el desayuno?”. Y yo nada, inerte como estatua. Me tiró del cabello, y mi cabeza se movió un poco y quedó así, medio inclinada, y se me abrió la boca. Se cayó una pastilla que me había quedado sin tragar, y ahí fue que él reaccionó más bruscamente y se puso de pie pero no podía verlo porque tenía los ojos cerrados.

Noté que tocaba mi piel y sentí la suya, caliente, muy caliente. Y ahí oí su risa, un tanto nerviosa pero más alegre que triste, y repetía una y otra vez: “Está muerta, está muerta, se suicidó, la boluda se suicidó…

Después nada, silencio. Al rato volvió a acostarse, y me empujó hasta el borde, caí, rodé, quedé en la alfombra un poco torcida sobre el brazo derecho pero no sentí dolor.

Y como de lejos, apenas perceptible, escuché que murmuraba “Al fin voy a poder dormir tranquilo” y después… sus ronquidos.


Foto: Elsa Perez, noviembre 2006, Villa La Angostura, Neuquén, Argentina
http://www.agencianova.com/nota.asp?n=2007_2_15&id=37636


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